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Silogismo
de colores:
Nuestra Belleza México, 2007
¡Ser
(parecer) niña y ser reina! Para unas, muy contadas, el anhelo de
felicidad se centra, se concentra y se condensa en este binomio. Aunque
a ser (y parecer) niña se llega a través de un sendero sinuoso y
escarpado cuando se ha nacido con algunos atributos anatómicos
masculinos. A ser reina, sin embargo, se accede con zapatillas de tacón
muy alto, por un sendero aún más accidentado y difícil.
Dicen
que se requiere glamour, elegancia, distinción, horas enteras en el salón,
prolongados intervalos de maquillaje; infinitas disquisiciones en cuanto
al atuendo, colores, texturas… sin duda requiere un camino -quizá
interminable e insaldable- de complicidad con el cirujano y sobre todo
una vida sometida a la química: ingesta de hormonas, modelación de
nalgas, senos, labios… Vía de ascetismo y
mortificación, de ardua disciplina, esclavizante, camino de
perfección al que se llega por etapas, todas ellas muy espinosas,
emprendidas con valeroso entusiasmo. También es un camino de espaldas a
la sociedad.
Para
ellas, la vida no está hecha de logros sino de un caminar constante, un
ejercicio tantálico que se desvanece después de algunos instantes de
esplendor. La belleza es onerosa y exige entregarse en cuerpo y alma.
Exige también fantasía y renunciar a inscripción social (educación,
estrechamiento del mercado de trabajo, desgajarse del núcleo
familiar…)
El
sábado 19 de octubre se llevó a cabo el concurso de Nuestra Belleza México
2007. Sin duda aquella fue una noche que cerró una serie de concursos
locales y estatales. Imposible calcular cuánto tiempo, esfuerzo, dinero,
angustia, desvelos se han invertido previamente. Poco importa: la
ganadora podrá concursar en el certamen de Miss Universo Gay, 2008…
¡Qué enorme responsabilidad el de llevar a la belleza mexicana a otros
escenarios con el compromiso de traer la corona y el cetro! Es una
carrera titánica.
§
También
resulta difícil encontrar el camino para llegar al Bar Hysteria, cuya
entrada se encuentra al pie de un distribuidor vial con varios puentes
que se entretejen en la oscuridad de la megalópolis: sucesión de
amplios espacios, anchas avenidas con enormes camellones, donde la
modernidad del metro elevado, contrasta con extensas fábricas o bodegas
gigantescas y los nombres de las calles pasan de Nortes a Orientes;
aparecen apelaciones de oficios; nombres de los continentes Oceanía, África…
Para el avezado tenochtinauta, el Hysteria se yergue en Norte 25 y Oceanía.
Uno
se pregunta por qué no distribuir un mapa a los no iniciados en un bar
que acoge fundamentalmente a travestis y a sus fanáticos, hombres que
despliegan un gran entusiasmo por cuerpos esculturales que están
impuestos a un cuidado meticuloso. Uno descubre, o mejor dicho uno no
tiene que descubrir porque están a la vista: bien-torneadas-piernas,
bustos-turgentes, nalgas-generosas, brevísimas-cinturas, cabellos
cepillados, cuellos y lóbulos ricamente enjoyados, espaldas que se
lucen, enormes colas de vestidos que ocultan la pantorrilla pero dejan
al descubierto toda la pierna: incluso permiten ver el calzoncito, muy
blanco, osadía del sex-apeal. Ellas ofrecen colmados emblemas de una
feminidad costosa-peligrosa-destructiva-desafiante-libérrima-victoriosamente
construida.
Además
de tener cuatro o cinco de sus letras fundidas, el Hysteria (quizá
encendieron las cuatro letras para el
Certamen) cuenta con dos pisos, una pista amplia con un escenario
elevado al fondo y una gran pista de baile que se llenó a las tres de
la mañana cuando hubo terminado el concurso. Los asientos se
distribuyen en cómodos apartados amplios que gozan de perfecta isóptica,
pronunciada, para permitir ver incluso a través de altos peinados, (algunos
como rascacielos), de las despampanantes chicas que suelen concurrir:
desde cualquier punto del bar se puede observar perfectamente la pista.
