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Momentos de reflexión y agrdecimiento en el fin de un año intenso

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[10.11.2007]: Momentos de reflexión, diálogo y intercambio global constante: Democracia, Ciudadania, Derechos Humanos, Nuevos libros, obras de teatro y actividades académicas
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Postal de Palestina

para Francisco & José

 

Antonio Marquet / Enkidu Magazine (22/05/2008): En un espectacular descenso sobrevolando el mar hacia tierra firme, el avión ofrece una panorámica de Tel Aviv: altas y modernísimas torres de hoteles elegantes dibujan un sky line perfilado sobre un radiante cielo, único rival de la intensidad del azul mediterráneo. Se adivina una sociedad moderna, con vigoroso empuje vital. El júbilo en el avión es evidente: “¡Hemos llegado a casa!” exclaman los viajeros embarcados en Nueva York. Dan la bienvenida a los turistas afirmando que es un país maravilloso.

 

Inundado por luz natural, el flamante aeropuerto Ben Gurión, amplio, elegante tiende una larga rampa, piedra, cristal y aluminio, que separa la zona de tiendas libres de impuestos de las puertas de desembarque con una perspectiva notablemente limpia. El punto de reunión, en torno al cual las tiendas abren sus puertas, ostenta una gran fuente que de manera intermitente deja caer agua de una altura de por lo menos quince metros. La amable sonrisa de jóvenes rubias acoge a los extranjeros en inmigración.

 

En la multitud, inmediatamente se percibe que Israel es un país cosmopolita. Se escucha una gran variedad de lenguas y todas ellas son suyas a pleno título: muchos acentos del español se dan cita en Israel.

 

Si bien es cierto que en tierra santa son muy evidentes los rostros de ancianos, con largas barbas canosas, algunos vestidos con atuendos tradicionales, la verdad es que la juventud y los niños son numerosos. Los jóvenes israelíes deambulan despreocupados por las calles de Tel Aviv. Pasean al perro, van con su novia, beben una limonada en los numerosos cafés al aire libre… no son pocos los que topan con esta primera visión inesperada de Israel. Hay una atmósfera, al menos aparente, de relajación, de tranquilidad en esta urbe moderna. La gente quiere disfrutar de un clima perfecto, de un sol radiante y del viernes.

 

A primera vista, no descubro palestinos. Al pasear por el dédalo de las calles del centro de Tel Aviv, percibo a un vendedor que se acerca a ofrecer un auto de madera. Nadie lo compra. Su presencia es discreta; su hablar, bajo. No tiene otra posibilidad que ofrecer su mercancía en esas calles de un barrio de galerías. La amabilidad reinante, se convierte en frialdad a su paso. Después observaré deprimida, abrumada la figura de los palestinos. Y al mismo tiempo, que su presencia es permanente y ritma la vida cotidiana: la primera llamada a la oración difundida por el altavoz del almuecín desde incontables minaretes, anuncia que son las cinco de la mañana. La convocatoria se divulga cinco veces al día, hasta caer el sol.

 

No tenía idea de Israel. Imaginaba desconfianza, una gran tensión y tristeza en un país en guerra. Sin duda, el rostro de la guerra es diferente si uno se encuentra en los países que han hecho de la victoria un hábito, como Estados Unidos e Israel. Las hostilidades se desarrollan en otros frentes, lejanos de las capitales vencedoras, donde no se halla el rostro de la bonanza y la tranquilidad precisamente. No es en Polanco o en Santa Fe donde uno siente la tensión social que prevalece en México.

 

En Israel aparecen estrategias de sociedades que pueden ofrecer una promesa de futuro para un grupo criollo (rubio, ambicioso, educado, venido de Europa, que ha hecho de la religión una forma de política, dueño absoluto de la justicia, del gobierno, del poder…) al mismo tiempo que margina a la población nativa (morena, rural, tradicional, religiosa, sin acceso a la justicia, ajena a Occidente y que siempre ha vivido en cautiverio, sometida). Tal es el modelo de nuestra sociedad mexicana polarizada.

