¿Un Santo Gay?

“COULD
A GAY MAN BE A SAINT?,” © Michael B Kelly, Enkidu/The Age,
Melbourne, Australia, Traducido con el permiso del AUTOR (Foto: CNS).
Estoy de pie, mirando hacia
el este, me encuentro en la esquina de las calles Church y Vesey, todo
en la parte baja [lower] de Manhattan parece normal. El tráfico en la
Calle Church es pesado y agresivo. La entrada del metro está sucia y
atestada. Los árboles viejos delante de la Iglesia de la Trinidad
[Trinity Church] están susurrando en el viento de la tarde, y los
vendedores pregonan sus artículos a los turistas de a pie. Un Rabino
y unos muchachos usando yarmulkes desgastados se detienen para comprar
refrescos de un puesto en la calle.
Cuando yo me vuelvo y veo al
Oriente, sin embargo, existe un resquebrajamiento del escenario y hay
una sensación extraña de luz y de espacio. En la tierra hay camiones
y banderas rojas, acres de red verde, barreras de tráfico
provisionales y hombres con cascos. Un edificio alto se encuentra
amortajado en red negra. En el lado de otro edificio hay un mural
enorme donde una bandera estadounidense forma un corazón, arriba
tiene las siguientes palabras “El espíritu humano no es moderado
por el tamaño del acto, sino por el tamaño del corazón” [”The
human spirit is not measured by the size of the act, but by the size
of the heart”]. De repente me encuentro procurando evitar que salgan
lágrimas de mis ojos, en esta tarde soleada en el borde de Ground
Zero [el lugar donde se encontraban las Torres Gemelas N/E].
He venido a Nueva York a
honrar al hombre cuyo certificado de muerte lleva el “Número
00001”, que lo marca como la primera víctima registrada de los
ataques en el World Trade Center del 11 de septiembre de 2001, y yo
estoy de pie en el lugar preciso donde pusieron su cuerpo.
El Padre Mychal Judge,
capellán católico en el Departamento de Bomberos de la Ciudad de
Nueva York, murió en el lobby de la Torre Norte después de haber
sido golpeado por los escombros que caían. Algunos dicen que él se
había quitado el casco cuando dió los Últimos Sacramentos a un
bombero caído. Su cuerpo fue sacado por un grupo de bomberos y policías
y fue puesto en la esquina de las calles Church y Vesey. Uno de los
policías, un Católico, estaba gritando “¿Puede alguien traer un
sacerdote a este hombre!” Un oficial joven corría hacia el sur,
rumbo a las Torres mientras centenares de personas venían del Norte.
Oyó el lamento y se dirigió a la Iglesia de San Pedro (St. Peter’s
Church), que esta cerca, y gritó por un sacerdote. Dentro de allí
estaba una mujer, rasgando linos de la iglesia para usar como máscaras
para que las personas pudieran respirar en medio del polvo y la
devastación. Ella le dijo no había ningún sacerdote allí, entonces
dijo, “¿Usted es Católico?” Cuando él respondió que sí, ella
le dijo que en una emergencia él podía dar los Últimos Sacramentos
[Last Rites], así que debía irse y hacerlo. Él regresó al lugar
donde estaba el otro oficial y le dijo lo que la mujer había dicho.
Así que, en medio del caos
y el horror, los dos policías se arrodillaron en la calle. Mientras
las personas corrían, gritando a su alrededor, ellos pusieron las
manos en el cuerpo del sacerdote muerto, dijeron la Oración del Señor
e hicieron una pausa por un momento de silencio. Ellos estaban de pie,
se abrazaron, y corrieron hacia atrás, donde los edificios continúaban
ardiendo, a fin de continuar ayudando a que las personas estuvieran
libres.
Aquéllos que conocieron a
Mychal Judge dicen que murió de la manera en que había vivido. Él
había sido un sacerdote franciscano durante 40 años, y su vida había
estado llena del ministerio para con las personas sin hogar, los
refugiados, los alcohólicos, las personas con SIDA, así como para
los bomberos de Ciudad de Nueva York y sus familias. Era, quizás, el
sacerdote católico más conocido y querido en la ciudad, con una
dedicación firme a ponerse a sí mismo en centro de la angustia
humana –y una maña misteriosa por terminar en el centro de atención.
Durante años había paseado por las calles de Manhattan en su hábito
castaño franciscano, mientras bendecía todo lo que se movía y
trayendo compasión, fe y un humor apropiado en las situaciones de
desesperación y angustia. Él era amado por las personas sin hogar
[homeless] fuera del Seminario de Frailes en la Calle 31, respetado
por los inversionistas [powerbrokers] de la ciudad, y tolerado por la
burocracia de la Iglesia local que había aprendido a vivir con sus
maneras como inconformista.
