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El
claustro álgido: Notas a la representación de El
Refri de Copi en Puebla
por Antonio Marquet/Enkidu Magazine
“Refri”, el título de la pieza de Copi, es un
cacho de palabra, como también lo es L: un jirón, o desde otra
perspectiva, un resto. En el curso de la representación, el espectador,
así como el protagonista, se enterarán de que ese sorpresivo y enigmático
regalo, que aparece en la sala del departamento de L, proviene de su
madre, ser siniestro que en ese momento se liga con su hijo a través
del chantaje y la extorsión; antes había sostenido una calculadora
complicidad con el padre que abusaba del niño L.
Al igual que el “refri”
es un regalo envenenado, un objeto cuya envoltura oculta y exhibe la
agresividad materna; L es una letra con una densa carga. El refri es un
regalo familiar, joya de familia, que debía transmitirse sólo cuando
el recipiendario cumpliera cincuenta años. Esa herencia representa sin
duda la centenaria algidez materna.
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En L confluye entonces una
frialdad generacional por parte de la madre, y la calentura del
abuso sexual del padre. Tales son el yin y el yan de un
quincuagenario cuyos aspavientos de diva, como escritor y modelo,
no son sino un simulacro que apuntan a la soledad y decadencia
en la que vive, rodeado de “ratas” y sólo “acompañado”
por su sirvienta, Goliata.
No es de sorprender que su
sirvienta termine destazándolo a hachazos (a la fragmentación
del nombre, se agrega la fragmentación corporal) ni que L se
enamore, post-mortem (resulta incorregible en su putería),
finalmente de lo que es su objeto de horror (y única compañía),
la rata (lo mismo valdría decir un chichifo, tan ignominioso
como útil; tan repulsivo como deseado –aún en la otra vida).
Sería ridículo ponerse a
traducir cada uno de los símbolos de una obra densamente
cargada. La suma de cada uno de los elementos no altera el
enorme fardo del horror familiar, afectivo, social (religioso-policíaco
-aquél más salvaje que éste-, médico-psiquiátrico, etc.): en El refri de Copi
se condensa, en efecto, la violencia de la condición
homosexual. |
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A lo largo de la breve pieza, una y una vez es
golpeado el protagonista, L (ele de loca por supuesto, pero también el
recurso de la letra apunta a una manera de expresar la inefabilidad e
ignominia que significa ser homosexual en tierra de heterosexuales, en
heterolandia): Violencia abusiva del padre que lo violó; violencia de
la madre que fue cómplice del padre, y que además desprecia y
chantajea a su hijo. Violencia de las ratas, una de las cuales L
convierte en su amante (uno más de las muchas “ratas” que ha tenido,
tan hambrientas como nauseabundas), violencia de su sirvienta, la
Goliata, que acaba con L. Todo se desencadena en el momento del
cincuenta aniversario de L, es decir cuando la violencia de la edad
también se desata; cuando los signos de decadencia se multiplican sin
que los paliativos de las fantasías surtan algún efecto.
El teléfono no deja de sonar en el oscuro
departamento de L: se trata supuestamente ya de un admirador al otro
lado del mundo; ya de su editor que le exige el manuscrito de sus
memorias: imposible confirmar la veracidad de tales llamadas telefónicas.
No tenemos sino parte de esa conversación: la de L. Ignoramos si se
trata de productos de la megalomanía evidente de nuestra entrañable
loca, uno más de los efectos de la soledad y la miseria que se cierne
sobre el “festejado”, el “solicitado”. En toco caso, L afirma
que ya no es modelo, así es que resulta inútil que le supliquen en
Australia que presente una colección, e-L-la se ha retirado.
Las drogas, los chantajes maternos, el VIH, la soledad,
el psiquiatra, las adicciones, los golpeadores, el abuso sexual, las
dificultades familiares, todo florece en medio de una megalomanía
desbocada. El Refri
es una pieza con una potencia que permite apreciar que nada ha cambiado.
La homosexualidad se produce en medio del ojo del huracán de la
violencia heterosexista: desde allí se recorre la vida, desde allí
narra L su situación precaria, delirante, paradójica, enmascarada,
pretensiosa…
En el Teatro de los hermanos Soler de la heroica
ciudad de Puebla, L es Marco Polo Rodríguez quien ha sabido crear una
serie de aspavientos que apuntan a las joterías y golpes, las amenazas
y delirios, la soledad y acoso, la decadencia y celebración, las
ofrendas y vejaciones que conforman las paradojas de quien ha optado por
luchar desde su fortaleza, una sola letra, que niega tanto el régimen
patriarcal como desconoce a la madre y los fundamentos de la sociedad
misma.
Al final, L se mete al refri. Retorna a él, después
de un recorrido por la fantasía y la crudeza de su realidad. En efecto,
su ensoñación de modelo requerida internacionalmente, o de ser
presionada por su editor, se desvanecen ante las hostilidades: sociales
(los diversos ataques a su departamento), contra su historia personal
(de la madre), contra su persona (de Goliata, su “fiel” sirvienta).
En su cincuenta aniversario, el refugio que L ha construido, se
desmorona. Su solución final consiste en aceptar resignadamente ese
regalo envenenado y meterse en el frigorífico claustro materno.
¿Es una capitulación o una provocación?
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