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Fotos © Dr. Lars Ivar Owesen-Lein
Borge / Enkidu Magazine
Impunidad y corrupción; indiferencia política y misoginia; pobreza y
narcotráfico, es igual a feminicidio - Beatriz Pagés Rebollar
Diputada María Beatriz Pagés Llergo Rebollar: [quien agradeció por el
reconocimiento Mujeres de México, "un reconocimiento que ofrecen a
las mujeres por su lucha por conquistar espacios de respeto y de equidad"]
Impunidad y corrupción. Indiferencia política y misoginia. Pobreza y
narcotráfico, es igual a feminicidio.
El primero de febrero de 2007 se publicó en el Diario Oficial de la
Federación, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de
Violencia y es hora, es hora, en que el ejecutivo federal no ha
promulgado el reglamento. Su retraso pone en evidencia lo que sabemos:
una cultura misógina, inmersa en la ilegalidad que, según el Parlamento
Europeo, ha costado en el país, de 1999 a 2006, 6,000 asesinatos de
mujeres.
¿Qué espera la sociedad mexicana de esa ley? Como dice en su artículo 1°
de Disposiciones Generales, que exista una coordinada adecuada entre la
Federación, las entidades y los municipios para prevenir, sancionar y
erradicar la violencia contra las mujeres.
El diagnóstico sobre estadística y el grado de crueldad nos concierne a
todos. Lo importante es saber cómo se va a desterrar una práctica que ya
ha sido catalogada como crimen de Estado; como una especie de genocidio
inadmisible (sic) en un siglo donde la defensa de los Derechos
Humanos y de la equidad son requisitos indispensables para ser
catalogado como un gobierno democrático y como una sociedad civilizada.
Combatir al feminicidio exige voluntad política y visión de Estado. Al
igual que el narcotráfico, no se puede pretender exterminarlo únicamente
con la vía policiaca o la persecución penal, ambas son necesarias pero
insuficientes, sobre todo cuando hablamos de prevención, de la
erradicación cultural, de un cambio de mentalidad y de la construcción
de un sano tejido social.
Queda una política pública, una política de Estado en contra de la
violencia de género, exige, cuando menos en México, sustituir el modelo
económico actual imperante, empobrecedor y deshumanizado, por otro...
Implica cambiar los programas educativos, exige limpiar procuradurías,
policías y poder judicial. Significa revolucionar el contenido de los
medios de comunicación. Requiere de un esquema de desarrollo donde la
mujer sea considerada como un factor de productividad y de progreso y ya
no solamente como hija, esposa, pareja o madre de familia.
La mujer tiene tres grandes enemigos, si no es que más: la pobreza, la
falta de educación y la manipulación mediática. Ella es la primera
víctima dentro de un sistema económico injusto. No sólo porque se le
convierta en una obrera mal pagada o en una desempleada, sino porque la
desigualdad social genera en el mundo ignorancia, marginación,
frustración y, por ende, violencia.
Si su padre, esposo o pareja son víctimas sociales, ellos se encargarán
de vengar, sobre el cuerpo y la dignidad de ella, los agravios que
reciben de la sociedad y también, mientras la pobreza impida que la
mujer vaya a la escuela, reciba una educación de alto nivel, ésta
aceptará los golpes, las agresiones físicas y psicológicas con absoluta
normalidad.
Las mujeres y las niñas incluyen, sin duda, el grupo más vulnerable en
lo que tiene que ver con la violencia de género. Una encuesta realizada
por INEGI [Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática,
N/E], indica que el 46.6 por ciento de las mujeres que tienen más de 15
años son víctimas de violencia por parte de su pareja; 35.4 por ciento
sufre violencia emocional; 27.3 por ciento sufre violencia económica;
9.3 por ciento es víctima de violencia física y 7.8 por ciento es objeto
de violencia sexual.
Lo peor en todo este escenario de inequidad y humillación es lo que nos
dicen las encuestas sobre lo que piensan estas mujeres del maltrato que
reciben. En el año 2005, la Secretaría de Desarrollo Social llevó a cabo
un sondeo a igual número de hombres y mujeres. En ella, una buena
cantidad de mujeres contestaron que es justificable que un hombre les
pegue. Y los hombres entrevistados respondieron que las mujeres son
violadas porque provocan a los hombres.
El día de ayer, precisamente (4 de marzo), al clausurar la Reunión
Regional de Análisis y Evaluación de la Ley General de Acceso a las
Mujeres a una Vida Libre de Violencia, el Presidente de la Comisión
[Nacional, N/E] de Derechos Humanos, José Luis Soberanes, dijo que la
violencia de pareja afecta a casi el 50 por ciento de las mexicanas a
partir de los 15 años y aproximadamente 25 millones de mujeres han
sufrido violencia de algún tipo a lo largo de su vida. Dijo también que
la violencia intrafamiliar genera más muertes femeninas que las
cometidas por el crimen organizado.
Esos indicadores nos demuestran una verdad, que el modelo educativo y el
contenido de los medios de comunicación tienen que ser radicalmente
transformados.
Si queremos dejar de tener mexicanas golpeadas o asesinadas tenemos que
exterminar los estereotipos machistas y de sometimiento que sobreviven
en el inconciente colectivo.
La violencia contra la mujer y su expresión más infame, como son los
feminicidios, tienen que comenzar a ser combatidos desde la casa y desde
el primer día de clases.