El 15 de septiembre, unas
tres mil personas se reunieron en la Iglesia de San Francisco Asís
[St. Francis of Assisi Church] para su entierro, mientras que afuera
la muchedumbre en la calle observó en pantallas de televisión.
Dentro de la Iglesia, el Presidente Bill Clinton recordó cómo el
Fraile Judge “trajo luz a la Casa Blanca” en la oración de un
desayuno, el nuevo Arzobispo de Nueva York, el Cardenal Egan, lo
proclamó “un santo”, y su compañero franciscano, Fr Michael
Duffy dijo, “Mychal Judge siempre ha sido mi amigo. Y ahora él es
mi héroe.” Miles sentían lo mismo. Uno de los bomberos que había
ido a la iglesia cubierto aún con en el tizne del Ground Zero [Tierra
Zero, donde estuvieron las Torres Gemelas N/E] dijo simplemente, “yo
pienso que Dios quiso que alguien llevara a los muchachos al cielo.”
En los meses que siguieron,
los espaldarazos por la muerte del Padre Judge continuaron amontonándose
a su alrededor. Recibió doctorados honorarios, premios religiosos, un
premio internacional por “Valor Moral”, y calles, barcas y becas
fueron nombradas con su nombre. Los bomberos de Nueva York presentaron
de manera solemne su casco al Papa Juan Pablo II en la Basílica de
San Pedro, Francia le concedió su “Legión de Honor”, e Irlanda
lo nombró su “Hombre del Año”. Por las iglesias mundiales se
invocó como una inspiración para las personas jóvenes, un modelo
del héroe cristiano y una imagen del sacerdote ideal. Se
multiplicaron sitios Web dedicados a “San Mychal” [”Saint Mychal”].
Este exceso de estima, esta
elevación súbita de Judge Mychal como “santo” y “héroe”,
dice tanto quizás, sobre nuestra necesidad común de encontrar
esperanza y significando en medio de la violencia aplastante, así
como sobre el hombre mismo. De algún modo, un símbolo de valor moral
y de amor que se auto-inmola tuvo que ser sacado del episodio del 11
de septiembre, y el Padre Judge no sólo proporcionó un símbolo –él
era alguien real-. Parecía que los canonización oficial serían sólo
cuestión de tiempo.
Mychal Judge, sin embargo,
no sólo era alguien real –era también un hombre real-.
Inevitablemente la atención se volvió a la vida real, personalidad y
espiritualidad del hombre que murió tan heroicamente en el bajo
[lower] Manhattan, ese día de oscuridad. Lo que se encontró fue
tanto motivo de inspiración como de desquiciamiento.
De muchas maneras Mychal
Judge parecía el modelo del sacerdote bueno. “Él era el mejor
sirviente de Dios y de las personas”, dijo el escritor Malachy
McCourt. “Él personificó la mezcla ideal de espiritualidad y
servicio público,” dijo Alcalde Rudy Giuliani. “Si estamos
buscando a personas santas en la Ciudad de Nueva York, él encajaría
de inmediato “, dijo el Senador Tom Duane. Sin duda, Judge se
comprometió apasionadamente al ministerio pastoral y su generosidad y
compasión hizo que las personas se reuniesen con él, sobre todo en
tiempos de necesidad. Era común para él volver tarde por la noche a
su cuarto, y encontrar 40 mensajes en su contestadora telefónica. Él
se sentaba, exhausto, y les contestaba a todos. Un franciscano
recuerda una tarde cuando Mychal lo tomó a lo largo del Puente de
Brooklyn, entonces regresó a casa para encontrarse con la noticia de
que el padre de un bombero había muerto. Era la media noche, pero
Judge condujo por más de una hora al norte, para estar con la familia
del hombre. Esto era típico de él.
Sin embargo, algunos
sugieren que había algo obsesivo sobre el compromiso de Judge en su
ministerio. Debajo de su calor moderado genuino, su humor y dedicación,
él era un hombre que luchó con problemas de auto-valoración y de
adicción. Era un alcohólico que había estado sobrio desde 1978, y
participaba de manera regular en las reuniones Alcohólicos Anónimo,
a fin de mantener la concentración [focus] y la paz interna. Tomó la
espiritualidad de los “Doce Pasos” de A.A. profundamente en su
alma, y aprendió la auto-aceptación y la perseverancia en compañía
de las personas que luchaban como él. Él no tenía ilusiones sobre sí
mismo, y era su humanidad directa, transparente, lo que atrajo a todo
tipo de personas a él.
