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Ocho flores que se abren. De diferentes colores y épocas del año distintas. Pero es
invierno, el invierno en un espacio cercado, cerrado a la vez confortable
y carcelario. Un regreso, una partida, una reunificación, una irrupción
inesperada. Ocho mujeres y un crimen. Un puñal, un falo, un muerto sin
asesina. Se trata de un musical camp y kitsch en el que François Ozon
realiza uno de sus filmes más reivindicativos, complejos
y llenos de claves tras la apariencia de ser el más frívolo,
superficial y desenfadado de sus trabajos. A los que apreciaron la
irreverencia kitsch de la sensual “Une robe d´été” o el humor negro
de “Regarde la mer” , “Víctor” o “Gotas de agua sobre piedras
calientes” no
les sorprende este film, ni los
desconcierta, ni impide su goce y su identificación fantasiosa.
No obstante, Ozon apabulla con una deliberada afectación
y cursilería que puede desconcertar al espectador alejado de tales parámetros
estéticos, pero que va revelando su lado más perverso hasta convertirse
en un mundo semionírico. Un
universo enrarecido y plagado
de signos sobre la sexualidad cambiante y ambigua de sus personajes, un
cambio que afecta a
diferentes generaciones de mujeres- con orígenes distintos pero
con un nexo familiar/patriarcal común-
enclaustradas por la nieve y el misterio en un caserón burgués.
Es en este escenario, a la vez cerrado y envolvente,
donde se mezclan los colores de Douglas Sirk, una desinhibición erótica
de ecos almodovarianos y, sobre todo, la sombra de una Agatha Christie a
la que le han echado un veneno afrodisíaco en el té y salta a bailar y
a romper esquemas de la sociedad francesa de ayer y hoy a través
de la imponente personalidad artística de un director que no renuncia a
seguir siendo un “enfant terrible” y un contestatario dentro de su
cinematografía.
La criada negra canta “Pour
ne pas vivre seule” cuando es acusada de invertida
por ese extraño núcleo familiar que, no obstante,
empieza ya a
atomizarse. Amas y esclavas, adolescentes y ancianas nada inocentes
que salen y entran de armarios simbólicos y reales.
Todos los personajes de la cinta acaban revelando que su sexualidad
puede verse turbada por una nueva mirada
hacia las otras mujeres, mayores o jóvenes, sobre todo cuando
estas expresan su modo íntimo de ser y se exponen tal y como se imaginan,
quieren ser y hasta ahora no
se les ha permitido ser.
El amor heterosexual y la familia patriarcal, que pesa
como una losa sobre el pasado
de esas ocho féminas imprevisibles,
parecen derrumbarse irremediablemente y ese trágico crimen simbólico
es también la liberación de un tabú ancestral: la muerte del
patriarcado, un patriarcado -reflejado en la resistencia de la sociedad
francesa al cambio- que no
puede sobrevivir a ese mundo en que las chicas aman a otras chicas y los
chicos se casan con los chicos y algunos hacen cine a pesar de que otros
se empeñen en seguir construyendo catedrales y adorando cruces
contra las niñas raritas y les
filles liberées.
Eduardo Nabal
Canción cantada por Firmine Richard en “Ocho
mujeres”:
Pour ne pas vivre seul
On vit avec un chien
On vie avec des roses
Ou avec une croix
Pour ne pas vivre seul
On s’fait du cinéma
on aime un souvenir
Une ombre, n’importe quoi
Pour ne pas vivre seul
On vit pour le printemps et quand le
printemps meurt
pour le prochain printemps
Pour ne pas vivre seul
Je t’aime et je t’attends pour avoir
l’illusion
De ne pas vivre seul, de ne pas vivre
seul
Pour ne pas vivre seul des filles aiment
des filles
Et l’on voit des garçons épouser des
garçons
Pour ne pas vivre seul
D’autres font des enfants des enfants qui
sont seuls
Comme tous les enfants
Pour ne pas vivre seul
On fait des cathédrales où tous ceux qui
sont seuls
S’accrochent à une étoile
Pour ne pas vivre seul
Je t’aime et je t’attends pour avoir
l’illusion
De ne pas vivre seul
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