| Poemas de los míos 106.
La vieja peineta de cinco dientes. (V)
A tantos amigos peruanos.
El estreno había sido un éxito rotundo, los matutinos de la capital
limeña así lo confirmaban; una tras otra las secciones artísticas de
los diarios solo te homenajeaban con los mejores laureles. Tantos meses de
práctica con duros y largos ensayos habían dado su esperado fruto. ¡Tu
triunfo!
Hacía mas de quince años que esperabas este momento; sentado en la
terraza, a pesar del frío de la mañana, con una sonrisa relajada en tu
rostro recuerdas el comienzo de toda la odisea y observas el tranquilo
despertar de la ciudad que te había acogido ya hacía tanto tiempo.
Relajado con tus cabellos sostenidos por la peineta que te había regalado
en nuestro primer encuentro, pensativo, mirando hacia el horizonte, bebes
nuestro refresco favorito, vermouth con jugo de naranja, el mismo que te
convidé esa tarde en Venecia y tu memoria comienza a bailar con tus
mejores pasos sobre nuestra historia.
Había sido uno de esos largos días de agosto en la plaza San Marco
con cientos de turistas que me rodeaban constantemente hasta acabar con
las últimas gotas de energía de mi cuerpo. Trabajar con todo ese
maquillaje y esa vestimenta tan pesada bajo los rayos del sol de verano
representando al rey que en ese momento me agobiaba con aquel título
noble, era agotador.
Te conocí el día que danzaba y recitaba una poesía de Lully, como
Luis XIV, en una de sus comedias favoritas: "El burgués gentilhombre".
Una gran peluca enrizada hasta la cintura sostenida por mi vieja peineta
de cinco dientes, un traje totalmente brocado en oro, medias de seda,
zapatos con gigantescas hebillas y un bastón con mango de plata (uno de
los mejores recuerdos de papá que aún guardo con cariño) hacían de los
espectadores un festín entretenido para una tarde aburrida de museos y
palacios. En medio de mí concentrada representación hacia el final del
último acto cuando con una gran reverencia barroca agradecía la
presencia de mi público, alzando cuidadosamente mi mirada me encontré
con tus ojos, los más claros que había visto en mi vida. Estabas parado
muy cómodo contra una columna, bebiendo de una botella de agua mineral.
Tus cabellos largos y revueltos no tenían nada en absoluto que envidiar a
mi gigantesca peluca; naturales, sueltos y libres se revolcaban
cantándome tu nombre con la brisa de la tarde. Fue en ese momento cuando
conquistamos nuestras historias y las unimos en un solo destino para
siempre. Me sonreíste en silencio, apenas moviendo en un arco seductor tu
boca y lo supe, supe que desde ese momento nunca más estarías solo. Mi
viejo héroe Lully me regalaba una nueva sinfonía que sonaría en mi alma
por el resto de mi existencia. Con un gesto disimulado señalaste una
mesa, a la media hora (pensé que para cuando mis ayudantes me sacaran del
disfraz no te encontraría esperándome) estábamos bebiendo nuestro
primer vermouth con naranja. Me contaste de tu vida sobre las tablas, ¡un
bailarín! (mejor dicho ¡otro bailarín!, mi Dios), de tus estudios en
Roma, en París, en Viena; yo te hablé de mi eterna tierra inca, de mis
montañas, de mis playas, de los deliciosos ceviches que preparaba mi
abuela los domingos cuando nos juntábamos todos en familia. Cuando nos
dimos cuenta la gran plaza estaba vacía, no había gente, no había
palomas, no había ni siquiera horas, solo un músico que despertaba
nuestro momento con una melodía tocada por su saxofón oxidado. En una
mano sostenía mi copa, en la otra sin darme cuenta, tu historia.
Entre los bostezos perezosos de esta mañana recuerdas esa noche cuando
un autobús incomodo y maloliente te dejó frente a la plaza central una
madrugada de invierno. ¡De los Apeninos a los Andes! Me había costado
todo aquel verano y dos años de convivencia en París para convencerte
sobre tu destino.
Después de una infancia muy difícil en aquel colegio tan elegante al
cual tus padres habían insistido en enviarte donde eras la causa de
burlas y bromas de mal gusto (¿sabrán los niños que es una broma?), te
había quedado un sabor demasiado agrio en la boca para ser quien querías
ser. El danzar por los parques mientras tus compañeros solo hablaban del
sexo opuesto sin ni siquiera conocerlo intoxicando sus cuerpos con tabaco,
había desde un principio sido una cotidiana controversia en tu vida
escolar.