 

Ciertamente muy, pero muy atenuado porque ni nuestra ultra-arropada burguesía ha logrado algo que pueda distante, pálidamente compararse a lo que se llama el milagro israelí, ni la marginación ha llegado al extremo de encerrar a quienes considera y trata como parias tras kilómetros de muros. Aquí las murallas no son de concreto, pero están edificadas con un no menos ostensible racismo y desprecio clasista.

 

Es indudable que la innovación tecnológica es asunto de vida o muerte para el Estado de Israel. Se antoja pensar que en otros países uno podría dudar en actualizar o no hacerlo; en Israel es preciso mantenerse a la vanguardia de la tecnología de punta en la industria militar, seguridad, telecomunicaciones; desarrollar la infraestructura carretera, la geografía, la topografía y la hidrología; impulsar el urbanismo, la jardinería, la arquitectura de paisajes, la agricultura, la arqueología, la restauración, la museografía… (No menciono los mass media confiados a la comunidad judía en Europa y Estados Unidos.) Todo tiene un mismo fin: la seguridad del estado de Israel, sinónimo del imperativo categórico de supervivencia ante la brutalidad de la reciente experiencia del Holocausto. En el fondo también es una demostración de su convicción de ser un pueblo elegido: ¿cómo podrían afirmarlo si vivieran en el retraso y la miseria?

 

Algunas carreteras, como la 343 y la 6, están construidas sobre territorios ocupados. Corren de norte a sur por Palestina, aunque su uso casi está vedado a los palestinos. A pesar del tránsito intenso, y de que conecta a 115 asentamientos judíos nuevos, sería ilusorio pensar que el objetivo principal de estas vías de comunicación es civil. La construcción de esta red significa la apropiación de territorio palestino que nunca más será devuelto: Israel alegaría razones estratégicas de seguridad. Secundariamente su diseño y construcción ha logrado dividir y aislar aún más a las comunidades palestinas, muchas de las cuales quedaron separadas con su trazo. Las carreteras aseguran el flujo militar, permiten la intervención inmediata en cualquier lugar de Israel o en estados vecinos como lo demostró la reciente guerra de Líbano. Perfectamente iluminadas por la noche (excepto en las inmediaciones de una prisión, por obvias razones), son carreteras a cuyos costados corren casi siempre bardas, muros, mallas: ya no son alambrados de púas de los campos de concentración. A lo largo de su curso, se multiplican los caminos que han sido bloqueados con grandes piedras: son los que utilizan los palestinos a quienes, en el mejor de los casos, se les permite pasar por debajo de la carretera, como una forma nada sutil de sometimiento, de inferiorización. En las inmediaciones de los caminos asfaltados, abundan antenas, torres de vigilancia armadas con tecnología de punta, patentadas por Israel y vendidas, por ejemplo, a Estados Unidos, con lo cual el pueblo de México queda hermanado con los palestinos. Es el otro temido que debe ser mantenido a distancia, en el limbo de una ilegalidad que produce gran rentabilidad.

 

No son de alta seguridad, porque no hay baja seguridad, pero los elevados muros de las prisiones fueron armados con bloques preconstruidos. Por una extraña coincidencia, esos inexpugnables e inescalables bloques de la prisión son los mismos con los que se ha amurallado muchas poblaciones (nuevamente utilizando y fragmentando los territorios palestinos). Sería absurdo pensar que hubo alguna consulta para hacerlo. ¿Qué hace la comunidad internacional para detener esa vergüenza? En algunos sitios, uno tiene la impresión de que si extiende los brazos podría tocar tanto el muro y la barda de la casa que ha quedado asfixiada por tres de sus costados en un cul de sac tan inesperado como pronta y eficientemente edificado.

