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c o 43, 44
Recuerdos de la estancia 40
En un
sueño de líquenes y helechos
Pasar los meses de verano en la provincia de Córdoba era para nosotros
como abrir un cuento de los hermanos Grimm y zambullirnos de cabeza en
un sin fin de aventuras en una isla perdida del tesoro.
Partíamos hacia el campo, en la avioneta de tío Alberto, el más joven de
los hermanos de mamá. Siempre con ese espíritu aventurero de eterno boy
niño explorador alpino. Su vida repleta de constantes viajes y
escándalos, era para nosotros un altar de admiración y fascinación.
Partiendo del pequeño aeroparque de Don Torcuato de la ciudad de Buenos
Aires. Volábamos alto, no solamente en el cielo, sino desde ese momento,
en nuestros sueños.
Recuerdo que con mi hermana menor, Marie Madeleine jugábamos al viajero
ejecutivo y a la auxiliar de abordo, sin tener que explicarles por
supuesto quien era el que acababa siempre siendo el cómodo viajero y
quien tendría por el resto del viaje que ocuparse del bienestar de los
pasajeros. Después de un vuelo de casi tres horas descendíamos entre
medio de cerros y montañas para tomar tierra de una manera casi siempre
poca ortodoxa, sobre la pequeña pista de la estancia.
Siempre nos esperaba don Aníbal, con su risa de ensordecedoras
carcajadas que le hacían sacudir esa enorme barriga que aunque cubierta
con el mayor de los esfuerzos por su camisa escocesa, zurcida con un sin
fin de parches multicolores, escapaba en distraída rebeldía, apoyándose
sobre su faja de cuero viejo adornado con monedas de plata.
Una vez subidos al ruidoso y centenario Ford Bigote, que con tanto
orgullo conducía nuestro amigo Aníbal, nos entregábamos de lleno a
nuestro nuevo verano, dejando olvidados en la capital, difíciles
problemas de aritmética y reprimendas de maestras con duras reglas
repletas de exigentes disciplinas.
De la pista al casco, había solamente una media hora, pero el panorama
infinito de sierras y valles transformaban el corto viaje en una siempre
nueva y exótica expedición. Sentados en el asiento de atrás no podíamos
despegar nuestros rostros de las ventanillas empañándolas con nuestro
aliento sediento de aventuras. El monte del casco se veía desde lo alto
del camino, entre curvas sinuosas de tierra, bordeadas por cercos de
pirca de un lado, montañas y cerros del otro.
Al pasar bajo el viejo cartel de la entrada, con un dibujo marcado al
fuego de un martillo que era sostenido por dos altos pilares de piedra,
sabíamos que desde ese instante entrábamos en un mundo de fantasía que
duraría exactamente, tres meses. Bajando en vertiginoso zig-zag por un
suave valle, pasábamos entre toros y vacas que con aire distraído,
levantando sus cabezas, nos dejaban andar sin prestarnos atención,
volviendo a su tranquila rutina de monótono pastoreo. Aunque no siempre
tenían el comportamiento de niñas bonitas, hubo una oportunidad que
llegué a la casa corriendo dando gritos desesperados, perseguido por una
manada de las enojadas bestias. En el mejor estilo Jurassic Park,
perseguido por avestruces prehistóricas o como quieran llamarlas.
A
la izquierda, todo a lo largo del camino se veía ya los bosquecillos que
ocultaban el arroyo que provenía del dique escondido tras los
gigantescos sauces llorones que sacudían sus largas ramas, arrastradas
con melancolía, en saludo a sus huéspedes.
El parque se dividía en tres niveles en terraplén. En el más bajo, se
encontraba un monte de frutales: duraznos, ciruelas, damascos, manzanas.
Frutas que llenarían incontables canastos para acabar siendo almacenados
en frascos de mermelada, sellados para ser consumidos durante todo el
próximo año. Volveríamos con cajones llenos de frescas mermeladas y
jaleas que mamá repartiría entre sus amigas en Buenos Aires.
