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Los
Angeles Gay de Puebla
por
©
Antonio Marquet[1]
para Enkidu
PUEBLA,
México 23/05/2007: Es escalofriante pensar que a tan sólo 200 kilómetros
de la Ciudad de México, la vida puede ser tan diferente. Más lacerantes
los contrastes sociales, mayor represión, mayor manipulación eclesiástica,
mayor insolencia gubernamental. En efecto, la descolorida Islandia, del
grupo de las Meras Efímeras, que amenizaron musicalmente el tradicional
concierto de clausura de la Marcha comenzó preguntando, achicharrada por
un sol que taladraba los cráneos, mientras señalaba un enorme toldo vacío:
¿Por qué las autoridades de la ciudad no nos permitieron usar ese vasto
templete? Por supuesto que fue puntualmente solicitado por los
organizadores (la red Demysex, comandada localmente por Brahim Zamora) y
denegado.
El
gobierno local quería subrayar su obstinada indiferencia a las demandas
de las Comunidades LGBT poblanas. Ahora, las quemaduras en todo el cuerpo,
revelan que a fin de cuentas somos desconocidos, tratados como animales,
auténticos alienígenas de una sociedad del reclinatorio y del abuso
ostentoso. El radiante sol de Puebla abrasó a los orgullosos desfilantes,
mil trescientos según El Sol de
Puebla; quinientos según La
Jornada de Oriente
que no tuvieron la precaución de untarse bloqueadores. No se trata sólo
de insolencia gubernamental, sino de mezquindad; es otra exhibición del
machismo irredento, despectivo, que nos “gobierna”: claro el gober
precioso, Marín, el Impune, está aferrado a un poder que practica y
protege la trata de menores: claro se comprende que a ellos resulte
aberrante que una comunidad exija equidad; ni sorprenderse que a ellos
moleste que se critique el bandolerismo heterosexista.
La
falta de parasol obligó a que la insolada multitud se dispersara en busca
de sombra. Tres horas antes, la Comunidad LGBT se había congregado en el
Parque Juárez a partir de las 12:00 del día y transitamos por el
Boulevard Héroes del 5 de Mayo desde Plaza Dorada. Dimos
vuelta en el esperpéntico “ángel” de Sebastián, otra muestra
de la corrupción y mal gusto oficial, para que la caravana gay se
encaminara al centro
por la 3 Oriente: la mirada azorada, admirativa
de jovencitas, se incrustaba ávidamente en los siete ángeles del antro
Vieux Carré: cinco magníficos strippers, todo músculo, dotados de alas
volátiles que contrastaban con la firmeza de sus bíceps. Una jovencita,
con pezones al aire, que atrajo la mirada de los heteronormados que se
albureaban preguntándose si preferían al ángel verde o al amarillo y
una trans que lucía en alas y minifalda los colores del arco iris.
Este
carro alegórico seguía al de “Nuestra Belleza Gay: Puebla”,
donde demostraban su dominio de las alturas: la Señorita Puebla 2007,
2006, 2005, Miss Fiestas Patrias y Miss América: cinco señoritas que lucían
cuerpos esculpidos por las fantasías masculinas: glamorosas, mujeres de
pluma y lentejuela, mujeres de la noche, deslumbrantes, entaconadas, frágiles
cinturitas encorsetadas y pechos turgentes, expertas en colmar las ensoñaciones
más “masculinas”.
Estuvo
también el Carro de los Angelosos, teddies peludos de complexiones
generosas y risueña disponibilidad; y dos carros de hombres-condón. El
mayor acierto de los organizadores de la Sexta marcha del Orgullo LGBT
poblana fue que abriera la columna un contingente de jóvenes. Pequeños,
morenos, delgados, muy entusiastas, disfrutaban de su día. Brincaban con
verdadero fervor repitiendo “El que no brinque es buga; el que no
brinque es buga.” También coreaban: “Padre, escucha, tu hijo
está en la lucha.”
Venían
después las lesbianas con el tradicional “No que no/sí que sí/ya
volvimos a salir”, y el “No somos una/no somos cien, pinche
gobierno, ¡cuéntanos
bien!” Lucero y Corinne, protagonistas del
documental Ni locas ni pecadoras (México, 2007 –presentado dentro de las
jornadas contra la homofobia) sostenían una manta: “Jornada mundial
contra la homofobia: 17 de mayo”.
Ante
las rejas de Catedral, solicité a miembros de la Comunidad que posaran
para una foto: “Frente a la Catedral, no”, respondieron sin
dudarlo. Un episodio más de homofobia internalizada. Marchar por equidad;
enarbolar las demandas de la Comunidad Gay nada tiene de irrespetuoso:
cada una de las causas de la Marcha tiene que repetirse mil y una veces en
cada púlpito, en cada tribuna, en cada cátedra, en cada oficina… Por
el contrario, fue la Iglesia la que calculadoramente se apoderó de la
tradición carnavalesca (le fue imposible reprimirla) en la que se nutre
el colorido bullicio de la Marcha del Orgullo LGBT. ¿Acaso son más católicos
los danzantes que van, travestidos también con pluma y lentejuela,
a bailar a la virgen?
La
reacción del público era de sorpresa ante el clamor más reiterado: “Derechos
iguales a lesbianas y homosexuales”.
Unas mujeres movían la cabeza en franca desaprobación. También se oía
el hartazgo de los automovilistas que entonaban mentadas y la seca
reprobación de la señora que recibía el volante y lo apartaba de sí
como si fuera a arder en las llamas del infierno inmediatamente. La
fingida indiferencia de un chofer servía de escudo a la balconeada
juvenil: “Ese bigotón, también es maricón.”
