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Las posibilidades de la errancia en Viajero que huye de Uriel Quesada

Profesor de español en Baltimore, Uriel Quesada es autor de siete libros: Ese día de los temblores (cuento, 1985), El atardecer de los niños (cuento, 1990; Premio Editorial Costa Rica, 1988 y Premio Nacional de Cuento Aquileo J. Echeverría, 1990), Larga vida al deseo (cuento, 1996), Si trina la canaria (novela, 1999); Lejos, tan lejos (cuento, 2004; Premio Áncora de literatura, 2005); El gato de sí mismo (Editorial Costa Rica, 2005) y Viajero que huye (2008).

CIUDAD DE MEXICO, 08/08/08 (Antonio Marquet/Enkidu Magazine): Para comprender las implicaciones del título de su más reciente libro, Viajero que huye, viajar sin duda, debe entenderse como algo más que desplazarse entre dos puntos por placer. Uno podría colocar en lugar de la noción de “viaje”, inercia, duelo, mecanismo de defensa, una errancia más dentro de una fuerte depresión. Los alcances de viajar tienen que ver con todo lo que sería la temática del desplazamiento, de las diásporas, de las migraciones actuales. Un problema económico, de desempleo al que está sometida una gran parte de la población mundial. Por ello el libro quita al término viajar todas las connotaciones turísticas, pintorescas, de placer, diversión, recreación que pueda tener. Viaje es algo muy diferente a la propuesta del dépaysement que propone el mercantilismo de la era globalizada. Puedo señalar la bitácora de Viajero que huye: San José, Los Ángeles,  el sur de los Estados Unidos, San José, París, Nueva York; mencionar los medios de transporte: avión, autobús, camión... Pero sería más importante y productivo hacer las tipologías de la soledad que ese viaje implica: aislamiento subalterno que tiene que ver con la incomunicación del desempleado, del migrante, del homosexual, del trabajador sexual, de las víctimas de las reformas impuestas por el Banco Mundial en países en vías de desarrollo, del subalterno que ya aprendió a dejarse ir por la corriente, sin formular otro tipo de proyecto que no sea el de sobrevivir, el de mantenerse en vida.

Viajero que huye se coloca en escenarios que no se ven, en los morideros, más en la lógica del campo de concentración; en la soledad del departamento de una viuda, en el barrio de Marigny de Nueva Orleáns… Es sintomático que los lugares en los que suele comer el protagonista de “Los territorios ausentes” cuando tiene suerte, compañía, o cuando es posible mencionarlos; sean los diners económicos que abundan en ese otro Estados Unidos que no retrata Hollywood; o restaurantes orientales baratos y anónimos de San José, donde se manduca una comida que nada tiene que ver con el gusto o con el apetito, con la gula o los placeres de la mesa.

La de Uriel Quesada no es la literatura de la gaydad, la de la agenda activista del empoderamiento. Sino una literatura queer que ya no se preocupa por justificar o describir las formas de una supuesta manera de ser. Se trata de una literatura que cuestiona las políticas del Estado conservador y los efectos que han tenido las políticas económicas en el sujeto desde el margen, desde el entrecruzamiento de los sistemas de género, clase, etnicidad.

Viajar se puede comparar a lo que es un descenso a los infiernos de la posmodernidad: la migración ilegal sobre la que pesa una marginación económica y una serie de fracasos personales, familiares y sociales que lleva como fardo el migrante.

Un cuerpo descubierto en el estacionamiento, “La multitud”; un cuerpo en el basurero, “Madame Sessmá”, colocan al lector en el horizonte de la soledad como destino reiterado.

En “Retrato hablado” el cuento se transforma en la construcción misma del cuento: dos hombres se encuentran en un café neoyorquino y hacen sus respectivos retratos: el dibujante traza el inicio de una tira de dibujos animados; mientras el poeta traza una descripción. El desenlace se traduce en el mutuo acuerdo para construir la historia que uno imagina como aventura amorosa y/o relación.

Los personajes dan forma a sus historias en los márgenes o en el flujo mismo del proceso creador. Puede tratarse del sentido de una palabra en una dedicatoria, “Todos los poetas muertos”; puede ser el pasaje al acto frente al profundo malestar por la imposibilidad de la terminación de la obra, el fuerte malestar ante la obra, un árbol de palabras cuyo significado exigen la participación comprometida del lector. En retrato hablado, los protagonistas se ven como parte de los respectivos procesos de creación ya sea de un poema o de un tebeo.

Los segmentos del relato de Uriel Quesada se desprenden unos de otros. La labor de edición es tal que el lector debe concentrar toda su atención cuando se retoma el curso de la historia dejada sin acabar. Algunos objetos o incidentes sirven de bisagra para cambiar de una historia a otra, de tal manera que los personajes se van desenvolviendo a través de secuencias de otros personajes al punto que incidentes de un personaje marcan a otro. Un personaje repite la vida de otro (“Todos los poetas muertos”). La construcción del cuento ha sido cuidadosamente pensada, finamente editada. De tal forma que a través de amplias trayectorias inesperadas el círculo viene a cerrarse. Ello exige una labor estilística mayor que el lector puede apreciar desde el primer relato del libro.

