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BOGOTA, 03/10/2009 (Humberto Robles): Antes que nada, quiero agradecer a
quienes hicieron posible que hoy esté con ustedes en la Cumbre
Mundial de la Paz. Soy Humberto Robles, dramaturgo y colaborador con
varias organizaciones de derechos humanos, entre ellas Nuestras Hijas
de Regreso a Casa, ONG de familiares y amigos que lucha por
denunciar, prevenir y erradicar los crímenes de niñas y mujeres en
Ciudad Juárez. Comenzaré
leyendo un fragmento de un poema de la poeta chiapaneca Rosario
Castellanos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que
amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja
abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
Hasta que la justicia se siente entre
nosotros.”
Ciudad Juárez se encuentra
enclavada en una zona desértica, al borde del Río Bravo, en la frontera
que separa a México de Estados Unidos. Tiene una población de alrededor
de 1, 300,000 habitantes; es la ciudad más poblada de Chihuahua, el
estado más grande del país, y este año el Consejo Ciudadano para la
Seguridad Pública la declaró la urbe más violenta del mundo.
Es aquí donde desde hace más
de 16 años se ha venido ejecutando una serie de asesinatos a niñas y
mujeres de edades que oscilan entre los cinco y los 35 años.
Desde 1993 a la fecha, según
reportes de diversas organizaciones, se han cometido más de de 576
crímenes de mujeres en Ciudad Juárez y en la ciudad de Chihuahua, y hay
aproximadamente 600 desparecidas.
En lo que va del año 2009,
se han encontrado 88 cuerpos sin vida, y se ha reportado la desaparición
de varias jovencitas, con una edad promedio de 17 años.
Las víctimas son mujeres de
escasos recursos, obreras, empleadas de maquiladoras (empresas
ensambladoras transnacionales que importan materiales sin pagar
aranceles), son estudiantes, migrantes de otros estados que van a
Ciudad Juárez “buscando una vida mejor”.
Son en su mayoría jóvenes,
bonitas, pobres, morenas, de cabellos y ojos negros. Muchas son madres
solteras o con hijos que mantener. Ellas suelen ser secuestradas,
torturadas durante varios días, golpeadas, violadas tumultuariamente,
mutiladas partes de su cuerpo y finalmente asesinadas, ya sea amarradas
con alambre de púas hasta desangrarse, estranguladas, apuñaladas o
quemadas.
Muchos de los cadáveres
muestran los pezones arrancados por dientes humanos, la piel con huellas
de quemaduras de cigarros, la carne mordisqueada, violencia sexual
extrema y señales de prolongados tormentos.
Irónicamente, Ciudad Juárez
fue llamada alguna vez “la mejor frontera de México” ya que, a raíz del
Tratado de Libre Comercio entre México, Canadá y Estados Unidos, en esta
ciudad, así como a lo largo de la frontera, se instalaron las
maquiladoras. A este fenómeno, digno
de las peores películas de terror, se le ha catalogado como
feminicidio: el asesinato brutal y sistemático de mujeres.
No hablamos de violencia
doméstica, que también la hay. En este caso se trata de una serie de
asesinatos perfectamente planeados, organizados y sistematizados que han
alarmado y llamado la atención de importantes investigadores del FBI,
de periodistas, de defensores de derechos humanos y de organizaciones
internacionales como Amnistía Internacional, entre otras.
Después del crimen, las
siguientes víctimas son las madres y familiares de estas niñas y mujeres
masacradas. Ellos encuentran el cuerpo sin vida de su hija, madre,
novia, esposa, prima o hermana, abandonado en un lote baldío o apenas
cubierto por las arenas del desierto, descubriendo así la forma brutal
en la que murió la joven, e imaginándose todo lo que habrá sufrido. Cabe
mencionar que invariablemente, los cuerpos han sido encontrados por
gente que pasaba por ahí, jamás por elementos policiacos.
En muchos casos, las
víctimas son reconocidas sólo por sus ropas, por la dentadura o por
alguna seña particular, ya que el resto del cuerpo se encuentra
irreconocible. Por otro lado, las otras víctimas de las que poco se
habla, son las huérfanas y huérfanos de estas mujeres asesinadas.