Sucesor
del legendario Dandy’s Le Club, fundado en 1981; Hysteria discotheque
abrió sus puertas en 1999, en la colonia Moctezuma, promocionando sus
cinco barras. En la página electrónica del Hysteria ocupan un lugar
especial Raquel Bigorra, Axe Bahía, El Símbolo… Además encuentro
las fotos de la Diosa Azteca (que apareció en julio de 2007), aunque
hubo también noches dedicadas a entregar la Tanga de Oro (en septiembre),
y otras noches tituladas “Queena de Queenas”. Por otra parte,
“Nuestra belleza México”, se realizó el 6 de junio; tras los
resultados de “Miss Distrito Federal” (abril, 2007). Hubo también
Miss Spring, el 20 de marzo. Aunque en Hysteria suele haber música en
vivo (como La Propiedad de Durango y Merengado, en el curso de 2007),
este centro nocturno se organiza fundamentalmente en torno al concurso.
Parecería que Hysteria se ha convertido en la sede misma del Juicio, el
sitio donde se dicta la sentencia final. Se ha alzado con todo el poder
simbólico como sitio de saber, donde se pronuncian juicios inapelables
sobre una corporeidad triunfante en su máxima expresión, en el grado más
alto de su modelación: femenino o masculino. La sedosa turgencia o el músculo
construido es producto de la voluntad, la decisión, la constancia.
Importa el volumen y la contundencia de las formas que están a la
vista: porque nada -o casi nada- se deja a la imaginación. La obsesión
en el cuidado del cuerpo tiene como prioridad domeñar, modelar de
manera encarnizada, ciega.
Hysteria
no sólo alude al tipo de animación y ambientación. Tiene que ver con
aquello que es única y exclusivamente femenino: la histeria viene de la
palabra griega por vulva, ¡coño! ¡Que hallazgo! ¡qué nombre tan
perfecto para aludir a las tribus que acentúan su feminidad en las
vastas y variadas tierras de la nación queer y que tienen como
escenario el Hysteria, la discotheque más grande de la ciudad (también
habría que añadir que es la más fría, la que tiene más goteras en
un día lluvioso, la peor iluminada).
En
el Hysteria triunfa ese afán por prohibir traducido en respuestas
tajantes: si no fuera por la clientela, uno diría que se encuentra en
alguna zona institucional de Heterolandia… Por ello, no pude
entrevistar a las concursantes antes de que salieran a la pista: justo
en ese momento en que todo era nervios y ansiedad. Me acerqué al
camerino pero no me permitieron acceder… ¡¡¡No!!! si no llevaba
permiso… pedí hablar con el
Responsable, pero, obviamente, no era posible. Quise saber Su Nombre
pero el engolosinamiento en la prohibición había henchido el arrogante
pecho del elemento de seguridad… logré solo saber que se llamaba César,
a secas, sin apellido, como los dioses, Zeus, Jesús, Buda… César, el
Responsable del Hysteria no tiene apellido…
§
El
concurso se desarrolló con ciertos inconvenientes: En más de una ocasión,
las misses desfilaron (casi) en la oscuridad (en el momento me indignaba
tamaña grosería; ahora adivino el porqué…); una vez efectuada la
coronación de Miss Tlaxcala se apagaron las luces para que se abriera
la pista para bailar. Se les pidió que desalojaran inmediatamente a sus
augustas majestades (la flamantísima 2007, las reinas del 2006,
2001…). Había prisa. Hubo de trasladarse a la puerta para una sesión
de fotos de rigor, muy breve, muy a la entrada, en un pasillo junto a la
barra, lo cual me dejó sorprendido: tanta belleza maltratada,
zangoloteada por las prisas de un mercantilismo que privilegia el baile
para activar el consumo. ¡Qué desacato! Incluso uno puede sostener la
hipótesis de que no les interesa el
Certamen en sí ni creen en su relevancia y trascendencia. ¡Esto, claro
está, es sólo una hipótesis!
El
concurso se ciñó a la consabida etiqueta: presentación de las
concursantes en riguroso orden alfabético, desde Aguascalientes hasta
Yucatán: lucían traje de baño de una pieza, negro, con resplandores y
zapatillas blancas o botas negras.
