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¿Celebrar
o repensar el Día de la Mujer?
Por María de Jesús González Pérez/Enkidu

El 8 de marzo más que una celebración por el día de
la mujer debe ser una fecha en la que se reflexione sobre las
condiciones de existencia de las mujeres y no sólo limitarnos a
pensarlas en este día sino continuamente como rasgo distintivo de
reflexividad para medir cómo funciona nuestra sociedad en cuanto al
respeto, la equidad, la igualdad, la inclusión, la participación, los
derechos humanos y la libertad de decisión y elección.
Este día trae implícita una doble representación por
un lado la institucional y por el otro la social y, al mismo tiempo una
polarización de opiniones. La primera, exalta mediante los medios de
comunicación los alcances obtenidos por las mujeres, como la
incorporación al ámbito laboral ya sea en el campo político,
intelectual, empresarial, deportivo exclusivas áreas para el hombre, se
alardea que están en puestos ejecutivos, generenciales, en cargos políticos
públicos, se hace alusión de que tenemos mujeres policías, doctoras,
arquitectas, diputadas, gobernadoras, boxeadoras, futbolistas,
escritoras, secretarias de Estado, fiscales y juezas (nos preguntamos en
estos casos en particular, ¿desempeñaran sus cargos con una
perspectiva de género?, en referencia al proceso de Lydia Cacho y a las
muertas de Juárez) y se hace explícito que tenemos figuras femeninas
relevantes en el medio informativo, artístico, cultural y científico.
Así, el espacio público se vuelve aquella panacea que nos refleja
supuestamente la igualdad y la inclusión de las mujeres en un campo que
por siempre ha sido dominado por los hombres, éste es el gran logro y
es la idea publicitada fervorosamente por diversas instituciones que
tienden a introyectar en el imaginario social que nuestra sociedad esta
abrazando los niveles de democracia que exige la modernización en
cuanto a la interacción entre hombres y mujeres.
Sin embargo, no debemos adoptar esta noción porque
muestra un panorama social sobre las mujeres, incompleto. En la
actualidad ya no podemos hacer una separación tajante entre la esfera pública
y la privada, ya que las dos se retroalimentan constantemente,
constituyendo un campo intermedio en el que interactúan tanto actores
sociales como instituciones a través de prácticas y experiencias
sociales, lo cual da sustento y sentido a un espacio público en
construcción, denominado sociedad civil en la que confluyen hombres y
mujeres.
En este sentido, por supuesto no dejamos de reconocer
el empoderamiento de las mujeres en los rubros mencionados, pero
teniendo muy claro que estos alcances se deben principalmente al trabajo
teórico y práctico del movimiento feminista que pone en tela de juicio
conceptos como la diferencia, el cuerpo, la igualdad, el género, la
opresión, los derechos sexuales y reproductivos que nos han llevado a
repensar en las estructuras de un orden simbólico que continuamente
hacen hincapié en el matrimonio monogámico, la sexualidad con fines
reproductivos, la heteronormatividad y los roles asignados a mujeres y
hombres. Y también a partir de la ardua tarea colectiva del movimiento
amplio de mujeres en el que hay diversas organizaciones que luchan por
situaciones específicas y que no se desvincula del movimiento feminista,
los cuales precisamente, han puesto las bases para que la participación
social de las mujeres sea visible.
Por ello consideramos que no hay que aceptar únicamente
lo que la vitrina pública oficial nos oferta, ya que esa concepción se
vuelve errónea cuando la comparamos con la realidad, con la segunda
representación: la social, la concreta, la que se origina de la vida
cotidiana de miles de mujeres que conlleva necesidades, preocupaciones e
inquietudes bien diversas, derivadas de contextos geográficos,
culturales, políticos y económicos diferentes, de lo cual justamente
se nutren los anteriores movimientos, de lo privado, de lo intimo que se
lleva a la visibilidad a lo público cuando las instituciones no
entienden la pluralidad de una sociedad e insisten en imponer patrones
que uniformen las formas de vida de hombres y mujeres.