Como si este dolor no fuera
suficiente, las familias deben enfrentar la total ineficacia,
ineficiencia, negligencia e insensibilidad de la policía, de las
autoridades locales, de los gobernadores del estado y de los propios
presidentes de México.
Porque desde hace 16 años
las autoridades competentes (a las que habría que llamarlas
“incompetentes”), junto con los medios de información (a los que habría
que llamarlos de “desinformación”), se han dedicado a desprestigiar a
las víctimas acusándolas de ser prostitutas, drogadictas, personas sin
valores, mujeres que salen de sus casas a buscar el peligro. Este no es
el caso, pero si lo fuera, no habría nada que justificara la tortura, la
violación y el asesinato de prostitutas, drogadictas o mujeres así.
Constantemente el gobierno
minimiza las cifras de los crímenes. Los gobernadores del estado y los
presidentes del país hacen caso omiso de las recomendaciones
internacionales. Tampoco prestan oídos a los reclamos de justicia de las
madres, familiares y organizaciones de derechos humanos. Los
procuradores de justicia, así como los y las fiscales especiales pierden
o desaparecen pruebas de vital importancia como la ropa de las víctimas
en las que se encuentran muestras de sangre, cabellos o semen.
Para colmo, los medios de
comunicación y los empresarios locales acusan a aquellos que claman
justicia (a las madres y a las organizaciones) de “vende-patrias” y “de
ensuciar el buen nombre de Ciudad Juárez”. Esto se suma a intimidaciones
y otras amenazas a quienes reclaman justicia. Todas y todos los que nos
hemos participado, solidarizado y comprometido con esta causa hemos
recibido desde pequeños “sustos”… hasta persecuciones, disparos e
incluso amenazas de muerte.
Por su parte, el gobierno,
lejos de investigar, juzgar o castigar a los responsables de estas
irregularidades, los premia. Por ejemplo, al ex gobernador del estado de
Chihuahua, Francisco Barrio Terrazas, a quien, durante su gestión se le
acusa de una actitud misógina y de denigrar a las mujeres juarenses
justificando sus asesinatos con argumentos tales como que “las mujeres
son responsables por vestir minifaldas”, “por salir a altas horas de la
noche”, acusarlas de vivir una doble vida, y declarar que el número de
mujeres asesinadas "es normal", minimizando las tragedias, en abril de
este año se le nombró embajador en Canadá.
Otro caso para documentar la
historia de la ignominia: en marzo de 2005, mientras Marisela Ortiz
Rivera, co-fundadora y co-presidenta de Nuestras Hijas de Regreso a
Casa, daba una conferencia sobre los asesinatos y desapariciones de
mujeres en Ciudad Juárez, el ombudsman mexicano José Luis Soberanes
acaparó la atención de todos… ¿Por qué? Porque se durmió durante la
conferencia.
Otro ejemplo indignante es
el de Arturo Chávez Chávez, quien, sin importar el rechazo y la
oposición de la sociedad civil y las organizaciones de derechos humanos,
la semana pasada fue ratificado como procurador general de la República.
Las investigaciones hechas
por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, Human Rights Watch y
Amnistía Internacional sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad
Juárez coinciden en que Arturo Chávez Chávez, siendo procurador de
justicia de Chihuahua, cometió graves irregularidades durante las
indagatorias en los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, pues hubo
retrasos en la búsqueda de las mujeres que eran reportadas como
desaparecidas, hubo deficiencias en la integración de las averiguaciones
previas y no se ejecutaron órdenes de aprehensión contra presuntos
responsables. Por ejemplo, él expresó que las mujeres eran culpables de
sus propios crímenes por vestir ropas provocativas. Debido a lo
anterior, es inaceptable e indignante que Felipe Calderón y el senado de
la república hayan entregado la procuraduría a un enemigo de la
justicia.