 

Las murallas son un tema histórico de aquellos lugares. Muchas de las ciudades de Israel están amuralladas desde tiempo inmemorial. En la misma Jerusalén hay un paseo por las murallas. La antigüedad ofrece la leyenda del derrumbe de los muros de Jericó. El mismo Muro de los lamentos, el West Wall, parece muralla. Antiguas murallas de piedra, bardas metálicas, mallas ciclónicas… no hay límite para la labor de cerco y bardeo.

 

En algunos casos hay una doble muralla de contención. Los topes en los check points son también dobles, dotados además de una hilera de agudos colmillos de hierro que amenazan a los neumáticos, dejando metros entre uno y otro para evitar que cualquiera intente pasar a gran velocidad.

 

También se pueden encontrar vehículos militares, murallas móviles, atravesados en la carretera. Sin duda un proyecto fotográfico podría desplegar la variedad de muros de seguridad, de exclusión, de asfixia, de humillación… Su gran número revela que la seguridad es una meta inalcanzable, irrealizable a pesar de la tecnología y de los miles de millones de dólares invertidos en el cerco de lo derechos humanos. Justamente llegó desde Palestina el proyecto de Estados Unidos de consolidar con concreto el Muro de la vergüenza en América: tras las cuestiones de seguridad, en realidad disuasión a la retaliación, resulta inútil el intento de ocultar el racismo. La libre circulación está reservada para las mercancías y el dinero; no para el ser humano.

 

Al visitar Belén, resulta obsceno pretender ocultar el muro, que ha sido cubierto con una enorme manta que desea shalom al visitante en diferentes idiomas. Del otro lado, proliferan los graffiti en diversas lenguas, aunque predomina el inglés. Los autobuses de las compañías israelíes de turismo pasan con facilidad. No los autos cuyos ocupantes tienen que mostrar pasaportes, ni los transeúntes, sujetos a mayor control: nada nuevo para un mexicano que debe ser fichado para internarse en territorio de Estados Unidos, excepto que en este caso son jóvenes militares, con el pantalón a media cadera, que pueden disparar. Los grafitos expresan la indignación de muchos ciudadanos del mundo que han venido hasta estos muros para imprimir su solidaridad. En la primavera del 2008, se despliegan retratos, de hombres y mujeres, de varios metros, pegados a los diez metros de gris concreto (un color ajeno al cromatismo azul y ocre que predomina en tierra santa). Todos tienen ojos desorbitados, abiertos como platos. Exigen al transeúnte que abra de una buena vez los ojos ante esa realidad amurallada.

 

El estilo de las pintas, adopta la pregunta: “¿Por qué está aquí todavía este pedazo de mierda gris?” “¿Dónde está la paz que falta?” A Israel le cuestionan si “¿te has convertido en el mal que tanto deploras?” O pasan a las instrucciones: “Coloque aquí una bomba”; “Texas: ¡vete al carajo!” con la efigie de Bush. Uno de los que más me gustaron es el casticísimo: ¡Que lo tiren [el muro], coño! No podrían faltar las proclamas: “Abajo la ocupación” , “Olvida que naciste libre. Es mejor vivir de pie que cavar de rodillas”; “Cuando la libertad está fuera de la ley, sólo los que están fuera de la ley son libres.” “Existir es resistir”, “Viva Palestina libre; abajo el muro fascista”. Tampoco falta la rima: “Andalucía con Palestina”, bajo la bandera del triángulo rojo. Otros grafitos cobran relevancia por estar en Belén: “Jesús te ama”; “Dios no es sólo cristiano” se despliega bajo un árbol de Navidad lleno de regalos, perfectamente cercado por el muro. Otro dice “Sólo Dios puede juzgar, nadie más”: Espero que esto no sea así. A Israel le recuerdan que el séptimo mandamiento es no robarás. Otra pinta exige el derecho al regreso para los palestinos de la diáspora. Otros son más radicales “A la chingada con Israel”. Las capas de pintas en ocasiones hacen ilegible el texto: “Quizá en una semana, quizá en más tiempo. Ellos tienen las armas, pero nosotros tenemos [es ilegible]. Otros se deciden por el juego de palabras: “Guns and Moses” o el “No justice; not peace”, “No habrá paz sin justicia”. Cabe destacar el indispensable “Ich bin ein Berliner”, que recuerda la olvidada vocación norteamericana de derribar muros, ¿o era pura finta? Otro es más claro: “Atención, Atención, El redoble de nuestro tambor resuena a través de este muro de Apartheid”: lamentablemente se trata de tambores de guerra. Cada uno de los bloques de concreto ostenta un grafito que reza “made in USA”.