Veracruz,
Aguascalientes y Yucatán representaban un tipo de belleza más en la lógica
rubensiana: uno advertía que estaban hechas para satisfacer a hombres
que quieren agarrrrar CARNE. Baja California y Sonora en cambio
representaban una belleza espigada más hacia el polo bulímico. Desde
el principio, el amplio vuelo de la cabellera de Miss Campeche cuando
giraba sobre sus altos tacones, dejó en claro la determinación de la
concursante que inmediatamente ganó la adhesión de un público
exigente: más del 70% estaba compuesto por travestis, había algunas
mujeres (por los estrípers), algunas amigas (locas) de las travestis y
los fanáticos de los travestis. Uno diría que todos ellos habrían
optado por el alcohol como emblema: muchos mostraban signos de copiosa
ingesta, alguno fue expulsado de la pista cuando insistía en besar a la
Chica dorada, que estaba francamente buenísima, “Ni una sola palabra,
ni gestos, ni miradas apasionadas…” Otros llevaban su pasión hacia
expresiones un poco psicóticas; como el enigmático gesto de filmarlas
con una cámara ficticia, improvisada con las manos, dirigir sus pasos,
o incluso inducirlas a despojarse de capas y velos para que su belleza
luciera en su desnudo esplendor. El personal de seguridad formado por
hombres corpulentos y decididos dejaba percibir que estaban atentos a
cualquier trasgresión a la etiqueta.
Daba
la impresión de que algunos no iban a apreciar la belleza y el notable
esfuerzo de las jovencitas de el
Certamen, sino a besarse con el mayor número de travestis, a las que
arrastraban a zonas oscuras, una tras otra, para paladearlas. Pertenecían
a esa clase de escépticos que sólo se fían en el tacto…
Después
las candidatas hicieron pasarela en traje casual (me llamó
poderosamente la atención la que lucía una minifalda de mezclilla y
una humilde blusa: pensé que seguramente ese sencillo atuendo
constituiría una fortuna para ella); luego en traje de noche, muchos
cortados por la misma tijera. En la recta final del concurso, se
nombraron a las diez finalistas, luego se redujo el número a sólo seis
(Puebla, Guanajuato, Tlaxcala, Guerrero, Campeche y Chihuahua).
Finalmente se procedió a la jerarquización última.
El
concurso tuvo dos intermedios musicales: uno para ver un show travesti
en donde se encontraba Paquita la del Barrio que entonaba una queja
porque la habían invitado a dormir solamente, y denunciaba acremente la
impotencia masculina. Paulina Rubio acudió también al escenario del
Hysteria. Envuelta en un manto oriental apareció Sher.
Dos
estrípers aparecieron en la pista y se pasearon por las mesas del vasto
centro nocturno. Uno portaba un atuendo de superhéroe; el segundo se
hacía llamar “El monje tibetano”: llevaba un hábito tan grande y
tan feo que impedía imaginar sus atributos. Las chicas no se atrevían
a tocarlos a pesar de que ellos se les ofrecían enteros…
Veo
una y otra ves las fotos que tomé y no encuentro a las candidatas de
Durango, a Miss Baja California Norte, Miss Chiapas, Miss Oaxaca, Miss
Hidalgo, Miss Estado de México, Miss Jalisco, Miss Nayarit, Miss
Zacatecas… ya no quiero pensar en más estados de la República porque
entonces el Título se vería
disminuido en su territorialidad y en su legitimidad.
La
tranquilidad reinaba sobre una noche que transcurría como las
trayectorias de las estrellas en el firmamento: silenciosa y rutilante.
Hasta el momento en que declararon a Miss Campeche, que era la evidente
favorita del público, la
Modelo del Año. Inmediatamente se escucharon aquí y allá, y luego en
coro unánime los gritos crispados ¡Fraude! ¡Fraude! ¡Fraude! Eran
voces agudas, quebradas, ahogadas, indignadas, acompañadas de puños
que se levantaban y ojos desorbitados: la tersura de los gráciles pétalos
que adornaban las mesas sedientas de néctares y admiración se
transformó en flores de hierro.
Anclado
a la pista por mi afán documentalista, yo no salía de mi sorpresa. Me
intrigaba saber cómo el hecho de ser Modelo del año podía significar
una sentencia que separaba, sin apelación posible a la concursante al
trono de belleza, condena de por vida; más terrible que maldición
gitana.