La madurona travesti, una morenaza de rubios embelesos, generosas carnes y
aleonado vestido escotado, recibió indiferente los elogios de un taxista
que, sonriente, alababa la minúscula falda distrayéndose de las demandas
de la Comunidad: definitivamente no deben hacer política tan
despampanantes bombones. Un grupo de boy scouts saludó eufóricamente el
paso de la Marcha en su circunvolución en torno al ángel del averno con
que Sebastián mancilla a Puebla.
Ante
la Catedral se escuchó el grito: “Norberto Rivera, homofóbica y
culera”; “Provida, mi vida no es tu vida.” En el Zócalo
un representante de los padres de gays, subrayó también su orgullo. Dio
testimonio de su experiencia existencial: si ser padre resulta
desconcertante; ser padre de un hijo gay, lo es doblemente. Estaba allí
para expresar que su hijo no tenía que salir a pedir a la calle lo que
siempre ha sido suyo: el derecho a elegir libremente. Sin embargo, dada la
inequidad que nos desconoce, es necesario exigirlo en este régimen “democrático”,
en que la justicia sirve para dar coscorrones.
También
Zitlalxochitzin Huiziltepec, representante de los indios gay, habló en
contra de la globalización, de la doble discriminación en la sierra y en
la ciudad: concluyó afirmando que caracterizar a los gays por su
frivolidad no corresponde a nada; los aromas de un perfume no guían a
todos en la comunidad.
En
otro discurso se adujeron cuatro argumentos: 1) No tenemos derecho a la
seguridad social como parejas del mismo sexo… 2) Nuestras muestras de
afecto son objeto de prisión en cualquier escenario público… 3)
podemos ser objeto de ridiculización, insultos y golpes, sin que haya
castigo. 4) No hay derechos; hay persecución por la ley. El orador
concluyó diciendo que “¡Ya es hora de que nuestros derechos sean
puestos en la mesa de la discusión.” Puesto que el derecho es una
ciencia y debe seguir el ejemplo de la medicina, que justamente el 17 de
mayo de 1990 despatologizó a la homosexualidad.
Siguió
la presentación de las Reinas que participaron en la Sexta Marcha LGBT:
Alanis Juncos, Nuestra Belleza, 2006; Yarin Derita, Miss Puebla 2007;
Vanesa Méndez, Señorita Fiestas Patrias, 2006; Janet Palacios, Miss
America, 2006.
El
viernes a las ocho de la noche, no es raro que las iglesias estén
semillenas: mujeres y hombres, jóvenes y viejos rezan, se golpean el
pecho, se hincan. Al día siguiente, el histérico repique de campanas
despierta al fuereño. Molestan desde las seis de la mañana, forman parte
de la contaminación estridente del medio ambiente. No es raro, cuando al
paso se entreabre la puerta de una casona, descubrir a una monja, vestida
con su flagelante burka. En Puebla, el fervor religioso y la corrupción
política, la más vulgar y zafia, viven su luna de miel, ante un pueblo
postrado, que padece la polarización de la concentración de la riqueza.
Ante semejante monstruosidad bicéfala, el activismo gay en Puebla exige
mayor coraje y tiene mayor trascendencia: el estupor y las expresiones de
asco que se manifestaron al paso de la marcha son la prueba.
Un día
antes de esta heroica Sexta Marcha, se organizó una putivuelta. Fuimos a
la Cigarra y al Caesar’s. La primera es un antro de música tecno, donde
la clientela masculina de clase media baila con calculada indiferencia y
movimientos discretos: es más importante guardar la compostura que
divertirse; importa más mostrar la clase que el placer. En el Caesar’s
(pronúnciese como su homónimo de Las Vegas), nombre pálidamente escrito
en una pared que alguna vez fue gris chamagoso, quizá sea la cantina más
tirada y guarra de Puebla, muy en el estilo de las cervecerías afterhours
de Garibaldi. Una enjoyada travesti de casi uno noventa bailaba con un altísimo
poblano cuya altura se sentía derrotada.
Finalmente,
ella prefirió salir a lucir sus galas por el boulevard. Desde una rockola
esquizofrénica salía música de Ramestein y de las Flans, que adecentan
las canciones de Juan Gabriel para oídos mediocráticos que se avergüenzan
de oír a la diva de Ciudad Juárez… Mientras tanto, tras la barra, la
encogida cantinera se afanaba en atender, era una vieja travesti que ya no
se viste; apenas se recoge el pelo en un chongo mal hecho. La actitud
patibularia de los parroquianos, que nos demandaban cigarros; querían
sacarnos a bailar (¡hard rock o baladas de Juanga!), o nos proponían ir
a otro bar, nos forzaron a emprender la retirada. En una noche habíamos
pasado de la indiferencia calculada a este exceso demandante: estos son
los extremos por donde pasan las estrategias de acercamiento gay:
suficiencia insolente de unos y necesidades apremiantes de otros. Los
primeros serían reinas caídas del firmamento que nada pretenden; están
por encima de todo: si acaso están allí es para permitir a los mortales
que los admiren; los segundos procuran resolver sus acuciantes necesidades
a través del otro. Como dice el refrán, ni tanto reflector que deslumbre
al santo ni tan poco que no alumbre su cuerpo desnudo…
Sin
duda, lo más importante de lo que sucedió en Puebla es la articulación
de las actividades: desde una serie de mesas sobre Religión y Homofobia
en la sede del Congreso estatal; la organización de la Marcha y,
finalmente, la fiesta oficial en el Garotos. Bravo por los organizadores,
la Red Democracia y
Sexualidad, que no son sino un puñado de jóvenes
entusiastas que en el siglo XXI defienden la plaza de los nuevos enemigos:
el conservadurismo trasnochado. ¡QUEREMOS UN MEXICO MODERNO, LAICO, JUSTO!
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