Hasta
la fecha y a más de 16 años de asesinatos, no se ha resuelto
satisfactoriamente ni uno de los más de 576 crímenes de mujeres en
Ciudad Juárez. Ni uno. La mayoría de las personas que están en la cárcel
acusadas por estos crímenes son chivos expiatorios; con amenazas y bajo
torturas fueron obligados a firmar sus declaraciones inculpatorias.
Algo
que enturbia aún más el tema del feminicidio en México y que genera
graves sospechas es que los casos de las mujeres asesinadas no se han
atraído al fuero federal (esto es, dejar que sea un problema local para
convertirse en un problema nacional), porque el gobierno arguye,
falseando como siempre las cifras, que “sólo se trata de unos 300
asesinatos”.
Entonces nos preguntamos, ¿cuántas muertes necesitará el gobierno
mexicano para atraer estos casos y declarar zona de desastre humano a
Ciudad Juárez? ¿Cuántas mujeres más deberán ser masacradas para que se
tomen cartas en el asunto? ¿No basta una sola mujer asesinada para
actuar? La barbarie parece no tener límites: las niñas Brenda Berenice
Delgado Rodríguez de 5 años, Airis Estrella Enríquez de 7 años y Anahí
Orozco de 10 años, fueron atacadas sexualmente, torturadas y asesinadas.
¿No existe alguien en el gobierno mexicano que se conmueva y decida
hacer algo para prevenir y acabar con esta guerra de baja intensidad
contra las niñas y las mujeres? Parece que la respuesta es simple y
llana: no.
Tampoco
a las maquiladoras que emplean a estas mujeres les importan la vida de
estas obreras pobres. Deberían, pero no hacen nada. Si matan a una,
afuera de la fábrica hay una fila de ciento de mujeres esperando
conseguir trabajo.
Por
otro lado, para seguir documentando la infamia: el Código penal de
Chihuahua determina que el violador de una mujer "recibirá una pena de
tres a nueve años de prisión". En cambio, para los ladrones de
ganado, el Código Penal prevé una pena de seis a cuarenta años de
cárcel. Queda claro que en Chihuahua vale más una vaca que una mujer.
Ahora,
las hipótesis que se manejan con respecto a quiénes son los probables
asesinos son muy variadas, pero alunas son las siguientes:
La
realización de películas de cine snuff. Estas cintas son
grabaciones de asesinatos reales; la finalidad es registrar estas
atrocidades y posteriormente distribuirlas comercialmente como macabro
“entretenimiento”.
Otra
hipótesis es: Traer el pezón de una mujer, violarla o asesinarla puede
ser prueba suficiente de valor y virilidad para los nuevos integrantes
de pandillas o de bandas de narcotraficantes que abundan en el país.
Se
habla también de ritos satánicos, y de fiestas, que son orgías, de ricos
empresarios y gente vinculada a los gobiernos locales y federales donde
se viola a jovencitas y se les sacrifica.
Sin
embargo, aunque no sepamos quiénes son los asesinos y cuál es su
verdadero móvil, lo que sí sabemos es que la policía, las autoridades y
los gobiernos estatal y federal no hacen nada para prevenir, investigar
y erradicar esta violencia de género. La impunidad en torno a estos
asesinatos sólo da pie a que sigan cometiéndose. Porque la ecuación es
elemental: la impunidad genera más crímenes.
Esto
nos lleva a preguntarnos: ¿A quién encubren los gobiernos mexicanos? ¿A
quiénes protegen? ¿Qué ganancias y beneficios obtienen de estos
asesinatos? Porque al entorpecer las investigaciones e impedir la
justicia surgen, entre otras, estas interrogantes. Así que
definitivamente el gobierno mexicano es cómplice, por omisión,
encubrimiento y negligencia, de los asesinos.
Alarmantemente estos
crímenes contra las mujeres se han ido extendiendo a otros estados del
país.
En el estado de Morelos, en
sólo un año se reportaron 84 feminicidios.
En el estado de Sinaloa, en
lo que va del año 2009, se han registrado 31 asesinatos.
En el Estado de México, en
los recientes 4 años, han habido 672 crímenes, de los cuales el 89% de
los casos permanecen impunes, lo cual ha convertido a esta entidad con
la mayor tasa de feminicidios en el país, superando las cifras de Ciudad
Juárez.