Pero tu vida cambiaría, así lo tenía yo planeado para ti, habías
llegado finalmente a mi ciudad, Lima muy agradecida no decepcionaría tus
sueños. La encontraste aún dormida en los brazos de su dios Narowee que
la amaba desde el principio de los tiempos.
No conocías absolutamente a nadie, solo tenías en tu bolsillo la
dirección de la escuela de danza con el nombre de su director y gran
amigo mío. Le había hablado de ti desde París, el te estaba esperando
sin que tu lo imaginaras. No había querido darte falsas expectativas
hasta no estar seguro de que estaría de acuerdo en darte una audición a
tu llegada.
Por supuesto todos se desplomaron bajo el hechizo de tu danza, como no
quedar atrapado por la magia de tus Sautes du Chat, de tus Grand Jottés
increíblemente rápidos, de tu libertad intoxicadora sobre el escenario.
Conseguiste un contrato por cuatro años en aquella primera tarde,
todavía no habías buscado ningún lugar donde instalarte y te quedaste
por unas semanas en lo de un bailarín de la academia.
Tu primer éxito fue "El llamado del cóndor", después de
esa actuación te apodarían y con mucha razón el Cóndor Inca. Tú no
danzabas en escena, tú volabas como el más bravo de los cóndores, en
tus saltos solo mirabas hacia delante, hacia el infinito y te lanzabas sin
miedo, casi sin piedad contra el espacio que te recibía como reciben los
valles a esas aves nobles. Tú eras noble.
Después siguieron otros, muchísimos más. Siempre danzando, siempre
creciendo, luego dirigiendo.
A veces en las noches cuando dormías y tus zapatillas de baile caían
exhaustas a los pies de tu cama, me acercaba en silencio y tomando la
peineta la pasaba por tu pelo, acariciándolo, abrazándolo con nuevos
sueños.
Pero esta mañana una nueva danza te aguarda, una que bailarás por una
eternidad. A lo lejos, un coro de perros hace escuchar su agudo lamento
Levantándote te asomas a esa ciudad que te saluda y apoyándote sobre la
baranda de cristal respiras tu momento, tu último momento. Sorprendido
oyes un silencio, una calma sin ruidos, como si el tiempo se hubiera
detenido para dar un nuevo salto en un baile que solo los ángeles conocen.
¿Los pájaros, dónde están los pájaros esta mañana?
Tiembla, de repente todo tiembla, te asustas, no comprendes. Los
cristales del barandal se agrietan pegando alaridos tan agudos que hielan
tus sangre. El vaso de vermouth se desliza hasta caer reventado contra el
piso, los ventanales del departamento, todo estalla en un grito.
Una enfermera se acerca despacio, golpea mi hombro, me entrega algo
envuelto en una servilleta blanca diciéndome que lo sentía mucho, como
si fuera un verso que estaba acostumbrada a recitar y dándome una
palmadita sobre mi espalda se retira caminando por ese pasillo que me
parece tan largo. Recuerdo sus pasos blancos en silencio, como si hubiera
sido un fantasma que solo me entregaba un mensaje que yo ya conocía. Me
quedo en silencio, acompañado solamente por el recuerdo de tu sonrisa, y
con mi cabeza inclinada observo ciego el bulto blanco entre mis manos sin
atreverme a abrirlo.
Tu último Gran Salto fue tu caída desprevenida contra un cemento que
cerr indiferente tu danza con la vida. Hoy veo tu video y me sumerjo en
esas fuerzas increíbles que te hacían vibrar en el espacio con cada uno
de tus saltos. Tu pelo suelto, quedará para siempre como una lanza
combatiendo el viento de las montañas de la puna que tanto llegaste a
amar.
Te miro y enamorado de ese instante santo que flotas en el aire en un
intento de alcanzar dos universos con tu cuerpo, sostengo mis cabellos con
mi vieja peineta de cinco dientes, cinco continentes de historias
diferentes, cinco eternidades sin danzas.
Extiendo mis alas y alzo mi vuelo a un nuevo rumbo.
A otra danza, a otra alma solitaria.
"Lloro y me aflijo, cuando recuerdo
que dejaremos las bellas flores, los bellos cantos;
... no por segunda vez serán engendrados,
no por segunda vez serán hijos,
y ya están a punto de salir de la tierra...
¿Donde ha de vivir este corazón mío?
¿Dónde será mi casa?
¿Dónde mi mansión duradera?
Ah, sufro desamparo en la tierra."
Poesía lírica precolombina
F.S.
Dallas 19
agosto 2007
www.casabal.com
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