 

No es fácil visitar Palestina. Lo impide la cantidad de check points israelíes que se despliegan a todo lo largo del territorio de Palestina e Israel. Por si no fuera poco, los agentes de inmigración están pendientes de que no salga información sobre Palestina y de que el interesado en esta guerra fratricida no cuente con facilidades de circulación. A la salida de Israel, hay que responder sobre hoteles, lugares de permanencia, itinerarios.

 

Además de que una vez en Palestina es preciso tener información para dirigirse a los sitios adecuados, en mi caso, los numerosos Muros de la vergüenza de Medio Oriente que no están señalados en ninguna guía turística. Viviendo en Beit Hanina, pueblo palestino, era inútil pensar que un taxi pudiera llevarme desde Jerusalén (el trayecto equivaldría a ir del Zócalo a la Santa María).

 

Parecería que el mismo concepto de tierra santa promoviera, no solo ahora sino a lo largo de la historia, la tensión, la diáspora, la exclusión, el ghetto, la guerra, la humillación. En la antigüedad fueron los judíos; ahora toca el turno a los palestinos: este año se cumple el sesenta aniversario de la ocupación israelí de un pueblo que no ha conocido sino la dominación extranjera: inglesa, turca…; el Estado de Israel celebra el 14 de mayo la independencia. Sin armas y abandonados por la comunidad internacional, los palestinos apuestan por la paciencia; por el crecimiento de la población.

 

Ahmed dice que los judíos permanecen poco tiempo en Israel, vienen y luego se van; tienen dos hijos. Los palestinos tienen más de cuatro hijos y están aferrados a su tierra. No son pocos quienes logran establecerse en Europa o en Estados Unidos: a pesar de la opresión en la que vivieron en Palestina, regresan porque tienen a su familia. Para mi sorpresa, un chofer palestino me propone que me retire a Palestina, ¡como si fuera un país barato!, ¡como si en ella reinara la paz y la tranquilidad! como si uno pudiera “retirarse” al infierno, a la guerra, a la opresión. Vaya propuesta descabellada que sin embargo es conmovedora: revela la fidelidad y el amor por su tierra.

 

En la boda de Rayai (quien resultó con fracturas múltiples en piernas y espalda durante la Intifada), habrá seiscientos invitados: ¡trescientos constituyen su familia! (debo suponer que otros tantos pertenecen a la familia de la novia). Sin duda se trata de todo el clan, indispensable para testificar la unión. Es imposible pensar en una boda íntima: la vida se desarrolla ante los ojos de la comunidad, pensada como familia. ¿Cuánto cuesta una ceremonia de esta naturaleza? Al pensar en costos no me refiero a la cifra, sino al esfuerzo individual y familiar, en la imprescindible solidaridad del clan, para organizar esa unión en las actuales condiciones económicas (un burócrata gana cuatrocientos dólares). Personalmente siento horror por esta vida atrapada ante los ojos de la comunidad. ¿Dónde queda la libertad individual, la libertad de cambio, las posibilidades de partir?