Resumiendo los números: en
el país, cada año mueren mil 200 mujeres víctimas del feminicidio. En
México tener cuerpo de mujer es estar en peligro de muerte.
Como
una luz de esperanza, el 23 de febrero de 2008, dos organizaciones de
derechos humanos presentaron ante la Corte Interamericana de Derechos
Humanos una denuncia sin precedentes contra el Estado mexicano por
el caso de 3 mujeres que fueron asesinadas, con signos de tortura,
violación y mutilación de sus cuerpos.
La
Corte Interamericana está analizando en estos momentos la
responsabilidad de los estados en relación con la violencia que se
ejerce contra las mujeres, la violencia institucional, así como la falta
de protección y prevención del Estado en estos crímenes.
El caso
es emblemático, no sólo porque es el primero que asume la Corte
Interamericana por asesinato de mujeres con connotaciones sexuales,
sino porque es el primero que juzga de entre los casi 600 homicidios que
han ocurrido en Ciudad Juárez desde 1993. La Corte tiene previsto dictar
sentencia el próximo mes de noviembre.
Desgraciadamente este no es
el único problema de la terrible injusticia y de la absoluta impunidad
que aqueja a México en cuanto a derechos humanos y en específico contra
los derechos de las mujeres. A la impunidad que reina en torno a los
feminicidios, se suman otros casos aún no resueltos como los siguientes:
El anunciado asesinato en
2001 de la abogada y defensora de derechos humanos Digna Ochoa y
Plácido, crimen que el gobierno insiste en declarar como “suicidio”.
La violación de más de 25
mujeres por parte de la policía en San Salvador Atenco, en 2006. En este
caso, las mujeres fueron el botín de guerra de la policía, y a la fecha
no se ha castigado a ninguno de los responsables. El único policía
detenido por el cargo que llamaron “actos libidinosos”, salió libre con
una fianza de aproximadamente 800 dólares. En cambio, el gobernador
Enrique Peña Nieto mantiene como presos políticos a 12 luchadores
sociales, 3 de ellos: Ignacio del Valle, Felipe Álvarez y Héctor Galindo
con penas que suman más de 430 años de cárcel en prisiones de alta
seguridad, superando así las condenas que reciben muchos secuestradores,
narcotraficantes y delincuentes de alta peligrosidad.
Prosigo: La violación
tumultuaria por militares y la posterior muerte de la indígena de la
sierra de la Zongolica doña Ernestina Ascencio, en 2007. Para proteger
al ejército, Felipe Calderón y el ombudsman mexicano aseveraron que la
muerte de doña Ernestina se debió “a males gastrointestinales y anemia”.
El caso de violación
tumultuaria y crimen de la activista de derechos humanos estadounidense
Marcella Sali Grace, asesinada en septiembre de 2008.
Los asesinatos de Felícitas
Martínez y Teresa Bautista, locutoras de la radio comunitaria La voz
que rompe el silencio, ocurrido en la región Triqui de Oaxaca en
2008.
En 1994 tres hermanas
indígenas tzeltales de 12, 15 y 17 años fueron violadas en Altamirano,
en el estado de Chiapas, por un grupo de soldados que participaban en
acciones militares contra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
En 1997, doce indígenas
zapotecas del Estado de Oaxaca fueron violadas por soldados.
Ese mismo año, en el estado
de Guerrero, Aurelia Méndez Ramírez y Delfina Flores Aguilar, indígenas
tlapanecas, fueron violadas por cinco soldados.
En 1999, en el mismo estado,
dos indígenas mixtecas, Victoriana Vázquez Sánchez, de 50 años, y
Francisca Santos Pablo, de 33 años, fueron violadas por miembros del
ejército.
En 2002, Valentina Rosendo
Cantú, indígena tlapaneca de 17 años, es violada por ocho militares, e
Inés Hernández Ortega, indígena tlapaneca de 27 años, es violada por
once soldados, ambos casos en el Estado de Guerrero.
