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Vincent Van Gogh: Le Café Terrace de la
Place du Forum, Arles, c.1888,
Encuentros 17 (parte I)
La batalla de los trescientos: Nuestra primera
batalla.
Generalmente los domingos voy a comer mi Brunch al Apollo, un
pequeño café sobre la Avenida Parque y la calle 24 que descubrí con
mis compañeros del Repertorio Español, donde nos hemos reunido
después de los ensayos tres veces a la semana durante los últimos
cuatro años. Un lugar rodeado de fotografías de espectáculos de
Broadway firmadas por casi todos mis ídolos favoritos donde puedo
escapar por un rato del frenesí cosmopolita y sentarme entre esos
héroes impresos en blanco y negro a tomar el desayuno con mis escritos.
Me gustan las tostadas francesas con mermelada de fresas y el jugo de
naranja fresco que sirven acompañado por unas tiras de panceta
crujiente, unos huevos revueltos y un buen café. Aclaro que este es mi
único alimento dominical con el cual me siento como una boa luego de su
almuerzo invernal de un cabrito. Es una de las costumbres neoyorquinas
que más me gustan. El domingo esta ciudad se detiene por un par de
horas y por primera vez en la semana, tomando un respiro se relaja y
puede mirar al cielo a través de los rascacielos con sus enormes
oficinas e interminables cadenas de tiendas de departamentos vacías
para olvidar ese frenesí diario que la gobierna tiránicamente durante
la semana.
Estaba sentado viajando por los caminos perdidos de mi provincia
observando uno tras otros los eucaliptos gigantescos que enarbolados en
interminables hileras invadían el vagón del tren con su aroma
refrescante - adormeciendo por un momento el agotador aliento a ajo de
mi vecino de viaje - medio dormido por el constante traqueteo del tren,
que como perdido en una vía de acero infinita sin comienzo ni fin me
llevaba a la pampa que tanto añoro. "El Sur" de Borges tiene
esa particularidad de transportarme instantáneamente a mi infancia para
dejarme jugando "a la maestra" con mi hermana menor bajo uno
de los gigantescos pinos del parque de la estancia durante aquellas
interminables horas de la siesta.
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Los caballos galopaban a toda velocidad por la playa desierta, nos
acompañaban solamente dos gaviotas encapuchadas, las que tienen una
banda negra sobre sus ojos morados - guardianas de nuestro tiempo, que
nos vigilaban en silencio montadas sobre las nubes oscuras que se iban
cerrando sobre el horizonte - la arena húmeda salpicaba nuestras capas
con una lluvia de infinitas gotas que nos hacían mirar el horizonte a
través de un calidoscopio de colores y nuestros gritos se unían a los
cantos guerreros de las olas.
Nuestros caballos, salvajes, frenéticos en su galope cómplice, se
topaban pecho contra pecho mientras sus cascos pisoteando la orilla
empapada por la tarde fresca entonaban nuestra marcha guerrera. Tu
cintura, vestida solamente con una correa de cuero, dejaba caer a un
lado sobre tu pierna desnuda el cuchillo incrustado en piedras que te
había traído de Alejandría. Ese único atavío que cubriendo tu
hombría se mostraba viril y gritaba tu sabor a hombre. Tu espalda
barnizada por el sol de aquel verano trataba de escapar de los músculos
que sacudían cada grito de gloria que lanzabas en tu euforia.
Aquella mañana habíamos ganado nuestra primera batalla juntos, lado
a lado; pudiendo matar a nuestro enemigo hombro a hombro. Había notado
la emoción en tus ojos en el momento que de una estocada había
decapitado a tu enemigo. Era tu primera matanza de guerrero, te habías
por primera vez convertido en hombre, esta noche sería la segunda. La
batalla contra la primera, contra tu primera matanza.
Ahora la tarde callada nos regalaba su homenaje en silencio.
Galopamos hasta el cansancio, acompañados solamente por el susurro
del viento hasta que esa playa infinita se enterró en nuestras piernas
que enloquecidas cayeron enredadas en un abrazo. Tirados, desnudos,
sentimos como el sol nos despedía alzando una copa de vino oscuro y nos
miramos en silencio y supimos que nos habíamos unido para siempre y que
jamás enemigo alguno podía separarnos. No quería perder un solo
instante sin el color de tus ojos, el cerrarlos y no poder observarte,
sería morir derrotado en una batalla perdida.
