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El Parking Place del Deseo, donde ambas
soledades perecen
Ciudad de México, 13 de mayo (Texto y Fotos © Agustin
Villalpando / Enkidu Magazine): Con prácticamente media hora de retraso
y la presencia de reporteros, amigos y cámaras de varias televisoras,
dio inicio la temporada de “El Parking Place del Deseo”, obra
ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Joven, Gerardo Mancebo del
Castillo 2006 y que formó parte del Programa de Fomento a Proyectos y
Coinversiones Culturales del FONCA 2007. Esto ocurrió en el Foro La
Gruta del Centro Cultural Helénico (Ave. Revolución 1500, Col.
Guadalupe Inn), donde estará todos los lunes a las 20:30 Hrs. hasta el
21 de julio.
A mi diestra, Rebeca Jones acompañada por José Luis
Vargas. El calor de la noche y del espacio, íntimo, reducido, hacían
lucir excelente a una señora que traía, preparada ella, su abanico. La
expectación crecía al leer que se trataba de una “crítica escénica de la
sociedad contemporánea a partir de la siguiente hipótesis: ¿qué pasaría
si un terrorista encontrara al amor de su vida minutos antes de
perpetrar un atentado y, por ese hecho, perdiera el vuelo que lo lleva a
cumplir su destino?”
Suena impresionante y la torre de control recuerda obras
como “Yamaha 300” dirigida por el Maestro Antonio Castro en el
Foro Sor Juana Inés de la Cruz (UNAM, 2006), donde el respetable pudo
observar algunas iridiscencias en las realidades más humanas de los
traficantes de drogas, no como los “malos de la película” sino como
personas de carne y hueso que pueden tener sentimientos y enamorarse.
Continúo leyendo el comunicado, donde confirman mis
saudades: “¿Es el amor nuestra posibilidad de redención o sólo seguimos
al GUIÓN [sic] que nos han implantado? ¿Cuándo en verdad deseamos? ¿Qué
es la libertad?”

Vuelve a mi mente el uso de una escenografía precisa,
incluyendo, por supuesto una Yamaha 300 [¿cómo la habrán metido al Sor
Juana!], un oso polar de peluche inmenso y una cruz, elementos exactos,
con iluminación precisa.
“No nos interesa hacer un análisis sociológico del
terrorismo, no nos interesa tomar postura moral en este controversial
asunto, no acentuamos sobre lo político sino sobre lo psicológico: Esta
obra explora sobre el inconsciente colectivo de una generación que
esperábamos el fin del mundo cada verano,” dice Guillermo León en el
comunicado.
A la entrada he visto la ya tradicional pantalla para el
video. Como se trata de la historia sobre la parte psicológica del
terrorismo, imagino si utilizarán el video en un modo como Marta Aura en
Mujer On the Border inicia su obra, premiada por la APT para
contextualizarnos “sin que el uso del video se coma las actuaciones o se
vuelva una distracción” –como nos hubo comentado la Maestra Aura en la
presentación en el Restaurante Agapi Mu
(Alfonso Reyes No. 96, entre Cuautla y Cuernavaca, Col. Condesa)–
, o como Ofelia o la Madre Muerta, de María Morett, donde la
directora (quien es además escenógrafa y diseñó el vestuario) utilizó la
pantalla para mostrar agua en los momentos precisos al tiempo que
dosificó música y voz, que surgen, llegan cuando hay razón para ello.
Luego de 90 minutos de El Parking Place del Deseo,
obra escrita y dirigida por Guillermo León hubieron aplausos y un
cóctel.
Sin embargo, jamás se logró un ritmo, la estructura que
prometía ser “a partir de escenas yuxtapuestas” pareció un deshilvanado
más que una yuxtaposición. Jamás se tuvo la sensación de una relación
entre el supuesto terrorista árabe y la profesora venida a cantante.
Los elementos en escena fueron demasiados, incluyendo una
lámpara semejante a la Torre Eiffel que jamás tuvo relación ni parte con
el desenvolvimiento dramatúrgico.