Seis años de recomendaciones
internacionales y nacionales de los principales organismos defensores de
derechos humanos no han valido para lograr que los militares que violan
los derechos humanos en México, incluidos los casos de violación sexual
contra mujeres, sean juzgados por la vía civil, y además porque los
elementos del ejército cuentan con “fuero militar”.
Con el pretexto y en el
contexto de la fracasada lucha contra el narcotráfico, los militares
violan los derechos humanos de norte a sur y gozan de plena impunidad.
Para engrosar la trágica
lista que pone en evidencia la falta de justicia y de la impunidad que
impera México, menciono otros casos:
El asesinato del joven
estudiante y luchador social Pável González en 2004, crimen que el
gobierno también insiste en declarar como “suicidio”.
En los últimos años, ser
periodista en México se ha convertido en una "profesión de alto riesgo".
Del año 2000 al 2008, han habido 41 muertes y 8 desapariciones de
periodistas y trabajadores de medios informativos, entre ellos el
asesinato del norteamericano Brad Will, de la red Indymedia, acaecido en
Oaxaca en 2006.
Juan Manuel Martínez Moreno,
de oficio panadero y padre de 3 hijos, ha sido injustamente encarcelado
desde octubre de 2008 acusado por este asesinato, cuando la propia
cámara de Brad Will grabó la imagen de sus asesinos al momento de
dispararle. El Gobierno Federal de México trata de cerrar el caso,
porque de éste dependen recursos retenidos del convenio
económico–militar conocido como “Iniciativa Mérida” o “Plan México”. El
Congreso de Estados Unidos condicionó parte del envío del dinero a la
situación de derechos humanos en México y específicamente al
esclarecimiento del asesinato de Brad Will.
Otro caso es el de los 49
niños y niñas, todos menores de 5 años, que murieron calcinados en una
guardería en Hermosillo, Sonora. “Curiosamente” algunos dueños y
responsables de la seguridad de esta guardería están emparentados con la
esposa de Calderón; varios de ellos están prófugos. El próximo 5 de
octubre se cumplen 4 meses de este crimen, y hoy no hay un solo
responsable detenido.
Y sumándose a esta
sangrienta lista que parece interminable, agregamos los casos no
resueltos de los asesinatos perpetrados por el gobernador Ulises Ruiz en
Oaxaca durante el movimiento magisterial de 2006.
La red de pederastas y
pornografía infantil denunciada por la valiente periodista Lydia Cacho,
red que involucra a empresarios y funcionaros gubernamentales como el
gobernador de Puebla Mario Marín, quienes permanecen libres e impunes.
A esto hay que sumar la
masacre de Acteal, Chiapas, de 1997, donde perecieron 45 personas, la
mayoría de ellos niños y mujeres embarazadas. Con machetes y balas,
mientras oraban, fueron abatidas 14 niñas, 4 niños, 4 mujeres
embarazadas, otras 15 mujeres y 8 hombres. Ése fue el primer crimen, el
segundo ocurrió en agosto pasado cuando la Suprema Corte de Justicia de
la Nación decretó la libertad inmediata de una veintena de los
responsables de este crimen.
Y continúa la vergonzosa
lista: las masacres de El Charco, de Aguas Bancas y de El Bosque, así
como la matanza de el “Jueves de Corpus” o también conocido como el “halconazo”,
en 1971, y la matanza de estudiantes en Tlatelolco, ocurrido un día como
hoy, el 2 de octubre de 1968. Y un largo, larguísimo etcétera de
crímenes sin castigo.
Todos estos casos que he
mencionado permanecen en la impunidad, los responsables gozan de su
libertad, y con un gobierno como el actual, seguramente va a pasar
mucho, mucho tiempo para que se haga justicia a estos crímenes de lesa
humanidad.
Porque aunque México siga
promoviendo en el extranjero la imagen de defensor de derechos humanos,
y firme tratados y acuerdos internacionales, actualmente es el primero
en violarlos en su propio país. A esta incongruencia entre el discurso y
la realidad, Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional,
en su pasada visita a México en 2007, la llamó “política
esquizofrénica”.
