
Cuentos de la mano XII
Sin pecado concebida
El silencio se mezclaba con el vapor frío que salía de los orificios del
aro metálico que, en un orden casi religioso, colgaba del alto
cielorraso de la cabina empañando los largos y curvos ventanales de la
nave ocultando la magnífica vista hacia el exterior. Mientras,
infinitos planetas y soles trataban de espiar el silencioso drama a
través de las escotillas. Cada tanto los cristales se libraban de la
húmeda condensación y dejaban ver la pacífica oscuridad del interior del
templo.
La perfecta quietud de la eterna noche fue estremecida por el
sofisticado engranaje que puso en movimiento el aro doble de oro macizo
flotando apenas a unos pocos centímetros del techo abovedado.
Símbolos en un idioma sagrado se movían de derecha a izquierda, como si
trataran de escribir una palabra mágica, hasta detenerse frente a la
única insignia que insinuaba la presencia de la mano de un artista, una
flecha perfecta. Una sucesión de emblemas comenzó a descifrar la
combinación que abriría las puertas selladas del santuario.
Cinco signos integraron la clave, cinco letras galácticas nombraron a su
propio dios. El aro detuvo su rotación y por un instante volvió el
eterno silencio, hasta que de repente, un chiflido abrupto abrió paso a
la luz que se escabulló por la ranura de dos gigantescos portones
lacrados que comenzaron a deslizarse con un quejido oxidado después de
veinte siglos de afonía. Una áurea resplandeciente invadió el recinto
haciendo que cientos de rayos se escaparan por las ventanillas hacia el
infinito, y en ese instante se hizo la luz.
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En el gran patio rodeado por columnas, algunas niñas corrían de una
esquina a otra golpeándose con tres palmadas la espalda, otras, jugaban
con muñecas de trapo sentándolas sobre las baldosas tibias por el sol de
mediodía, todas ellas, entretenidas en sus activos esparcimientos; una
sola estaba alejada de los grupos y sentada bajo una higuera enfrentando
la distancia con su mirada perdida en el horizonte pensaba ya en su
futuro. Cada tanto las niñas se acercaban despacio por atrás y tiraban
de su túnica burlándose de ella.
Siempre había sido una niña tranquila y meditabunda. Desde que recordaba
había vivido en el templo, sus padres la habían entregado al mismo
cuando ella apenas tenía tres años, era por ello, una de las
privilegiadas. Dos veces por mes se introducía al templo mayor de la
sinagoga donde solo los grandes sacerdotes y los sabios de la época
entraban, desde atrás de una de las grandes columnas le gustaba sentarse
en el suelo para oír las discusiones de los mismos, con el correr
de los años ellos ya se habían acostumbrado a la presencia de la niña y
le habían dejado vacío un espacio en los últimos escalones del
auditorio.
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Los cinco altos sacerdotes con sus gigantescas cabezas deformadas
entraron al recinto en silencio dejando que los grandes portones se
cerraran detrás de su paso. Hacía más de cincuenta siglos que no usaban
sus cuerdas vocales, como al principio de todos los tiempos, se
comunicaban entre ellos telepáticamente.
El silencio volvió a reinar en el tabernáculo y solo el resplandor
de estos seres iluminaba el oscuro lugar reflejando en los
ventanales su presencia sacrosanta. Frente a ellos a un lado del altar,
una pantalla de plasma reflejaba la historia de una
humanidad ya olvidada que había llegado a conquistar varios sistemas
solares para finalmente destruirlos con sus propias guerras y
ambiciones.
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La mañana que cumplió catorce años fue despertada por el sumo sacerdote
y sus ayudantes. Fue bañada y untada en aceites consagrados, peinada y
vestida con una túnica blanca de lino bordeada en hilos de plata, había
llegado a la edad del matrimonio.
El alto eclesiástico la condujo al altar donde había reunido doce
jóvenes de las mejores familias del pueblo. Llena de pudor subió los
treinta y tres escalones de mármol y se acercó a cada uno
mirándolos a los ojos hasta que al llegar al ultimo tomándole por los
hombros le susurro algo a su oído y luego se arrodillo frente a el,
había elegido así a su esposo. Siguiendo la tradición se mudó con el
para comenzar una familia.
Al año de matrimonio se habían instalado en una pequeña casa a las
afuera del pueblo, eran felices como toda joven pareja, vivían sus
sueños con toda intensidad, día a día.
Durante las mañanas ella se quedaba en su casa hilando y su esposo
trabajaba en su taller de carpintería que gracias a los pedidos de sus
vecinos crecía bastante rápido ayudándoles a salir adelante.
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Parados en círculo frente al altar mayor cuatro de los magistrados se
tomaron de las manos mientras el más alto se adelantó y poniendo sus
propias manos sobre el mismo activó un mecanismo que abrió un
compartimiento con un pequeño cofre sellado. Entre todos entonaron un
sonido gutural grave que hizo que el cofre se abriera y dejara ver el
contenido de su interior. Todos se miraron y dando un signo de
aprobación siguieron sumidos en su oración cósmica.
Había llegado el instante del viaje astral para este último pasajero
celestial. El sabía que una vez cruzada la barrera del tiempo no podría
regresar jamás a la nave, pero esta era la única solución para salvar a
la humanidad.
Parado en la antecámara de la escotilla exterior que lo lanzaría a
través del hueco interestelar, terminaba con los últimos arreglos de su
traje espacial. Dos protuberancias sujetas a su espalda en forma de alas
le proporcionarían oxigeno, una cápsula transparente de dos metros y
medio de alto le proporcionaría el calor suficiente para no congelarse
en su viaje.
Dándose vuelta miró a sus compañeros por última vez y los despidió con
su mirada llena de paz y benevolencia. Eran seres perfectos, los únicos
sobrevivientes de una raza extinta.
El viaje del no tiempo duraría cien años para el viajero, apenas unos
minutos para nosotros. Todo estaba listo, era tiempo.
El destello alumbró la estancia dejando sorprendida a la joven esposa.
El mensajero galáctico salió de su pequeña capsula trasparente y
arrodillándose frente a ella le entregó el cofre. Ella lo aceptó sin
temor y lo abrió con confianza. Dentro encontró una peineta de cinco
dientes. Por primera vez en toda su vida el abrió su boca para decir su
mensaje, aún no conocía su propia voz. La sorprendida joven oyó la voz
más dulce que jamás hubiera conocido.
-"Bendita tú eres entre todas las mujeres.."
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F.S.
Dallas Febrero 23 '08
La vieja peineta de cinco
dientes XII
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