Un escenario con una elevación que hacía las veces de
sala, recibidor, cama, recámara y una historia donde la mujer, que se
está quedando ciega –jamás sabemos ni cómo ni porqué ni para qué el
dato-, quien a veces actúa como si hubiese perdido totalmente la vista
pero siempre habla de la “mirada” del otro y luego habla sobre su
“soledad” cuando, se supone, ha dejado de dar clases para dedicarse a
cantar en un bar; por cierto no necesariamente, quien canta en un bar
recurre a un “vestuario teatral” como asegura, contundente, Emmy (Sophie-Alexander-Katz)
en un personaje camaleónico, donde intuimos a una actriz llena de
energía y presencia escénica pero sin regulador para matizar los
momentos y con una voz impresionante –tal vez, insisto, demasiado alta,
sin sensaciones-, una mujer-fatal-wannabe (para hacer uso de términos en
los dos idiomas del título de la obra que referimos). La actriz es una
mujer encantadora y seguramente escucharemos y veremos más de ella.

Por su parte, Alí (encarnado por el guapo Ianis Guerrero)
se mantiene todo el tiempo un poco a la deriva, en permanente espera. Su
personaje es mucho más difícil, sobre todo porque carece de referentes
de origen cultural, étnico, religioso y lingüístico. Intuimos que es
árabe, como decir “es germánico” o “de Oriente”. Con todo, aparece en la
pantalla una y otra vez, sublimando la estigmatización de moda, por su
origen étnico: “…hijacked by commercial plane kidnapped by terrorist,
presumed arab / SECUESTRADO POR TERRORISTAS PRESUNTAMENTE ARABES
[mayúsculas en el texto original]”.

Alí dice que tiene una esposa e hijos –la tradición puede
o no indicar que tengas tantas mujeres como puedas mantener- y que los
ha abandonado. Alí muestra su afección por el whiskey –bebida no
tradicional en esa comunidad– y su relación con el género femenino es
demasiado occidentalizada como para poder entender si es una especie de
Romeo apócrifo o un Otelo en busca de ser redimido por las “garras” de
esta fémina.
Es casi irrisorio, casi, pero ni eso, cuando llega
golpeado, ensangrentado y con heridas que le lastiman sólo con el roce
de la mano de Emmy, cuando tras unos momentos de llanto se levanta así,
sin ser curado, sin cambio de ningún tipo y sigue cargando sus dos
maletas, una más pesada, como en cualquier otro instante.
La pareja no existe, es un monólogo a dos voces y el
temor al cuerpo es evidente cuando apenas unos momentos él muestra su
derrière mientras que en todo el resto de la obra sigue con su
pantalón y sus zapatos. Ella jamás muestra su cuerpo, ni siquiera en el
momento en que están teniendo relaciones sexuales, cubiertos por una
sábana, enunciando sus textos mientras se mueven y los pantalones de él
salen al escenario, esto es algo que yo llamo sexo seguro.
Así pues, El Parking Place del Deseo es un buen
ejemplo de talentos impresionantes, pues las imágenes desde el avión
debieron ser tomadas por un profesional, lo mismo que las de los
pasillos del aeropuerto, pero tal repetición cansa, aminora la novedad e
impide centrar la atención en los actores y lo que ocurre.
Recomendaríamos al autor ver Dios es un DJ en el
Teatro Julio Castillo, donde la presencia del video y el uso de imágenes
en vivo, involucrando al respetable, fue encomiable y sirvió, puntual,
al desarrollo dramático de la obra, algo que ya había utilizado [el
video que actúa con los personajes] la Maestra Juliana Faesler en el
caso de Divina Justicia (2005) con Diana Bracho en el video.
De repente esperaba un clímax, una parte que digamos de
cierre, pero la luz de la hecatombe pre-anunciada, no convence ni
muestra Amor, Afecto, Erotismo, ni nada que se le parezca. Ambas
soledades perecen en esta obra que lejos de cuestionar algo es
complaciente con los prejuicios occidentales sobre lo que ocurre en esta
realidad contemporánea. ¿El respetable? Sale de la obra, cuando más, sin
sabor de boca.
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