Ahora solo estábamos tú y yo festejando nuestro gran triunfo.
Te dormiste acurrucado en mi brazo, como un amante extenuado.
Conversando con la luna, me quedé atento a tus suspiros, a tu sonrisa
de niño, el temblar delicado de tus gruesos labios que hablaban con
algún dios desvelado y enredando mis dedos entre tus cabellos conté
uno a uno tus sueños, hacía dieciseis años que había aprendido a
leerlos.
El regimiento se había quedado en el campamento junto al gran
acantilado. Los hombres festejaban la victoria a dos manos, vasijas de
cerveza fermentada en una y los rostros sonrientes de sus amantes en la
otra. Todos jóvenes soldados, almas que de en par en par festejaban
gozosas su gloria. Soldados orgullosos que peleaban con el arrojo
despiadado de hombres enamorados. Titanes inspirados por Eros incapaces
de defraudar a sus venerados compañeros enarbolando dos banderas, la de
su patria y la de su fidelidad de amante noble.
Afuera, en la calle desierta unos perros cimarrones se peleaban a los
ladridos por una pata de cordero abandonada llena de barro que había
sobrevivido de algún asado. En una mesa cuatro paisanos se reían entre
ginebra y ginebra mientras se combatían los últimos patacones en una
partida de truco, en la mía apoyado sobre los codos trataba de devorar
ese momento mágico que me regalaba esa tarde criolla mientras sobre el
techo de chapa la lluvia comenzaba a cantar una melodía casi apagada
que se mezclaba con los rasguitos perdidos de una guitarra que flotaba
en una zamba cuando tu voz interrumpió mi historia.
Al azar la vista me encontré con tu sonrisa y un par de ojos
sorprendentemente negros, tu melena oscura caía sobre tu frente, un
sweater de cuello alto tipo pescador irlandés color natural con esos
ochos tejidos bien grandes, unos jeans gastados y unos borceguíes
claros, todo eso pude grabar en mi memoria en los cinco segundos y medio
en que me que de paralizado mirándote.
-Te importa si me siento contigo, el café esta lleno y es la única
silla libre.
-Desde ya siéntate, no hay ningún problema.
Me quedé boquiabierto mirándote, no lo podía creer. ¡Eras tú!
Te había visto (en realidad nos habíamos visto) en la conferencia
de arquitectura en el Metropolitano hacía una semana. Te habías
sentado en la fila de adelante justo enfrente a mi asiento - en realidad
me había cambiado de asiento en diagonal a tu asiento teniéndote justo
delante de mi mirada, pero tu enorme compañero barbudo tapaba total
mente mi visión - o sea que no podías mirarme a no ser que te dieras
vuelta para enfrentarme. Pero ese corto momento en que nuestras miradas
se cruzaron bastaron para memorizar hasta el último detalle de tu
rostro.
Como en una batalla sin causa nuestra miradas trataron a toda costa
de encontrar su momento a pesar se una absurda circunstancia. Como bajo
el mando indecente de una democracia hipócrita y una religión sínica
que atiborran nuestras vidas con un subyugo moral y una indiferencia
ciega a una realidad lógica, vivimos bajo las reglas de temores
absurdos que impiden que vivamos nuestro diálogo con un Dios que si
existe.
Durante toda la conferencia estuviste inquieto tratando
disimuladamente de darme un vistazo.
Hasta golpeé la pata de tu silla y tú disimuladamente pusiste tus
pies hacia atrás hasta que hicieron contacto con los míos. Sé que
sentiste el mismo cosquilleo que hizo que mi nuca erizara hasta el
último de mis cabellos. Puedo afirmarlo pues te quedaste en esa
posición apretando mi pie hasta que tuve que moverlo antes de que se me
durmiera.
En un momento dejé que mi mentón cayera sobre mi puño izquierdo y
lancé un suspiro distraído sacudiendo tu cabello oscuro. Pude ver tu
sonrisa disimulada tras el programa doblado sobre tu rostro. Un leve
"ejem" y cruzándote de piernas te tiraste hacia atrás con
disimulo.
Pero estabas acompañado. y yo, yo también lo estaba.
F.S.
Dallas 12
Junio '07
www.casabal.com
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