 

En tanto que tierra santa, muchos de los viajeros se transforman en peregrinos. Judíos y cristianos van a visitar los lugares santos. No son raros los grupos de cristianos guiados por su párroco ni pocos quienes rezan en cada uno de los lugares santos. Dotados de un objetivo religioso, se concentran en sus devociones; su celo los puede transformar en un peligro para todo aquel que se interponga entre ellos y la cuna o la tumba del salvador. No tienen ni tiempo ni interés por mirar lo que sucede a su alrededor. Van movidos por un interés personal, rezan por sí mismos y sus familias. Seguramente no quieren agotar la misericordia divina en algo tan abstracto e improbable como la justicia social (a la iglesia tampoco le interesa; prefiere las millonarias limosnas estatales para construir magníficos santuarios para un pueblo miserable, con en Jalisco). Los palestinos no tienen posibilidad de moverse libremente, de tal manera que los nativos de Cisjordania tienen vedado el acceso a la mezquita de la roca y por lo tanto la vasta explanada, tras de las murallas que la protegen y la asfixian, queda semi-vacía, incluso los viernes.

 

Se antoja preguntar al ver tantas muestras de fe y de oración y el hermetismo grupal que se deriva de ello (al grado que en el santo sepulcro ha quedado fragmentado entre ortodoxos, armenios…) si no perteneces a mi fe ¿qué eres? Digo qué, en lugar de quién porque la humanidad está reservada a quienes comparten mi fe… ¿Dónde ha quedado el estado laico? ¿Es una fantasía que duró apenas un par de siglos o es un logro de la libertad y la inteligencia que merece ser reivindicado? Siendo la verdad religiosa revelada por un dios de infinita sabiduría, y por lo tanto eterna, la democracia es ajena al estado confesional: no hay posibilidad de construcción colectiva, el sujeto debe someterse a la dizque “ley natural” y a quien está autorizado para su interpretación sea imán, sacerdote o rabino, burócratas entrenados en las escrituras sagradas, no en derechos humanos, la ciencia o la sociología, son peritos en la administración de paraísos que superarían, o por lo menos anestesian el hiriente aguijón de la necesidad, la decadencia del cuerpo, la angustia y la ansiedad, toda clase de temores e inseguridades, la exclusión, las hostilidades, el racismo… Paralelamente, si no perteneces a: el partido, el sindicato, el equipo, la clase, la raza ¿qué diablos eres?

 

Ante el Muro de los lamentos, perfectamente iluminado, la figura de los hombres vestidos de negro y con camisa blanca, se recorta en el color marfil de la piedra, aunque es posible observar a mujeres a la derecha y a jóvenes militares vestidos de verde, con el pantalón a media cadera, que vienen a rezar a cualquier hora del día pero principalmente al caer la tarde y en Sabbat. Los judíos permiten que cualquiera se acerque al muro de los lamentos; los musulmanes restringen la entrada a la mezquita.

 

Algo que quería hacer en la vida, era tocar el Muro de los lamentos. Estar frente a ese Muro, ante esas piedras que han servido de brújula a tantos que han conocido la mayor desgracia, soledad, injusticia, despojo, amargura, humillación, miedo, dolor, angustia, derrelicción…

 

Más que los lugares santos cristianos me interesaba el Muro de los lamentos. He de confesar que me daba vergüenza preguntar por él: no saber dónde estaba algo tan grande. No lo hice. Me eché a andar siguiendo a los asideos que caminaban al caer el sol. Lo que ignoraba es que seguía a quienes regresaban a sus casas después de haber orado frente al Muro. Así es que caminé hasta el barrio ortodoxo y en un momento dado tuve que decidir simplemente regresar. Estaba muerto de cansancio y perdido. Sin embargo, esa misma noche llegué al Muro de los lamentos, que se encontraba en dirección opuesta.

