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Vuelo nocturno: crónica de la prostitución infantil y juvenil

Por Abraham Landeta*

“¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”

Groucho Marx (1890-1977) Actor estadounidense.

Hace mucho que no te veía por esta esquina, ¿dónde te habías metido?

Lo que pasa es que tuve problemas con el de la camioneta del operativo y me tuve que ir a trabajar a la Calzada de Tlalpan, pero ya estoy nuevamente por aquí, a ver cuanto duro.

Lo anterior es un fragmento de la charla entre Fernando y Diego, dos chicos que se prostituyen habitualmente en la esquina conformada por las calles de Luis Donaldo Colosio y Luis García, en la colonia Buenavista de la Ciudad de México, justo enfrente de la Delegación Cuauhtémoc, un ejemplo vivo de los aproximadamente 550 gays y bisexuales que ejercen la prostitución cotidianamente en la zona centro de la Ciudad de México.

Fernando tiene 17 años, y de los cuales los últimos 4 ha sido trabajador sexual. Se inició en la llamada profesión más antigua del mundo un 24 de diciembre cuando sus padres lo echaron a la calle por confesar su preferencia sexual hacia los chicos. Aun recuerda las últimas palabras que escuchó de su padre, quien sin miramientos, le dijo que partir de aquel día no tendría más hogar ni familia. Sin embargo se equivocó, ya que desde ese día las calles y los hoteles de paso que circundan el Monumento a la Revolución se convirtieron en su casa, y sus compañeros nocturnos de trabajo se convirtieron en sus hermanos y hermanas. Recuerda que su primer cliente fue un señor con alrededor de 40 años, quien al verlo sentado en una baqueta de la Alameda Central lo invitó a subir a su auto. “Fue mi primera vez, y a cambió me dio de comer y recibí $400”, narra Fernando.

Con sus ojos grises, su cabello rubio cenizo, y un cuerpo delgado, pero marcado para su edad, hoy en día Fernando es un chico que puede darse el lujo de cobrar hasta 2000 pesos mexicanos por sus servicios, renta una casa en la colonia Juárez a un costado de la Zona Rosa y hace poco compró un auto de modelo reciente. Cuenta en su domicilio con todos los servicios incluida la televisión satelital, una gran pantalla de plasma y un clóset repleto de ropa a la última tendencia de la moda. Sale los domingos al antro, aunque no fuma ni bebe alcohol, y mucho menos ha probado droga alguna. Pero al cuestionársele sobre su vida personal sus ojos se llenan de lágrimas, pues refiere que en el amor no le ha ido bien y que en su profesión siempre se encuentra rodeado de gente, pero al final de cuentas solo. “Con lo que gano me alcanza para vivir bien, pero cambiaría todo por un abrazo de mi padre y un beso de mi madre… lamentablemente ellos ya fallecieron”, comenta Fernando.

Del otro lado historia está Diego, quien tiene 21 años y que desde hace 3 años presta sus servicios como trabajador sexual travesti. Recuerda que cierto día perdió su teléfono celular, y que para comprarse uno nuevo tendría que juntar su salario de un mes. Pero fue justamente esa noche en un antro cuando conoció a un estadounidense llamado Andrew quien lo llevó a su hotel en la Zona Rosa con quien tuvo relaciones sexuales. A la mañana siguiente, y sin pedirlo Andrew le dio a Diego doscientos dólares. Sin pensarlo dos veces, Diego cambió el dinero extranjero por moneda nacional, corrió a la tienda de teléfonos más cercana y no sólo se compró el celular de sus sueños, sino que hasta le sobró. A partir de ese momento dejó su trabajo de medio tiempo en una pizzería y más tarde la escuela para dedicarse de tiempo completo al trabajo sexual: de día a través de internet y de una “agencia scort”, y de noche en las calles.

Hoy en día Diego vive en casa de su madre en la colonia San Rafael, quien sabe a que se dedica su hijo, y que se ha vuelto en gran medida el sostén económico familiar desde que su mamá tuvo un accidente que le impide trabajar regularmente lavando ropa ajena. Además tiene 2 hermanos más pequeños a los que les compra todo lo necesario para ir a escuela, no sin antes recordarles diariamente que el estudio es lo más importante. Sale desde hace 2 meses con Rubén, un chico que también se prostituye en la calle de Praga cerca de Zona Rosa, pero nos comenta que no le da mucho futuro a la relación amorosa pues “en este ambiente siempre te están poniendo el cuerno”.  Manifiesta que a él le hubiera gustado ser doctor, pero que el camino que el destino le puso enfrente se convirtió en su adicción, pues una vez que entro al ambiente nocturno del trabajo sexual jamás pudo salir del mismo.

Tanto Fernando como Diego se reúnen todos los domingos en un conocido antro de la Zona Rosa. Ahí conviven con casi dos centenares de chicos que se dedican lo mismos que ellos entre semana, pero que el séptimo día aprovechan para olvidarse del trabajo, toman, bailan y se divierten. Cada semana hay un rumor nuevo: si fulanito anda con perenganito, si la policía apañó a alguien, si aquel chico nuevo acaba de ser diagnosticado con VIH o si aquel chico ya usa muchas hormonas, todos al final de cuentas rumores que alimentan las conversaciones de esas noches.

Muchos de los chicos tienen historias trágicas y de supervivencia, y otros pocos solo están ahí por gusto propio, pero son los menos. Hace unos días nació la idea de formar una organización civil exclusiva de trabajadores sexuales  gays y bisexuales para evitar que sigan siendo objetos de abusos por parte de las autoridades policiacas y ministeriales, y que a su vez brindará servicios asistenciales a sus miembros de tipo médico, legal, educativo y psicológico. Tienen grandes aspiraciones, pues quieren retomar los estudios, aunque han tenido conflicto en definir que nivel cursarán ya que si bien es cierto que algunos desertaron de la universidad otros ni la primaria concluida tienen. Desean organizar festivales de navidad y año nuevo, quizá para tratar de recuperar aquellas fechas que no pudieron disfrutarlas con sus seres queridos por estar en las calles trabajando. Y cuando se les pregunta que si reciben apoyo de alguna instancia gubernamental contestan que “sólo les regalan condones y no muchos, pues cómo nosotros no votamos, ningún nivel de gobierno se ha interesado en atender nuestras necesidades tan legítimas como las de cualquiera”.

Regresemos a la esquina de las calles de Luis Donaldo Colosio y Buenavista donde comenzó nuestro relato: un nuevo chico ha llegado: Julián de 16 años, lo acaban de correr de su casa. De inmediato Fernando le ofrece asilo a lo que Julián dice que no, el quiere trabajar también, una nueva historia empieza, y un nuevo vuelo nocturno se alza.

*Coordinador General de Juventud por la Ciudad de México

Tel. Celular 55 9167-6595

MSN / Mail: landeta@yahoo.com

 

 

 
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