Ganó
Tlaxcala, siendo la virreina de belleza Miss Puebla, una de las
favoritas de acuerdo con los aplausos y las porras que se escuchaban.
Las luces se apagaron y los gritos continuaban ¡Fraude! ¡Fraude! ¡Fraude!
Artificio
del sentido
Dos
planos se abren ante la imagen travesti: por un lado está lo que
aparece a la vista; por el otro, el proceso para llegar a lo que se ve.
Lo visible y lo invisible; lo manifiesto y lo intangible. En efecto, la
belleza a la que apela un travesti no se deriva de ponerse
un vestido. Ello implica también haberlo escogido, haber pensado en
todos los accesorios que acompañarían tal vestido; exigió maquillarse
de acuerdo con el modelo que se ha elegido, empelucarse, mani y
pedicurarse… es un minucioso proceso para lograr que el vestido
signifique. En suma, es preciso llenar
el vestido, darle vida para
transformarlo en el Vestido.
En
la imagen travesti se plasma la inclemencia de un desenlace. Llegar a
ese corolario de la apariencia implica el éxito de muchas estrategias:
económicas, químicas, anímicas, en donde el discurso de la moda y del
manejo mediático de los cuerpos intervienen.
Veo
la munificencia travesti con un estado de ánimo doble. Por un lado me
impacta sus decisiones y su coraje, el someterse a disciplinas que
desembocan en lo que aparece en el certamen: tal como se presentan es lo
más cercano a la idea de belleza a lo que se pudo llegar. ¡A saber si
hay satisfacción… o algún grado de ella! Personalmente lo dudo:
siempre aparece insidiosa la nostalgia por un poco más de dinero, mayor
de esfuerzo, y la vacilación ante una serie de decisiones difíciles de
tomar, que, sin embargo, ya fueron hechas. Por lo tanto, lo manifiesto
es un estadio (insatisfactorio) que representa el mejor esfuerzo.
Por
otro lado, una foto de travestis es examinada con verdadera atención
que no da cabida al silencio: ¡mira qué zapatos tan grandes! ¡mira qué
patotas!, ¡mira qué manotas!… ¡qué gorda! ¡qué flaca! El cuerpo
travesti es sometido a un escrutinio minucioso. Una exploración
inmisericorde que reprueba, descalifica… La emoción, el impacto de la
belleza nunca se alcanza… más bien sucede lo contrario, irreprimible
aparece una sonrisa por tanto esfuerzo en vano, por una aspiración
imposible, por la distancia que separa el ideal de la realidad. El análisis
se complace en el fracaso de la modelo. “Esa es muy fea. Mira que
carota, mira que rasgos tan angulosos. Mira qué narizota…” Pies,
manos, nariz, hombros, corpulencia revelan proporciones que desmienten
la feminidad de los movimientos, las poses, las actitudes, los
accesorios. De tal forma que aparece un abismo entre el arquetipo
tradicional de lo femenino y la representación de una feminidad que
quiere serlo a toda costa, a todo costo. Es en esa dimensión de lo
imposible donde cabe la reflexión sobre una fotografía de la belleza
en la pasarella, de la belleza como centro de la mirada, como centro del
examen. La belleza de una travestida se ha construido contra viento y
marea, contra rasgos secundarios indómitos. La belleza travesti se
revela como un esfuerzo tantálico, siempre en el borde de lo
inalcanzable y de lo imposible. A pesar de tal capital invertido,
parecería que no basta con querer, que no basta con una disciplina de
hierro…
Tesón
y fracaso. Esfuerzo y frustración. Ilusiones y descalabros. Bríos y
bancarrota. Voluntad e infortunio. Ardor y ruina. Arrestos y desastre.
Me parece que no hay punto medio en las polaridades del concurso
travesti.
En
las fotos de la belleza travesti se trasluce una belleza abstracta: la
de sujetos con una gran convicción, la de seres que sin duda merecen
mejor suerte y resultados acordes con sus esfuerzos.
No
conozco el nombre de ninguna de ellas. A pesar de que distribuí
tarjetas de presentación planteando un intercambio “entrevista por
fotos”, no he tenido respuesta. Tener una computadora, o acceder a
ella, no resulta tan sencillo en nuestro México de la exclusión y de
la descalificación feroz.
¡Va
mi admiración y adhesión a todas ellas!
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