Seguido por una aromática huerta, repleta de infinidad de hierbas y
verduras, donde entraríamos a hurtadillas durante la hora de la siesta
para comer zanahorias frescas arrancadas de la tierra y frutillas
jugosas que mancharían nuestros jardineros, más de una vez nos
sentaríamos sobre los escalones de la puerta de la cocina con dolor de
estómago por haber comido en forma traviesa y desenfrenada fruta
entibiada por el fuerte sol de las tardes de febrero.
Asomada sobre los girasoles se podía ver la casa. Tan de cuentos de
hadas, totalmente construida con piedras traídas de las sierras. Era
como entrar en una pintura inglesa de fines del siglo diecinueve.
Esa maravillosa casa que me recordaría siempre a la de Hansel y Gretel,
totalmente construida con piedras de los cerros, de diferentes tonos y
colores, dándole un aspecto te torta de chocolate y vainilla. Se elevaba
tan sólida y segura como doña Elisa, nuestra cocinera, que estaría
esperándonos con una variedad de pasteles deliciosos, siempre con su
gesto tan simpático de limpiarse esas manos repletas de algún merengue o
salsa en su enorme delantal. Los techos de la casa, de paja silvestre
caían en romántica danza casi llegando hasta el suelo, formando de esa
manera un verdadero paraíso para cientos de picaflores que elegirían las
escondidas cornisas para refugio de sus delicados nidos. Nos fascinaba
alimentarlos con miel cruda de la provincia de Tucumán. Por años
quedaría marcada en mi memoria la experiencia de alimentar con los dedos
enmelados a esas veloces e inquietas avecillas.
En la tercera terraza por detrás de la casa se asomaba, al pie de un
cerro casi con timidez, la piscina de agua natural. No recuerdo nunca
haberme dado un baño en ella. Primero, creo que por la baja temperatura
del agua fresca de la vertiente, y segundo, siendo mucho más importante,
por el encuentro frente a frente entre mi distraída zambullida y una boa
nadando en su interior.
De haber concursado en algún juego olímpico hubiese, sin lugar a dudas,
ganado la medalla de oro de corrida olímpica. El tramo del agua a la
casa lo realicé en menos de treinta segundos. Disculpen un
momento, si con mis pies levantados me sacudo por un escalofrío, desde
ese día los escamosos reptiles no pasaron a ser parte del listado de mis
mascotas preferidas.
Durante las interminables tardes de verano nos dedicábamos con mi
hermana menor, compañera de infinitas aventuras, a hacer expediciones
por las sierras y a tener largas cabalgatas a pelo. A decir verdad, era
ella, la de a pelo, yo como todo un señorcito inglés prefería la montura
británica - tienen un olor a cuero muy especial - además de prestar al
jinete un aire de dominio señorial, le brinda mas comodidad. ¿Sería
aquello la cuna de un renacimiento de virgen soberbia?
Pasábamos largas horas en un estanque escondido entre la maleza,
buscando berro para comerlo en una ensalada esa noche o tratando
de atrapar pececillos, en realidad sucios renacuajos, en frascos de
vidrio.
Por años, uno de mis lugares predilectos para pasar tiempo descubriendo
mis sueños, era una caverna que había descubierto siguiendo el rumbo de
uno de los arroyos. La entrada no se podía ver desde afuera., uno tenía
que internarse entre la alta maleza para de ese modo descubrir la
entrada a una enorme gruta escondida del tiempo.
Desde el primer día fue mi lugar secreto. Pasaba horas eternas en
éxtasis, pintando sobre mi cuaderno "Dos Banderas" que me había sobrado
del año escolar y lo había llevado para poder dibujar. A veces cuando
podía, sacaba de la mesa de la cocina la pequeña radio portátil de doña
Elisa y me entretenía oyendo las nuevas canciones de Bossa Nova que tan
de moda estaban. Fue en ese santuario donde leí mi primer libro de
literatura americana. "Huckleberry Finn" de Twain, desde esos tempranos
días de mis lecturas, pasó a ser uno de mis grandes íconos en las
manchas de tinta. Nuestra vida sostenida, graciosamente por el mismo
péndulo, el de antes y después. Era relajador pasar el tiempo oyendo el
correr del agua, siempre entonando el mismo tono, la misma alegría, y
cada tanto agregar una nota alta con mis dedos en el agua fría.
