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Mensaje leído por el Maestro
Miguel Sabido
Ciudad de México, 2 de abril de
2008 (Transcripción Agustin Villalpando / Enkidu Magazine; Fotos Dr.
Lars Ivar Owesen Lein Borge / Enkidu Magazine)
Mensaje Internacional en el Día Mundial del Teatro,
escrito por Robert Lepage (Canadá)
Hay varias hipótesis en relación a los
orígenes del teatro, pero una de ellas, la cual encuentro como la más
estimulante del pensamiento, toma forma de fábula:
Una noche, en el principio de los tiempos,
un grupo de hombres estaban reunidos en una cantera para calentarse un
poco alrededor del fuero y contar historias.
De improviso, uno de ellos tuvo la idea de
levantarse y utilizar su sombra para ilustrar su cuento. Utilizando la
luz de las llamas, él hizo aparecer a sus personajes, de mayor tamaño
que los de la vida real, en las paredes de la cueva. Sorprendidos, los
demás reconocieron, uno por uno, al fuerte y al débil, al opresor, así
como a los oprimidos, al dios y al mortal.
En nuestros días, la luz de los proyectores
ha reemplazado a la fogata original y la maquinaria del escenario, a las
paredes de la cueva. Y con toda la debida deferencia hacia ciertos
puristas, esta fábula nos recuerda que la tecnología se halla presente
desde los comienzos mismos del teatro y que no debe ser percibida como
una amenaza sino como un elemento unificador.
La sobrevivencia del arte teatral depende de
su capacidad de reinventarse a sí mismo, aprovechando nuevas
herramientas y nuevos lenguajes. Porque, ¿de qué manera podría el teatro
continuar como testigo de los grandes acontecimientos de su época y
promover el entendimiento entre los pueblos sin tener, él mismo, un
espíritu de apertura? ¿Cómo podría enorgullecerse de ofrecer soluciones
a los problemas de la intolerancia, la exclusión y el racismo si, en su
propia práctica, se resistiera a cualquier fusión e integración?
Para representar al mundo en toda su
complejidad, el artista debe producir nuevas formas e ideas y confiar en
la inteligencia del espectador, el público, quien es capaz de distinguir
la silueta de la humanidad con el juego perpetuo de luces y de sombras.
Es verdad que, jugando demasiado con fuego,
corremos un riesgo, aunque también una aventura: podríamos quemarnos,
pero también podríamos sorprender a los demás e iluminarnos a nosotros.
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