Platicamos en un primer momento sobre los “orígenes” de la vida
poliamorosa; por una parte tenemos claro que el neologismo como tal
surgió apenas en la década de los noventas, y ahí ubicamos en la
escena a mujeres como Barbara Foster o la siempre icono del movimiento
poliamory (en su acepción en ingles) Morning Glory; sin embargo el amor
libre, las otras maneras de desarrollar el amor a partir de la equidad,
la honestidad, la colectividad, no se remontan a momentos históricos
recientes, sino a diferentes contextos donde desde distintos períodos,
los seres humanos en el mundo occidental y no, han reclamado su derecho
a amar y a relacionarse de manera distinta; sin embargo es importante
rastrear que la concepción de amor como tal se concibe en el mundo
occidental, también tiene una historia, y no una historia precisamente
bondadosa, y nosotros somos todavía sus nuevos herederos.
Y aquí comienzan los cuestionamientos:
¿Se trata sencillamente de vivir el amor desde la idealización
cortesana de
la Edad
media, momento histórico clave para la rastrear los “orígenes” del
amor? ¿Amar a partir de la posesión, de la propiedad privada?
Ejemplos en la literatura así lo ilustran, están ahí mirándonos y
aún dictando sus cánones Las elegías de Propercio, los poemas de
Catulo, de Tibulo, y “El arte de amar” de Ovidio, obras que no cabe
duda, contribuyeron en el medioevo a construir el ideal del amor cortés.
Además, sumemos el desprecio galopante que la religión cristiana
fomentó por el cuerpo y el culto a la virgen y entonces tendremos la fórmula
casi completa de un amor idealizado. El caballero cortesano protegía a
la mujer como a un ser “frágil”, cuya conquista se solía comparar
con el asedio a un fortín. Al igual que en el feudalismo, el amante era
el vasallo de su amada, y su actitud la de un siervo ante su dueña. Y
para colmo, a todos estos elementos es importante añadir la influencia
platónica (como olvidar “El banquete”) para dar como resultado
final al amor romántico.
Ahora la propuesta poliamorosa, cuestiona esos modos de concebir el
amor, que bien sirven para justificar y relacionar al amor con la
posesión, con la necesidad “inherente” de los celos, y por supuesto,
el desgarramiento por el otro, la otra, convirtiendo al amor, no en una
liberación, sino en una tremenda cárcel que imposibilita la autonomía
de los sujetos.
Intentamos contribuir al debate acerca del férreo paradigma del amor
romántico, cuestionar además las consecuencias y que derivan
–entre otras- en una monogamia sine qua non
para las mujeres y flexible para los hombres.
Se propone partir de reconocernos en el otro de forma distinta, esta
es la clave y por ello el énfasis en el respeto por la autonomía y la
libertad de los sujetos.
Así trascurrió la primera parte de la charla; las preguntas, los
ojos ávidos se desprendían alegres, algunos desconcertados, algunos
curiosos, pero todos, todas, escuchaban y participaban de este nutrido
intercambio de ideas, razones, pero sobre todo de emociones.
Precisamente en ese momento, la piel viva de algunos asistentes
saltó chispeante ante las nuevas preguntas que irrumpieron y nos
colocaron entre las evocaciones y melancolías.
Un compañero inquirió: Estoy de acuerdo con el poliamor, pero… ¿Cómo
hablar con toda claridad a nuestra pareja de nuestros goces, anhelos,
ganas, vida, libertad? ¿Cómo decirle a nuestra pareja que somos
poliamorosos? ¿Cómo vivir y al mismo tiempo no lastimar con nuestras
preferencias, decisiones, acciones, modos de vida?
Y remato diciendo, ¿Es realmente posible vivir el poliamor o estamos
condenados a estar solos?
¡Uf!, cuestiones nada sencillas, y a primera vista parecía que solo
la reflexión era la oportuna en ese momento; sin embargo, la palabra cálida,
el perpetuo intento de comunicación, se hizo presente en ese relámpago
de tiempo, y donde la lluvia, ya no era la que cubría las afueras del
teatro arlequín, sino era un pequeño aguacero interno el que desnudaba
nuestras vulnerabilidades.
Se hablo entonces de la apertura y la claridad de saberse como
poliamoroso desde el principio de una relación, pero sobre todo de tal
claridad y honestidad con el, la, los otros.
Algunos compañeros, expusieron la necesidad de reconocer nuestros
miedos y del intento de su constante despojo, se apuntó de igual modo,
de la importancia vital de los acuerdos y en donde tienen que figurar en
primera instancia, el poner sobre la mesa lo que se quiere y desea;
saber decir no sin lastimar, y sobre todo, en un sentido de equidad,
siempre escuchar, muy pero muy atentamente cuales son los deseos,
expectativas y caminos de la otra, las otras personas con las que se
comparte vida, camino y amor.
Hablar, parlar, hablar, y otra vez hablar, serán herramientas que
permitirán construir compromisos, pactos, acuerdos, cofradías que
siempre están abiertas a la renovación; o entender que tal vez el
proceso poliamoroso para alguno de los participantes de la cofradía
es tan punzante, que es preferible, reconocer que en ese momento
de la existencia, no es posible, no se quiere vivir tal proyecto y con
el dolor que ello implica, tomar nuevas decisiones.
Se convido a establecer y vivir relaciones que tengan como estructura,
la absoluta entrega con honestidad, la magia de la ternura, la
confianza, la capacidad para lograr acuerdos fuera de los marcos de
competencia y del correspondiente ganar o perder, la responsabilidad de
nutrirse con equidad, la búsqueda en tener para si y para el otro, la
otra paciencia para aprender a viajar en colectivo, para abrir y abrirse
a las nuevas perspectivas del amor.
En la vasta carretera del poliamor, no hay panaceas, ni recetas
preconcebidas, ni formulas secretas, solo muchas tierras fértiles para
el aprendizaje. Nos estamos construyendo aquí, arriesgando las
comodidades del amor convencional que la sociedad ofrece; nos estamos
cubriendo siempre de mucha lluvia, de torrenciales que nos ahogan, que
nos descubren y nos aventuran a volar en nuevos ríos, a nadar en mareas
altas, pero que nos permiten decidir nuestro tránsito con esta
construcción inédita para nuestras vidas.
Poliamorosos somos y en el camino andamos.