Las personas acudían a él
cuando la Iglesia le habían fallado. Él siempre estaba listo a
doblar las reglas, ofrecer un abrazo, bendecir y mostrar a la gente lo
que el amor de Dios verdaderamente es. En los primeros días de la
epidemia del SIDA, cuando se las enfermeras se asustaban para tocar a
las personas con SIDA, y cuando los sacerdotes se negaban a
enterrarlos, Mychal Judge llegaba a menudo a los cuartos de hospital
sin ser anunciado. Él retiraba, de manera tranquila, las sábanas en
la cama de un paciente con SIDA y suavemente daría masaje a sus pies.
Un hombre recuerda que cuando su compañero estaba agonizante, Fray
Judge vino a darle la Sagrada Comunión. Después del ritual, el
hombre agonizante susurró ansiosamente, “¿Usted piensa que Dios
está enfadado conmigo?” Mychal respondió tomando al hombre en sus
brazos, mientras lo abrazaba, meciéndolo en su pecho.
El compromiso del Padre
Judge de estar cerca de las personas en su soledad, y su ternura
asombrosa, estaban forjados en un corazón que se debatía en su
propia lucha para creer que era abrazado y bendecido por Dios. Mychal
Judge, usted ve, era gay.
Algo así como una semana
después del ataque al World Trade Center, recibí un correo electrónico
de un amigo irlandés, un sacerdote que había conocido a Mychal por más
de una década. Se podía leer, “lo de que no se ha dado a conocer
todavía es que Mychal era gay. Él no estaba totalmente ‘fuera’
[del clóset]. A veces cuando visitábamos los clubes gay en el
Village, él bromeaba de que tenía su cuello clerical en el bolsillo,
para que si un camión de bomberos pasaba en la calle, él pudiera ponérselo
y decir que estaba en una visita pastoral.”
Yo soy un Católico Gay, y
leí este correo electrónico con emociones encontradas. Yo quería
que el mundo mirase a este hombre que el Vaticano habría calificado
como un “homosexual objetivamente desordenado” y viera al santo y
al héroe. Casi me sentí estafado que Judge nunca hubiese estado
totalmente “fuera” como gay. Sin embargo, yo también sabía que
el conocimiento público de su sexualidad podría detener cualquier
proceso del canonización. “¿Cómo le decimos al mundo sobre esto?”
respondí en un e-mail a mi amigo.
No debí haberme preocupado.
Mychal Judge no era ningún clérigo que se agachase, y viviera en el
clóset. Sus compañeros franciscanos, los bomberos más antiguos
[senior fire-fighters], las personas en A.A., e innumerables Católicos
en Nueva York supieron que era gay, y sabían de su compromiso a usar
su sacerdocio, sus recursos y sus energías para apoyar y empoderar a
las personas gay en lo espiritual, lo práctico e incluso de manera
financiera. Él hizo esto mientras mantuvo su “cubierta” al
interior de la iglesia institucional, tomando riesgos extraordinarios
y haciendo que el sistema sirviera a la justicia. Después de años de
forcejeo e incertidumbre, Mychal había aprendido a aceptar su
sexualidad como un regalo de Dios, y cuando los periódicos gay en
Manhattan dieron a conocer la historia del “santo gay” e
imprimieron su retrato en sus portadas –en lugar del usual hombre
guapísimo [brooding hunk]-, los amigos estuvieron de acuerdo en que
él se habría reído y habría estado encantado.
Sin embargo, esto no agradó
a los oficiales de la iglesia. El Cardenal Egan de Nueva York huyó
literalmente de periodistas que lo cuestionaron sobre el homosexual
que él mismo había proclamado como un “santo”. Algunos de los
amigos de Judge recibieron llamadas telefónicas enfadadas de clérigos
conservadores después de que hablaron a la prensa gay. La imagen de
Judge empezó a desaparecer de los sitios en la web de la iglesia y de
los periódicos, y murieron los rumores de su canonización. Parecía
que los líderes católicos no tenían la menor idea de cómo manejar
el asunto de este hombre gay santo [holy gay man]. Quizás esto no fue
sorprendente, puesto que simplemente en ese momento los obispos más
antiguos estaban empezando a hacer que los sacerdotes gay fueran los
chivos expiatorios en la crisis de abuso sexual por parte de miembros
de la Iglesia, y al mismo tiempo, el Vaticano estaba trabajando en un
documento para prohibir que hombres homosexuales sean aceptados en los
seminarios, por lo que un santo gay no estaba en su agenda.