Pasando horas enteras con amigos imaginarios, me entretenía juntando
insectos que flotaban en el agua y obtuve mi primera rana trepadora de
árboles. Una simpática ranilla color verde esmeralda a la cual apodé
Ofelia, por la pintura de John Everett -siempre me quedó una impresión
muy fuerte desde que la vi en mi primera ópera en el teatro Colón - que
guardé en mi bolsillo delantero por todo un verano. Una extravagante
variedad de helechos acolchaban mis siestas y ¿porqué ocultarlo ahora
después de tantos años? Mi primer sueño húmedo.
Piedras multicolores de cientos de formas extrañas, terminaban siendo
parte de mi colección arqueológica, imaginándome que encontraba los
restos arquitectónicos de alguna civilización indígena antigua. Lo cual
llegó a ser cierto en una ocasión en que estaba con mi hermana
compitiendo a ver quién aguantaba más la respiración bajo del agua,
cuando mi pie trastabilló contra algo extraño.
De inmediato nos sumergimos ansiosos por el descubrimiento, para
encontrarnos con una vasija de dos manijas en perfecto estado. Recuerdo
su color ocre pardo, tenía dos líneas negras paralelas todo alrededor.
Hasta hoy en día tengo ese recuerdo en la biblioteca de mi casa. Luego
de llevarla a la facultad de antropología supimos que había
pertenecido a la tribu de los araucanos argentinos. Dicen que los
grandes descubrimientos siempre son por casualidad. Particularmente no
creo en ella. Pero allí esta orgullosa junto a mi colección de santos
coloniales peruanos.
Fue en ese rincón de mis recuerdos donde di mi primer beso. Recuerdo que
su nombre era Miríxe. Dos cosas llamaron mi atención; una niña con vello
en las piernas y un nombre tan feo y diferente a los aburridamente
elegantes a que estaba acostumbrado. Años más tarde nombraría a una
tortuga con el mismo; la pobre moriría decapitada por la podadora de
césped en el parque de la estancia. Mi destino era evidentemente seguir
con la lista de los aburridos. Era la hija de una señora que venía a
ayudar con el lavado de la ropa todas las tardes. Fue la primera vez que
en una asombrosa experiencia, después de largas charlas y finalmente
amenazas, le vi la cola a una niña, desde esa época, el mal recuerdo.
Durante dos semanas enteras me dediqué con tiza de colores, a pintar mis
escenas cotidianas de mi vida. Me pregunto si después de todos estos
años seguirán mis primitivos murales - no por lo prehistórico,
evidentemente - dibujados en las paredes de la cueva. Supongo que toda
mi familia, mi perro mis compañeros de colegio y algunos de mis amigos
estarán aún descansando en ese mini paraíso creado por la imaginación de
un niño, reflejando sus días en un agua clara y cristalina con olor a
Universo en descanso.
El último verano que estuve en el Martillo, tenía ya diecisiete años, me
había llevado varias materias en el colegio y tenía que pasarme varias
horas, si no eran todas, estudiando en el pueblo. Volví solamente dos
veces a mi querido escondite, el primer día de mi llegada y la última
tarde antes de mi partida.
Los diseños estaban todavía allí, estáticos, durmiendo en vida,
recordándome, sonriéndome. El agua seguía clara, transparente. De
repente en el fondo un movimiento llamó mi atención, una pequeña rana
color esmeralda se escapaba a la carrera. Sería acaso la nieta de mi
querida Ofelia, quién sabe, quizás una pariente lejana.
Todo me parecía más pequeño, más simple. Algo en el aire se asomó
estático y me habló con en un tono dulce, casi mágico, pintando mi
sombra en mil colores.
Cerrando mis ojos me hallé de nuevo, libre y solitario, jugando a las
escondidas con un niño que no paraba de señalarme con su mano sucia de
barro, invitándome a que lo siguiese a un paraíso ya perdido entre las
nubes de un pasado.
Al abrir mis ojos de nuevamente, me encontré de pie, con el agua hasta
mis rodillas,
... flotando en un sueño de líquenes y helechos...
F.C.S.
Dallas 15 Dic.02
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