 

¿Se puede hacer un muro con lamentos? ¿Los lamentos pueden petrificarse? Frente al Muro uno sabe que sí. Que cada una de las penas que se ha llevado hasta ese Muro, se ha petrificado. Seguramente son las mismas desde siempre, invariables, irresolubles, insatisfactibles, in-algo ¿qué más da? Lo importante es que el hombre que llega allí sabe, en medio de lo más profundo de su pena, que hay un sitio a donde puede dirigirse; sabe que, por más desahuciado y desesperado que esté, todavía queda algo. Al llegar se concentra y habla frente al Muro. Al retirarse, ha orado, pedido, negociado, prometido, llorado; quizá se ha resignado… ¡hizo algo frente a la agonía! Lo más terrible es no poder hacer nada, estar a la espera, sentado con las manos vacías y el alma exhausta.

 

Me conforta el carácter radical, extremado de ese sitio: sólo está el hombre (solo) y el muro, enorme, inmenso. No hay más nada. Es preciso estar de pie allí, sentirse infinitamente pequeño ante esa inmensidad, ante una altura que ninguna regla puede medir. Hay que tocarlo y apoyarse en él; sentir con las palmas de la mano su consistencia rugosa, fuerte, sólida, eterna. Aunque no seas judío, hay que estar de pie en el Muro que nada ha podido derribar a través de los siglos. Por lo menos una vez en la vida.

 

Entre los resquicios de las piedras del Muro crecen hierbas que han echado sus raíces, tan pertinaces como el mismo hombre que ha fijado allí sus propias raíces, es decir, sus penas, sus lamentaciones.
 
¿Qué habrá oído ese Muro?

 

La iluminación significa seguridad. Por ello, las calles, los pasajes subterráneos, las supercarreteras están perfectamente alumbradas, con mucho más postes de los que existen en las avenidas principales de México. Uno puede caminar solo por cualquier lugar de Israel o Palestina y se siente seguro (un dato gracioso: la policía palestina no puede detener a nadie, esto es privilegio de los israelíes y el origen de las conocidas violaciones a los derechos humanos). Sin embargo, no es posible circular libremente por Israel-Palestina.

 

Un par de afirmaciones tajantes llamaron mi atención: “Los romanos crucificaron a Cristo”; “Los palestinos vienen del Mediterráneo”. En el Museo de la Ciudadela del rey David -que se encuentra a la derecha de la Puerta de Jaffa-, escuché la primera declaración que pone el dedo sobre la llaga de las milenarias persecuciones “cristianas” (mejor purificarlos por el fuego a que se condenen eternamente [¡sic!]). Hizo la segunda afirmación la guía en el Museo de las tierras santas, enfrente del Museo de Israel. Las versiones judías pintan una visión diferente en función del posicionamiento político del Estado moderno de Israel.

 

Se puede acceder a la puerta de Jaffa (donde comienza la Vía dolorosa, sitio privilegiado para los turistas cristianos), por un elegantísimo pasaje comercial recién inaugurado que conecta a la antigua ciudad, con la ciudad vieja, en la zona donde se encuentran los más exclusivos hoteles. En tal puerta, uno de los principales accesos a Jerusalén, cotidianamente cambian las banderas albiazules que ondean con pulcritud: sintomáticamente los operarios palestinos se rehúsan ostensiblemente a ser fotografiados en tal acción. La vía dolorosa va desde la iglesia de la anunciación hasta el santo sepulcro pasando por las tres caídas de cristo, el episodio de la Verónica… las estrechas callejuelas serpentean, suben y bajan. Uno puede topar con peregrinos que cargan una cruz ligera a varias manos, o con los comercios que ofrecen desde souvenirs hasta tapetes, desde frutas y verduras hasta dulces, café o te, ropa o zapatos. Se trata de un verdadero suq oriental donde sería absurdo pagar incluso un tercio de la cantidad exigida de entrada. Los comerciantes difícilmente dejarán escapar a un cliente sin que haya comprado algo. Comienzan lastimeramente pidiendo una oportunidad que pronto cambia por un tono de marcada imposición.