Entre las personas
ordinarias, sin embargo, el nombre de Jugde continúa siendo venerado,
su imagen es reproducida y se pasa de mano en mano, su historia continúa
siendo dicha. Entonces, en mayo de este año, Union Theological
Seminary, el seminario protestante más viejo en Nueva York, organizó
un seminario para reflexionar sobre el legado del Padre Judge. Yo fui
uno de los invitados a hablar, y a ayudar a continuar el movimiento
sobre el fenómeno de Mychal Judge de la narración a la reflexión
teológica.
Recuerdo haberme sentado en
un café en Christopher Street, preguntándome qué hacer de este
sacerdote gay, heroico, alcohólico, obsesivo, y medio en el clóset.
¿Qué podría enseñar a la Iglesia y al mundo al inicio del siglo
XXI? ¿Era este un hombre que personificó la más huidiza de las
cualidades: la santidad?
A veces Dios, o la vida, o
un accidente de la historia, empuja a un individuo hacia la
prominencia en un momento de gran necesidad. Esto era verdad de Mychal
Judge. En un tiempo de devastación y violencia que existe, y que
desemboca en odio, enojo e injusticia, este sacerdote dio su vida en
el servicio y surgió como un icono de valor y amor. Es como si se nos
hubiese dado un regalo para traernos esperanza en este tiempo oscuro.
Cuando desenvolvemos ese
regalo, sin embargo, encontramos a un hombre cuya vida nos enseña que
la santidad no trata sobre ser perfecto, sino sobre ser real. Como un
gran santo dijo una vez: “Cristo nos hace absolutamente reales”
[”Christ makes us utterly real”]. La jornada hacia Dios es una
travesía hacia nuestros egos más profundos, y por el camino tenemos
que enfrentar todos nuestros demonios e ilusiones, rendir nuestras
piedades que nos confortan y aprender la confianza desnuda. Mychal
Judge, yo creo, era santo porque aprendió a abrazar la verdad de quién
era él, y porque no tuvo miedo de enfrentar su vacío, su dolor y su
necesidad, para seguir amando.
En el centro de esta jornada
se encontraba la verdad de su sexualidad gay –la parte de su ser que
se le había enseñado que no podría ser de Dios-. Abrazando esta
dimensión de sí mismo, significó confiar en Dios tan profundamente
que pudo arriesgarse en estar equivocado, en riesgo de explorar su
propia verdad en su persona, riesgo ante la condena segura y de
quienes proclaman ser portadores de lo correcto en la Iglesia que él
amó y sirvió. Al arriesgarse encontró, una y otra vez, que era
amado y apoyado. De esta manera pudo amar a otros y liberarlos y
permitir que continuaran sus propias jornadas en la vida y en la fe.
Esto también significó que
él pudo estar en la Iglesia con una rara libertad interna. Él escogió
no salir públicamente como gay, pero incluso en eso, él ofreció un
modelo para todos los miles de clérigos gay que permanecen dentro de
las estructuras de la Iglesia. Su vida muestra que la única manera de
permanecer “en” [el clóset] es usar todo lo que es y todo lo que
tiene la Iglesia [Católica], a fin de empoderar y apoyar a las
personas en su propia búsqueda del amor, la libertad y la gracia.
Animarnos en esa búsqueda es, quizás, todo lo que realmente podemos
hacer uno por el otro, y es todo lo que podemos pedirle a nuestros
santos que hagan por nosotros.
El día antes de que dejara
Nueva York, que bajé a la esquina de las calles de Churce y Vesey. Yo
pensé sobre esos dos policía cuando ellos se arrodillaban y oraron
sobre el cuerpo de Mychal Judge. Me incliné, toqué el asfalto y el
concreto e hice una pausa por un momento. Pensé en las palabras
finales de San Francisco cuando yacía agonizante en la tierra desnuda:
“Yo he hecho lo que era mío por hacer. Que Dios te muestre lo que
es tuyo.”
Me levanté y miré hacia
atrás, al espacio abierto, hacia el lugar dónde Mychal había
vertido su espíritu. Oré que él nos muestre lo que es nuestro para
hacer, al inicio de este siglo con problemas. Entonces me dirigí al
viento, y caminé al norte sobre la Calle de la Iglesia [Church
Street].
Michael B Kelly escribe y
habla sobre la espiritualidad, sexualidad y justicia.
mbkell@ozemail.com.au
“COULD
A GAY MAN BE A SAINT?,” Michael B Kelly, “The Age”, Melbourne,
Australia, Dec.13,