La  muerte de José María Covarrubias y el crac nuestro de cada día

 

Por Max Mejía

 

El último acto de Pepe, tajante sobre su vida, vino a confirmar el absurdo planteado por Foucault acerca del amor entre gays, que éste empieza el día en que el otro dice adiós. Diferente entre diferentes se fue, dejando tras de sí una obra social paradigmática: la Semana Cultural Gay en el Chopo, y una trayectoria de más de 30 años cabalgando sobre el punto crucial de la causa gay: la lucha por el reconocimiento del derecho a la diferencia sexual.

 

Vi a Pepe en mayo, preparaba la diecisiete edición de la Semana: estaba flaco, sin casa y sin dinero. Le dio gusto que anduviera de candidato de México Posible; me invitó a participar en la Semana. De manera que nuestro último encuentro fue en ésta su última estación de mariposa reina.

 

Con la Pepa o, por qué no, La Cascarrabias compartí tiempos y espacios de registro importante en los que se entreveraron la aparición pública del movimiento gay, mi estreno en la causa –él había empezado en el grupo de Nancy Cárdenas en 1972-- y su singular personalidad, suma de bondad, sensibilidad y agudeza a la vez que de una despiadada capacidad para apabullarlo a uno.

 

Su muerte en un hotel, solitaria y con carta póstuma, me revolvió la cabeza. Necesité hacer tiempo, seguir la rutina, en fin desentenderme de ella para poder entenderla. Vayamos por partes. Admití –respeté- su libertad de haber puesto punto final por sí mismo; también su decisión de no esperarse a morir de VIH cuando conocía perfectamente la forma en que mueren los enfermos sin recursos; pero no así las condiciones en que ocurrió su muerte, ni las circunstancias que la ocasionaron...

 

La despedida de José María Covarrubias arroja un balance desolador, que abarca todo: el país en que vivió y el medio al que perteneció, el de los activistas gay. Y sus conclusiones, aunque marcadas por el sello de su personalidad extrema, son ciertas. Quién puede negar que nuestro país es –sigue siendo a pesar de todo-, un mundo profundamente hostil hacia los gays y lesbianas, sobre todo quienes lo son abierta y libremente. Con éstos y éstas la sociedad se ensaña –sigue con esta estrategia- diente por diente (con el permiso de las vetustas instituciones y las fuerzas conservadoras, liberales y progresistas que la rigen), y de su persistencia sorda en el asedio, el rechazo y la discriminación al abismo hay un solo paso.

 

Y sobre los segundos, los activistas, quién puede dudar que sólo queda de ellos un conjunto de pedazos regados por la capital y las entidades; unos –los iniciadores- atrapados en tiempos pasados (o enfermos o lanzándose al abismo), otros –los nuevos- inmersos en un cuento sin rumbo ni historia del orgullo anual, y unos y otros hermanados por su distanciamiento con la realidad del país y de las necesidades de la población gay.

 

Conocí a Pepe en el 78, en el inicio de los grupos gay. Empezaba en el FHAR (Frente Homosexual de Acción Revolucionaria) y ya lo había desesperado el activismo del ruido por el ruido. Por tanto se pasó a la competencia, al Grupo Lambda de Liberación Homosexual. Esa desesperación nos acercó y marcó nuestra coincidencia en puntos importantes del activismo. Primero Lambda, luego el CLHARI (Comité de Lesbianas y Homosexuales en Apoyo a Rosario Ibarra), y después la integración del grupo Comunidad Gay -con el que armamos la semana cultural gay, en el lugar de Eli de Gortari y la primera marcha contra los crímenes de odio por homofobia en el país. Incluso, a la distancia, nuestras coincidencias continuaron: lo que hacíamos –él la semana cultural gay, yo el periódico Frontera Gay y el festival cultural de la diversidad sexual en Tijuana-, seguía respondiendo a un mismo enfoque: el de la construcción de proyectos gay respaldados en ideas, calidad y trascendencia social.

 

No era posible comprar a Pepe sin la envoltura de su carácter, obstinado y exigente hasta lo último. Ello le acarreó desavenencias con el medio y no pocas campañas de desprestigio y hasta boicots contra su trabajo. Su lado flaco en las relaciones con los otros; causa de alejamiento de gente que aprecia y lo aprecia y recurso excelente para quienes lo atacan. Sin embargo, es precisamente ese carácter lo que explica su importante trabajo, y también su valentía personal. No hay otra forma de explicarse su heroica lucha en defensa de las vestidas de Chiapas, ya no digamos su obra más importante, la semana cultural gay. Una actividad en que logró un nivel de complejidad organizativa y logística bastante respetable y una diversidad y originalidad artística que sólo pueden conseguirse con una gran experiencia.

 

José María vino varios años a Tijuana, al festival cultural gay. Su apoyo fue particularmente importante en las exposiciones plásticas. De hecho la mayor parte de la obra en las dos primeras provino de artistas de la ciudad de México, gracias a su gestión personal. Un enorme falo de Velásquez Zebadúa tallado en madera de jacaranda, otros más discretones de Nunik Sauret, un volcán en plena acción seminal de Vicente Rojo, Yolanda Andrade, Miguel Cano, Cancino, Cristeto, Salvador Salazar, Nahum B. Zenil y un largo etcétera.

 

Daba orgullo ver el respeto y gran aprecio que le prodigaban los artistas a José María. Le abrían sus estudios y le ofrecían las piezas que quisiera. Sólo eso explica que nos prestaran obras de mucho valor, aunque supieran que la transportaríamos literalmente a lomo y avión. Irónicamente, nadie de los activistas gay le demostraba ese aprecio a Pepe.

 

En el penúltimo festival nos prestó la colección de fotos de gays en las cárceles del país en los años veinte del Archivo Casasola. Todo lo que proporcionaba tenía éxito entre los artistas de Tijuana y el público. Le encantaba el éxito del festival y también Tijuana y su desórden maravilloso. Aunque a veces hacía cosas que agravaban este desórden. Un día, en pleno proceso de montaje de la exposición, llegó y sustituyó una pieza por otra. El artista afectado, indignado por los modos de la diva chilanga, decidió cubrir su cuadro con una tela en actitud de protesta.

 

En su última visita, la Pepa venía con ganas de disentir. En medio de las voces de Mónica Naranjo y el ruido de un gentío, no se le ocurrió mejor lugar para ponerse intenso que un antro gay, insistió en que mis desacuerdos tenían el mismo fondo de desprecio de los otros. Pero mis desacuerdos con él eran por sus formas de pelear la causa sin temor a lastimarse, y así se lo dije. No sé si lo aceptó pero yo sigo creyendo hasta ahora que Pepe era un radical con pleito a muerte con el establishment y por eso al final, cuando se vio acorralado y sólo, mejor optó por bajar el suitch de su vida.

 

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Atte. Tu

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2003
Document created 08.09.2003, 02:11:02 CET
Published 08.09.2003

Martes 19 de Agosto 2003: 

La vida y  la obra de José Ma. Covarrubias

 Con la presencia de Manolo Arellano, Armando Cristeto, Miguel Cano, el Rev. Jorge Sosa, Omar Feliciano, Salvador Irsys, el Dr. Javier Martínez, de la Fundación Mexicana de Lucha contra el SIDA, los miembros del Grupo Palomilla Gay charlaron este Martes en El Taller sobre la vida y, básicamente sobre la obra del recien finado José Ma. Covarrubias [aka. La Pepa, Pepe o la Cavarrabias -este último debido al elejamiento que tuvo con Ser Gay]...  más