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Orgullo
y prejuicio (Parte II)
©
Gerardo Spíndola*
El rey
tuerto
Atendiendo a varios comentarios que han surgido por mis dos anteriores
mensajes, de nuevo quisiera compartir ciertas opiniones que me surgen en
este previo a La Marcha del Orgullo LGBT México 2007.
Para muchas personas no va a importar qué tan viril seamos, o no, los
leather y en general los demás hombres que somos homosexuales, tampoco si
en nuestra vida tenemos un comportamiento neutro (aún me niego a
considerar a las sociedades ligadas al heterosexualismo, pues no hay
pruebas de un 100% de comportamiento heterosexual en ninguna sociedad a lo
largo de la Historia); no importará si tenemos un compromiso bien
establecido en una relación monógama con una pareja; una buena amistad
con los del mismo sexo y relaciones de respeto a los del sexo
complementario; si nos consideran eficientes; buenos; amables para con los
demás; si somos buenos trabajadores; hijos ejemplares; estudiantes
brillantes; gente exitosa; buenos ejemplos de ciudadanos; civiles;
cristianos o vecinos; estudiosos; doctos; haber aportado algo a la
sociedad, la ciencia o la cultura; enseñar; entregar y apoyar a otros a
descubrir sus capacidades.
.. en este largo etcétera, siempre habrá quien vea al homosexual, a la
mujer, a los niños, a los de diferente raza, credo, nivel social, moral,
compromiso político, religioso o económico como alguien que no se ajusta
a la imagen que se cree es la normal; a quien se puede denigrar, criticar,
señalar, ignorar, acusar o querer cambiar tan sólo por recordar cuán
cercanos somos como humanos y cuanto dejan ver lo que somos en realidad y
se encierran en sus miedos y prejuicios, que consideran virtudes y
principios propios como señales de ser mejores, aunque nunca dicen
respecto a qué o basados en cuales criterios.
Aquí es donde
se debe llevar a lo más sencillo de los términos en que las sociedades
avanzadas consideran un derecho conquistado por saber que responsabilidad
se asume al mismo tiempo. El término Orgullo no es equiparable a la
tolerancia política o la equivalencia social, porque no es un modo de
imponernos y decir a los demás que tienen que soportar lo que somos; el
ir en una actitud retadora sólo es el otro extremo de la actitud de víctima
que antes teníamos y que siempre nos alejó de que se nos aceptara.
El Orgullo es
lo que permitió que, alguna vez, una persona negra entrara a un baño de
blancos en el sur de Estados Unidos, o que una mujer dijera que ella y sólo
ella decidía lo que hacía con su cuerpo.
Cuando salir
del clóset fue una moda entre la gente de farándula y llegamos a ver a
actrices que para publicitar una película hablaban de su vida sexual,
iniciada con otra chica a los 13, el ruido creado fue tal que ya no se
entendía nada; fue ruido blanco y nadie pudo decir que fue feliz o, al
menos, conquistar su felicidad por haber abierto su vida a los demás sin
saber cuánto era cierto o cuánto necesitaba dentro de sí. Nunca supimos
el grado de su propia conciencia que les permitiera aceptarse y saberse
valiosos. Los extremos no eran buenos, esa fue la lección y no otra.
Aun queda
quien cree firmemente que todo se soluciona con revoluciones, con
violencia o incluso con imposición. Un día me dijeron que por una ley no
sería mejor aceptado o que ya no habría discriminació
n alguna; pero el simple hecho de existir esta ley, es poder asumir que si
todos la obedecen, por el simple hecho de que así es la ley (actitud de
la mayoría de la gente en cualquier sociedad humana), con mayor razón
quedarán fuera los extremos y habrá un diálogo para ser conscientes de
que siempre hay puntos donde nos entendemos perfectamente y son lugares
donde acercarse para tocar otros temas considerados espinosos o difíciles,
ahí donde el espíritu cristiano falla muchas veces: en la sociedad laica,
el espacio público que tomamos un día al año para hacernos ver y
acercarnos a los demás con los que convivimos a diario.
Hay muchos que
por buscar cierto reconocimiento llegan a actos verdaderamente ridículos:
asistir a marchas y eventos fuera de México o incluso hablar de ellos
cuando NUNCA han estado allí, señalar a los mexicanos como
infantes que nunca van a acceder a una sociedad más justa o creer que
todo se resuelve no moviendo nada, para que así el sistema, algún día,
se compadezca y nos dé leyes especiales (nada lejano a las leyes que
lavaron las manos de miles de personas cuando sus vecinos, amigos y
parientes eran llevados a los campos de concentración, hospitales,
centros de detención y demás cárceles disfrazadas cuando los
totalitarismos pasearon sus botas sobre el mundo en el siglo XX
persiguiendo utopías que terminaron por morir y pagados con la sangre de
muchos para nunca haber logrado nada al final). Cuando el ser libre nos
permite cambiar lo que no nos parece que esté bien y cuando muchos llegan
a la misma conclusión, sencillamente piden que las cosas cambien pues se
ha madurado como sociedad.
Hay quienes se
sienten felices de pavonearse y vernos como los menos. Tienen su derecho,
pero cuando los vemos tal y como son, los dejamos a un lado y es por eso
que los grandes en la Historia son recordados por lo que hicieron,
mientras que sus críticos y detractores han quedado olvidados, pues habrá
siempre miles de pavorreales pero sólo habrá un Gandhi, un Martin Luther
King y, por supuesto, un Jesús.
Continuará...
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Con permiso del autor, "publicado originalmente
en el grupo Leather Amos esclavos México http://mx.groups.yahoo.com/group/leather_amos_esclavos_mexico/"
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