Por todo esto afirmo
categóricamente que en México reinan la corrupción y la impunidad. En
México se practica cotidianamente la tortura. En México se violan los
derechos humanos de lunes a domingo. En México se criminaliza la lucha
social. Porque son mas peligrosos los que luchan, que los que secuestran
o trafican drogas, menores de edad o personas. En México ser activista y
defensor de derechos humanos es vivir en peligro de muerte. En México se
matan mujeres por ser mujeres.
El caso
de los crímenes de los feminicidios en Ciudad Juárez y el resto de
México es una vergüenza nacional. La falta de acción, la indolencia y la
indiferencia evidencian el sexismo, machismo, misoginia, clasismo y
racismo del gobierno mexicano.
Ante este panorama, y en el marco de esta Cumbre Mundial
de la Paz, las preguntas que surgen inevitablemente son:
¿Qué hacer en un país cuyo gobierno que, lejos de
garantizar la paz de sus habitantes, la quebranta día con día?
¿Qué hacer si los responsables de conservar la
indispensable paz la violentan cotidianamente?
¿Qué hacer para acabar con la impunidad que fomenta el
gobierno mexicano y cómo poder alcanzar la elemental justicia?
El gobierno mexicano es un lobo con piel de oveja. Tras
la máscara, su rostro se asemeja más al de una dictadura que al de una
democracia. En México estamos gobernados por delincuentes y criminales.
¿Cómo hablar de “Cultura de Paz” si en México la justicia
es para unos cuantos y la impunidad es el cobijo de los poderosos?
Nosotras, nosotros, la sociedad civil y las
organizaciones no gubernamentales de derechos humanos buscamos la paz y
luchamos por ella día con día, anhelamos un país donde las niñas y las
mujeres puedan caminar tranquilas, ir a sus trabajos o escuela, y poder
volver de regreso a casa…
No queremos un estado policiaco ni al ejército en las
calles, no queremos que se burlen de nosotras, de nosotros al premiar a
nefastos individuos como Francisco Barrio Terrazas y Arturo Chávez
Chávez. No queremos que las mujeres sigan marchando vestidas de luto. No
queremos seguir pintando cruces con los nombres de las mujeres
asesinadas. No queremos vivir un tiempo de canallas. ¡Decimos: Basta!
¡Alto a la impunidad: ni una muerta más!
Deseamos la paz, pero el Estado mexicano no pone el menor
empeño en garantizar este derecho fundamental y es el primero en
violentarlo.
Actualmente en México, la única paz que existe, la única
paz que promueve el estado mexicano… es la paz de los sepulcros. La paz
de Felipe Calderón yace en los cementerios. Y a tres metros bajo
tierra, las niñas y mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: Lilia
Alejandra, Alma Mireya, Brenda Berenice, Sagrario, Perla, Patricia, y el
resto de nuestros muertos, claman justicia. Solamente justicia.
Desde esta importante reunión, exhorto al gobierno
mexicano a que nos devuelva la paz. Nuestras Hijas de Regreso a Casa,
la sociedad civil, las organizaciones de derechos humanos, las mujeres y
hombres conscientes exigimos que cese la impunidad en torno a estos
asesinatos.
Aprovecho este foro para hacer un llamado a la comunidad
internacional para que juzguen, condenen y sancionen al estado mexicano
por el feminicidio que se extiende de Chihuahua hasta Chiapas.
Para finalizar, quiero compartir con ustedes un fragmento
del poema de Juan Ríos Cantú titulado ¿Hay un dios cerca de Juárez?:
“Juárez, qué se alce tu
voz hasta curarle a la justicia la sordera.
Qué se alce también tu
razón y tu cordura,
Que te regrese la calma.
Juárez, mi más sentido
pésame.
Si mis manos no hacen
nada
que lo haga mi palabra.
Qué regrese la hija, la
hermana y la madre
del trabajo a la casa cuando caiga la tarde.”
Humberto Robles
http://roblesteatroblogspot.com
http://es.wikipedia.org/wiki/Humberto_Robles
humberto.robles@gmail.com
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