En los relatos de Uriel Quesada hay algo inquietante que sólo empezaré a elaborar a través del lugar que se concede a la comunicación no verbal. Por ejemplo a la que se establece a través del acto fallido o del mismo pasaje al acto. Ella, sin nombre, olvida las llaves del departamento y se ve obligada a deambular, a llamar a todos los conocidos, mientras el observador debe armar una intriga fragmentada… Un lugar de paso, anónimo, como un café en NY se convierte en nudo de destinos. El de la chica sin nombre de “Retrato hablado” tiene tres puntas: Mike, Kelan y Rob. El primero le volvió a fallar en el aeropuerto, tampoco se encuentra en el departamento; Rob, el chico de repuesto, llega hasta el café con una orquídea. Ella había ido a visitar a Kelan en Washington D. C. Aunque sólo accede a jirones de conversaciones, versiones parciales, el lector puede suponer que quizá para ella, los chicos son intercambiables, deben acudir a resolver la parte de la agenda de ella que les corresponde. No es raro que su guión tropiece: a la postre fue ella quien “olvidó” las llaves y tendrá que hacerse cargo del acto fallido simbólicamente. Como lo afirma por teléfono, su vida está fuera de discusión, lo cual no impide que se exhiba a quien tenga la paciencia de armar los fragmentos.

En ocasiones, los protagonistas pueden completar el desenlace inesperado de historias a las que asisten como sucede en el cuento “Arriba, abajo, al lado”, estructurado en torno a un doble ritual: por un lado, un ritual exhibicionista de un chico que se desnuda en una habitación de un departamento que se encuentra enfrente, ante los ojos azorados de quienes están en la terraza de un Bar gay. Para colmo de asombro, al final el desnudista se viste y baja para encontrarse con uno de los fundamentalistas que asisten al ritual religioso, con rezos, una cruz y demás parafernalia apocalíptica que se desarrolla justo abajo del balcón del nudista.

En última instancia, los rezos puritanos o el exhibicionismo forman parte de lo mismo: de espectáculos que se ofrecen a una mirada a la que primero hay que atraer. La “satisfacción” entra en la lógica de la escenografía histérica que se complace en seducir primero para frustrar inmediatamente después; en fustigar a los impuros y transgredir just for the fun of it. Sus estrategias quieren mantener todo dentro del terreno de lo imaginario. Supuestamente no habría más nada que lo que se ofrece a la vista, es decir, no habría sino el aspaviento del ritual y la subsiguiente burla del espectador. Desde esa perspectiva, el espectáculo se ha vuelto perverso; el seductor y el torquemada gozan mostrando la credulidad del mirón burlado. Finalmente ni la policía pudo hacer algo para frenar la violencia de los fanáticos que con sus rezos echaron a perder la noche de copas en el bar. Aguafiestas, excitadores frustrantes, cínicos. En mexicano a este tipo de personajes se les llama calienta huevos y el ejemplo más acabado sería el de Fox cuya “democracia” fue la del espectáculo, la del mucho ruido y pocas nueces o la del mismo PRD que fustigó la corrupción electoral sólo para exhibir su lodazal.

El narrador de “Arriba, abajo, al lado” denuncia al mismo tiempo la lógica del puritanismo y la del exhibicionista: en ambos casos se trata de simulacros siniestros. A ningún lado conduce la disyuntiva del llamado al placer o a la abstinencia; la virtud como renuncia a la carne o la incitación a entregarse a ella. En su radicalidad, ambas vías dejan de lado la subjetividad. Ni moralismo a ultranza ni el placer como promesa sin límites (¿quién o qué cuerpo podría sostenerlo?), sino un compromiso con el otro, como lo expresa la postura de los paseantes por el barrio francés que se abren a las historias de quienes se han asentado en Nueva Orleáns. “Arriba, abajo, al lado” como lo indica el título puede ser considerado como una reflexión sobre las estrategias de posicionamiento del sujeto. A pesar de haber sido burlados por el desnudista y por el puritanoide, es a través de la mirada de los paseantes como se puede articular la historia del sultán y el asesinato de sus seis esposas y como cobra sentido la riqueza de la ciudad; es a través de la mirada doble de dos sujetos con posiciones diferentes como se articula una narrativa viable que va más allá de un pasaje al acto que los condenaría a la pasividad boquiabierta y burlada.

Quisiera terminar esta primera lectura de Viajero que huye parafraseando el final de “Retrato hablado”: “Oí un susurro sobre mi hombro, una voz dulce y fiera que me preguntó si podía ayudarle a encontrar el final de esta historia.” (p. 66) Por mi parte, quisiera que los lectores de esta reseña se conviertan en lectores de Viajero que huye y disfruten de las cualidades de las siete historias (seis cuentos y una novela corta) que conforman un libro de una notable densidad temática.

 

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