Es necesario comenzar a construir, desde las aulas, una visión distinta
del mundo, una visión dual, donde la relación hombre - mujer no sea
solamente igual sino de corresponsabilidad, de sinergia y
complementariedad, y ya no competencia, adversidad u oposición.
Tal vez debíamos de comenzar por hacer una versión más racional de
nuestra historia. Para muchos, la Malinche, pareja y traductora de
Hernán Cortés es una traidora. Este estigma contra una mujer maya que
formó parte de la conquista, ha sido inyectado en la mentalidad del
mexicano por generaciones. Forma parte de nuestra idiosincrasia y ha
generado un cliché donde toda mujer es una Malinche, es decir, es una
traidora.
Hace falta una campaña para que los mexicanos no sólo admiren a sus
héroes, sino también a sus heroínas, y sobre esto podría nos hablar con
mucha más profundidad esa gran historiadora mexicana que tenemos hoy
aquí, que es Patricia Galeana, quien nos ha hablado por cierto de la
construcción del Museo de las Mujeres.
Nadie en México se ha interesado por destacar el valor de una Josefina
Ortiz de Domínguez o de una Leona Vicario. De una Carmen Serdán o de una
Rosario Castellanos.
Si al varón mexicano se le enseñara desde la infancia a honrar y admirar
a la mujer que supo ser grande en la historia y en la literatura, sabría
desde los primeros años, que también nosotras somos seres pensantes.
Las fabricas, las empresas y las oficinas deben ser el lugar de campañas
para enseñarle lo mismo al obrero que al ejecutivo o al burócrata, la
igualdad entre el hombre y la mujer. Pero también a la obrera, a la
ejecutiva y a la secretaria se le debe inculcar la igualdad frente al
hombre...
El fin de semana pasado se realizó en México el Día de la Familia.
Sabemos, sin embargo, que también en la composición del núcleo familiar
están las raíces de la violencia.
La familia mexicana es una familia incompleta donde predomina la
presencia de la madre y la ausencia física, económica y emocional del
padre. Un esquema familiar heredado de generación en generación, cadena
que debe ser rota a través de la educación.
Les voy a referir al caso que seguramente muchas de ustedes han leído,
en un libro que se vende en varias librerías y que tiene por título
Deshonrada. Es la historia de una joven paquistaní llamada Mukhtar
Mai, de 32 años, integrante de una tribu que se encuentra en guerra
permanente con otra tribu. El hermano de Mukhtar cometió el error de
hablarle, simplemente de hablarle a una joven integrante de otra tribu.
El padre de Mukhtar decidió que para evitar una reacción sangrienta de
sus enemigos, debía entregar a su hija para que de acuerdo a lo que
dictaba la tradición, la violaran.
Mukhtar fue multitudinariamente violada, pero en lugar de suicidarse,
como también lo señala la costumbre, decidió denunciar esa infamia, esa
humillación, esa agresión a la prensa internacional.
Mukhtar pudo hacer eso, pudo romper con los grilletes de un modo de
vida, porque a diferencia de otras mujeres de su tribu, ella había
recibido educación.
La transformación de la mujer mexicana y la erradicación de la
misoginia, como país y origen cultural de la violencia de género pasan,
inevitablemente, por una revolución del contenido de medios de
comunicación. Para ellos, para los medios, para las pantallas y los
micrófonos, para las revistas calificadas como femeninas, la mujer es un
objeto y un sujeto sexualizado de consumo que el varón debe comprar,
debe poseer, cueste lo que cueste y valga lo que valga.
Basta echarle un vistazo a los comerciales y a las telenovelas para ver
qué tipo de trato recibe la mujer. No quiero, por supuesto, ser
reduccionista, pero en el 90 por ciento de los casos, somos la
prostituta, somos la mujer abnegada, somos la sirvienta. A partir de
estos conceptos, que nos atan irremediablemente a un estadío de
inferioridad cultural, se nos usa para promover lo mismo un cosmético
que un detergente.
Yo me pregunto, ¿Dónde está el modelo de la mujer ejecutiva? ¿Dónde está
el modelo de la mujer pensante? ¿Dónde está el modelo de la mujer de
avanzada? ¿Dónde la promoción de una mujer vanguardista?
Mucho antes de que se iniciaran las campañas presidenciales en Estados
Unidos, las productoras de televisión norteamericanas empezaron a
transmitir series sobre una mujer que llegaba como Presidenta a la Casa
Blanca. Esto contribuyó a sensibilizar a una sociedad que, aunque rica,
es también machista, sobre la posibilidad de que una mujer puede llegar,
por primera vez, a la Presidencia de ese país.
Quiero decir con esto que los medios de comunicación deben comenzar a
ser utilizados para liberar a la mujer de atavismos mentales y
culturales que contribuyen a la inferioridad social, pero que también
contribuyen a la inferioridad mental, a la inferioridad cultural de los
hombres.
De nada serviría tener un cuerpo policiaco bien adiestrado para
perseguir y capturar feminicidas si no somos capaces de cambiar la
estructura cultural.
Por ello veo con preocupación que el Ejecutivo federal no ha sido capaz,
hasta este momento, de entregar el reglamento de la Ley Federal de
Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, un reglamento que
debe traducirse, insisto, en una política de Estado cuya meta
fundamental debe ser el nunca más. Nunca más una mujer golpeada,
agredida, humillada, por el sólo hecho de ser mujer. Nunca más, sobre
todo, una mujer asesinada. Que ya no crezcan las tumbas y las cruces,
sino como reza el poeta, los cantos y las flores.
Muchas gracias.
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