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Yeshuá
(qué bello suena el nombre original de Jesús) murió excomulgado por el
sistema religioso judío; fue acusado de blasfemia y asesinado en el
nombre de Dios, de la religión verdadera y de lo que dice la Escritura.
Esta afirmación es una de las grandes adquisiciones que ha hecho la
teología contemporánea.
Yeshuá
no fue acusado de rebelión (esa será la pantalla que usarán los
sacerdotes) sino de blasfemia (la más grave ofensa a Dios) Yeshuá no fue
condenado por razones económicas, sino por razones religiosas y en el
nombre del Bendito, es decir, los sacerdotes usan el nombre de Dios (“en
nombre de Dios vivo te pregunto…”) y la Escritura para condenarlo a
muerte.
Yeshuá
no fue rechazado por la gente de mal vivir, sino precisamente por los
hombres más religiosos de su tiempo y por el órgano de gobierno
religioso de un pueblo altamente religioso. Yeshuá no fue considerado
enemigo de los cobradores de impuesto, sino del clero de su tiempo, los
sacerdotes.
La cruz,
entonces, tiene un significado de denuncia de los mecanismos religiosos,
dogmas, estructuras clericales, interpretaciones de la Escritura y la
recurrencia a Dios como sancionador de las costumbres, condenas y
bendiciones.
La cruz
nos dice bien claro que debemos tener cuidado de lo religioso, de las
religiones y de los hombres religiosos: es muy probable que detrás de su
aparente conducta religiosa se esconda el odio, las ansias de poder, las
ganas de asegurar el propio sistema establecido.
Yeshuá,
el Hijo, muere asesinado por aquellos que decían servir a su Padre y
será condenado, incluso, en el recinto más sagrado de su pueblo.
La
resurrección toma así un cariz radicalmente nuevo: Dios mismo – sí, en
persona, en vivo y a todo color – es quien denuncia a los hombres
religiosos y su sistema de condena, los desenmascara y deja bien claro
que Él, Dios, no tiene nada que ver con lo que ellos dice que es su
voluntad.
En la
resurrección Dios dice que Él no comparte los criterios con los cuales
los sacerdotes (ningún sacerdote de ninguna época) acusa, juzga,
condena, maldice, excomulga, expulsa y crucifica a nadie.
Dios
dice que Él no bendice las interpretaciones bíblicas, los cuerpos de
creencia, los dogmas establecidos ni la costumbre religiosa imperante
que es usada para maldecir a otros.
La resurrección, por ello, es la fiesta de los que hemos sido
expulsados, pues en ella Dios reivindica a quien se puso de nuestro
lado, quien nos llamó amigos, quien no tuvo miedo de juntarse con
nosotros, comer de nuestro pan y beber de nuestro vino, de quien no tuvo
empacho en ser llamado “borracho amigo de pecadores”, quien no se detuvo
ante ninguna interpretación bíblica o teológica que nos condenaba a
vivir alejados de Dios por nuestra forma de vivir.
La
resurrección es la fiesta en la que las putas, los borrachos, la gente
con VIH, los pederastas, los homosexuales, las travestis, los que se
divorcian y se vuelven a casar, los curas no célibes, las monjas
lesbianas y toda la pléyade de gente “mal vista” podemos celebrar que no
somos nosotros quienes nos acercamos a Dios, sino Dios mismo quien ha
decidido acercarse a nosotros, ensuciar su santísima reputación, ser
sospechoso de herejía con tal de decirnos: “Yo los amo”.
Así que
si tú que me lees tienes la fortuna de ser uno de los jodidos de la
sociedad, uno de los rechazados de la Iglesia, felicidades, la
resurrección es tu fiesta.
Yo
ciertamente celebraré este día que dura 50 días con la conciencia de que
Dios está de mi lado.
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