Woody Allen y el mundo contemporáneo
por Eduardo
Nabal/ Enkidu Magazine
El éxito
de público y crítica vuelve a colocar a Woody Allen en el foco de cinéfilos,
detractores, incondicionales y desconfiados. Es difícil no reconocer hoy
en día que se trata de un nombre que transciende lo meramente
cinematográfico para situarse en el terreno del icono y el fenómeno
sociológico.
Algunos
lo adoran, otros no lo soportan o no lo entienden, los hay que
prefieren los filmes en
que no sale él y algunos dicen que “hace siempre la misma película”. En su
filmografía encontramos comedias desenfrenadas como “Toma el dinero y
corre”, o pequeñas obras maestras del cine como “Manhattan”, “Hannah y sus hermanas” o “Balas sobre Broadway” y
también títulos que han
provocado la desaprobación general como “Vicky Cristina Barcelona”
o, en menor medida, algunos de sus primeros títulos situados en un
terreno de humor grueso que debe mucho a sus admirados Chaplin y Groucho
Marx.
Allen
es ante todo un buen escritor y un excelente guionista que, en su última
etapa, ha cuidado menos el aspecto visual y narrativo de sus filmes
salvo notables excepciones como “Match Point” o “Conoceras al
hombre… Un dramaturgo misántropo que explota con notable habilidad su
verborrea y sus obsesiones:
la muerte, el sexo, Ingmar Bergman, la
pareja y sus batallas, los intelectuales europeos y norteamericanos, el
materialismo, New York, el jazz y ahora, sobre todo, el continente europeo en el que parece ser mejor recibido que en su país de origen donde no
deja de ser considerado “un
judío neoyorkino y neurótico aficionado a las mujeres y al monólogo”.
No
obstante, Allen no es sólo
un cineasta, es también el
autor de grandes piezas de teatro como “La bombilla que flota” (inspirada
en “El zoo de cristal” de Williams) o “No te bebas el agua”,
feroz sátira de la política exterior estadounidense. Woody Allen no
duda en mostrar su desdén por ciertos aspectos de la naturaleza humana
y el mundo del espectáculo, como vemos en las corrosivas “Delitos y
faltas” o “Celebrity”, pero tiene también
un lado lúdico y sentimental que
nos muestra en su deliciosa
“Medianoche en París”, filme
que nos devuelve a sus mágicas “Alice” o “La rosa púrpura de El
Cairo”, al tiempo que demuestra que es un mitómano irredento y no
siempre muy riguroso.
Woody
Allen desconfía de la doble moral de los estadounidenses
-aunque la clase alta europea tampoco salga muy
bien parada en sus últimos trabajos- y, sobre todo, cree en la grandeza
de los personajes pequeños frente a la miseria de los grandes nombres y
las grandes fortunas. Su
exploración de la filosofía moderna y su indagación en los abismos de
las relaciones de la pareja
heterosexual lo han
convertido en un clásico entre los cineastas, pasando de ser un
cómico popular a convertirse en un controvertido defensor de la inteligencia.
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