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Opinión
del Dr. Antonio Marquet (*) a la nota
Mi
hija merecía morir por enamorarse
Uno no sabe cómo reaccionar cuando se observa la locura colectiva en la
que descansan tales crímenes. Se trata de una sociedad de hombres
ciertamente, machista, pero más allá de eso, es una sociedad en la que
la diferencia no tiene cabida.
El sujeto ha de realizar los valores familiares o pagar con la muerte.
La estructura de poder nunca es cuestionada. Si a alguien se le ocurre
infringirla, es ajusticiado en y por la misma familia, sin necesidad de
que haya juicio. No hay instancia jurídica o religiosa en la que se
pueda argumentar, o defenderse.
Por haber sido vista con el enemigo, matan a una adolescente (Me
pregunto: ¿por qué no se enfrentaron al soldado? ¡Claro! porque el
soldado forma parte de un poderoso ejército: los verdugos son machos, no
tarados; son cobardes, no suicidas). Por si no fuera poco, el padre
asesina con la ayuda de sus hijos y para terminar, la autoridad lo
premia con la libertad y con dinero: que vaya a Jordania para que olvide
el mal rato. Mal haya el padre, mal hayan los hermanos: una familia que
se devora ante el aplauso colectivo.
El padre es depositario de los sagrados valores familiares, valores a
ultranza que no respetan la vida, la diferencia o la forma de pensar.
En tanto que gays hemos padecido la locura de esas familias que no
quieren sino reproducir hasta el final de sus días los mismos rituales
autoritarios. ¿Sentirá culpa por su crimen Alí Abdel-Qader, el
desgraciado “padre”? o ¿como imbécil va a pavonearse con las manos
manchadas en la sociedad? ¿Acaso sentirán remordimiento los hermanos
Abdel-Qader? ¿Cómo van a recordar a su hermana? Y en el futuro: ¿cómo
van a tratar a su esposa o a sus hijas? ¿Sus hijas se sentirán
orgullosas de tener un padre que asesinó a su hermana, un abuelo que
asesinó a su tía?
Sólo hay un grado de alienación mayor a la religión: el honor y esta
clase de familia: que van a cubrir con el silencio la vergüenza familiar
y a rumiar en silencio la sangre que tienen en sus botas, maldiciendo
mil veces a la víctima… no sea que su conciencia los vaya a traicionar.
El gay, la lesbiana, el/la transexual padece las mismas presiones que
llevaron al asesinato en Basora. Si el desenlace no es la muerte, no por
ello la tentativa de asesinato deja de repetirse durante años. Ese
intento es apoyado por la familia sin chistar. ¿Hay algún familiar que
no condene la homosexualidad, que no se avergüence de la diferencia, de
cualquier apartamiento de la heteronormatividad? ¿que no prefiera que se
trague la tierra al diferente? Hay que reformar a golpes o con recetas,
con disciplina severa para producir machos y cabrones, para endurecer al
débil o doblegar a la arrogante, para reproducir el modelo del hombre de
bien, es decir el psicópata útil a la axiología grupal o el monótono
robot servil a los dictados sociales.
Y
luego, hipócritamente, la sociedad se sorprende de la violencia y se
pregunta por sus orígenes, cuando la familia ha inculcado esos valores
sangrientos.
(*) El Dr. Antonio Marquet recibió
el Premio a la Investigación 2007 en la Universidad Autónoma
Metropolitana por su libro "El Crepúsculo de Heterolandia".
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