 

No puedo borrar de la mente el testimonio de un hombre que padeció los horrores del campo de concentración: se siente culpable porque a su lado cayó su padre. Estaba enfermo de tifo y se desmayó de debilidad. El hijo, un niño en aquélla época, permaneció formado, no acudió en su ayuda: eso hubiera significado su muerte. Los soldados hubieran disparado. Como adulto ha vivido con la conciencia de que no pudo cumplir con el mínimo deber filial (¿qué ley o norma puede entonces respetar?). Tenía que salvarse y lo logró pero ¿cuánto le ha costado? Y aunque vive ¿se salvó “realmente” para vivir en el infierno de su conciencia?

 

También afirma que decidió que nunca volvería a actuar moralmente cuando su padre estaba enfermo en la cama... tenía bajo su almohada un pedazo de pan. No se atrevió a comérselo aunque tenía mucha hambre. Luego, cuando se llevaron el cadáver de su padre, regresó a buscar la rebanada de pan pero ya no estaba. En lugar de estar sumido en el duelo, le dio coraje no haber comido, y por ello dice que nunca vuelve a pensar moralmente, es decir en lo que se debe hacer. Lo primero sería mitigar el hambre. El monitor del Museo repite una y otra vez el testimonio de medio siglo con un sentimiento de culpa tal que niega la posibilidad de la ética, con el argumento de que vivimos bajo el imperio de la necesidad. La moral sería un lujo, lleva al sujeto a privarse de satisfacer esa hambre lacerante, interminable, sin que ello aporte satisfacción. El hombre vive entre la vergüenza y la culpa, abrumado por la necesidad y el deber imposible de cumplir. Quizá por ello haya exhibido su testimonio, para publicitar su deshonor, denunciándose ante todos los que se detienen a escucharlo.

 

Estos testimonios, junto con otros muchos, todos ellos devastadores, se encuentran en el Museo del Holocausto, a lo largo de diferentes salas en donde se aborda desde los orígenes, es decir el ascenso de Hitler al poder, hasta el momento de la liberación de los judíos, cómo los encontraron los aliados en los campos. Lo peor, si acaso hay grados en el horror, fue en Lituania, Latvia, Bielorrusia, donde los obligaron cavar fosas, desnudarse para luego dispararles. Estremece el testimonio de un par de niños que se salvaron, sepultados bajos los cadáveres de sus familias. Después una sala especial está dedicada a cómo algunos judíos lucharon en la resistencia en diferentes países, lo cual cambia totalmente el espectro emotivo.

 

Los museos almacenan la hacienda cultural, el del Holocausto atesora el horror: ¿Cuánto daño puede causar el hombre a su semejante? Afortunadamente el lenguaje de la arquitectura de Yad Vashem ofrece esperanza. Al final del brutal espectáculo de las sevicias padecidas, el visitante llega a una ventana que se abre a un horizonte verde, con el rumor de un bosque coronado de un cielo azul impecable. La terraza brinda un majestuoso panorama: el espectador puede ahora respirar, llenar sus pulmones, liberarse de una opresión desoladora: tal es la gramática arquitectónica que ideó el arquitecto Moshe Safdie.

 

En este mismo marco de horror, hay dos exposiciones en el Museo de Israel: “Arte huérfano” con piezas que restituyó Francia a sus legítimos propietarios judíos y “En busca de dueño”, con piezas de cuyos dueños aún no se sabe nada. A pesar de los esfuerzos, resulta imposible conocer la cifra de arte robada por los nazis; la cantidad de piezas destruidas durante bombardeos…

 

A una hora de Jerusalén se yergue Masada, fortaleza en donde el suicidio colectivo impidió que cayeran en manos de los Romanos. El episodio que tuvo lugar en la cima de una colina, desde donde se otea el desierto, el Mar muerto y Jordania, remodela la memoria colectiva.

 

Imposible no reprobar semejante barbarie genocida con el mismo vigor con que se denuncia la “política” de la extrema derecha hacia los palestinos.


amarquet
 

 

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