De tal modo, pensamos que este día va más allá de la
celebración dado que nos da la oportunidad de tener presente la
contradicción social en la que nos encontramos las mujeres, característica
de las sociedades emergentes como la nuestra.
Si bien se ha ingresado al ámbito laboral, las
condiciones de discriminación y falta de equidad en cuanto a la
contratación, el salario, las prestaciones, el trato, el desarrollo
profesional y el acoso sexual no han desaparecido, aunque tengamos una
ley que castigue ésta última práctica; sigue existiendo la doble
jornada ya que la mayoría de las mujeres que trabajan son jefas de
familia; tenemos una Ley sobre la despenalización del aborto y sin
embargo algunos centros de salud no obedecen la legislación por
prejuicios morales y religiosos que trastocan la función de un Estado
laico y ponen en riesgo la vida y salud de las mujeres que tienen este
derecho, aunado a ello, la educación sexual que no es impartida en las
instituciones educativas como parte de un programa integral que
garantice la educación e información en cuanto a la sexualidad y la
salud reproductiva, ha traído como consecuencia un alto porcentaje de
transmisión de enfermedades sexuales, VIH/Sida y embarazos no deseados en mujeres adolescentes y
jóvenes; el seguimiento y esclarecimiento de los asesinatos de las
mujeres en Cd. Juárez, Chih., y en otros estados ha quedado estancado
por la impunidad, falta de voluntad política y el desdén judicial que
le han dado las autoridades locales, estatales y federales, así también,
se subestima la violencia sexual practicada en mujeres indígenas y
trabajadoras sexuales como fueron los hechos perpetrados por elementos
del Ejército Mexicano en contra de 13 mujeres en Castaños, Coah., y la
muerte de Ernestina Ascención en Zongolica, Ver., incluyendo Chiapas,
Oaxaca y Guerrero; ostentamos una Ley general de acceso de las mujeres a
una vida libre de violencia puesta en vigor el año pasado y los índices
continúan siendo altos con respecto a la violencia intrafamiliar y
miles de casos silenciados de muertes y maltratos hacia las mujeres al
interior de su familia, situación que arrastra otra preocupante, el
crecimiento de la población callejera integrada por niñas y
adolescentes que al ver el ambiente de violencia familiar salen de su
casa para vivir otra experiencia menos afortunada; las mujeres indígenas
que padecen los efectos del binomio tradición-modernización, ya que
sus usos y costumbres las tienen enfrascadas en un dilema, pues por un
lado hay un respeto ancestral hacia lo patriarcal y por el otro, desean
elegir con quién casarse, cuántos y cuándo tener hijos, estudiar y/o
trabajar, salir fuera de su comunidad para desarrollarse y
desencadenarse de la opresión que significa romper con la reproducción
social y que sus hijas tengan otro tipo de vida y no experimenten la
dependencia y la autoridad, que implica ser vendidas por unos miles de
pesos o intercambiadas por unas botellas de alcohol. Y que decir de las
mujeres que emigran a los Estados Unidos en busca de una mejor calidad
de vida para sí mismas y su familia, dejando atrás sus raíces
culturales, familiares y sentimentales y con ello sobre los hombros,
padecer a los largo del trayecto toda clase de vejaciones desde la
violencia verbal y psicológica hasta la sexual de parte de los mismos
paisanos o extranjeros y todo en aras de una alternativa de
sobrevivencia, ya que nuestro país se ufana de tener una economía
estable pero que en el contexto real no responde a las necesidades básicas
de la población.
Como vemos no hay mucho que celebrar con este breve
recuento, dado que las
circunstancias de las mujeres mexicanas superan estas líneas, sin
embargo hay bastantes elementos para reflexionar y actuar ya sea
individual o colectivamente en cada uno de nuestros espacios para poner
un grano de arena y resignificar las relaciones entre mujeres y hombres
y, advertir que toda formación cultural y social que se desarrolle en
la vida cotidiana repercute indudablemente en la dinámica macrosocial.
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