| Alaska, Alaska, Alaska: ¡Sólo Alaska!
en Joteando por un sueño
por Antonio Marquet/Enkidu
Magazine
CIUDAD DE MEXICO, 16/06/08 (AM/Enkidu
Magazine): Fórmula escénica particularmente exitosa de las Hermanas
Vampiro, Jotear por un sueño se tiñó totalmente de Alaska el domingo 8
de junio, noche que quedará registrada en los anales de esta muy noble
ciudad. No es para menos: cada una de las canciones de Alaska se ha
convertido en un himno al espíritu independiente. Después de mí, el
diluvio, la guerra nuclear o el Apocalipsis. Son poderosos atractivos la
asertividad, la rabiosa aspiración por ser original, a construirse un
look con fuerza manifiesta, complementado con imaginación vestimental. Al
bailar, los pasos de Alaska son tan suyos, tan característicos. Fangoria
canta al exceso: moriría si fuera preciso, con tal de que la fiesta fuera
interminable. La elección del nombre lo dijo todo: Alaska es una tierra
remota, cubierta con el manto de pureza de nieves eternas; comarca no
hollada, es el exotismo mismo.
Las hermanas Vampiro se vistieron de Alaska
para castigar la osadía de la Willi Ledesma quien había descalificado de
manera tajante a Kindra el domingo anterior… ¡Si sólo se pueden poner
de acuerdo las Vampiro en el castigo!
La decisión seguramente tomó por sorpresa
a Guillermo Ledezma, mujer que esta primavera fue arrojada por los
invernales vientos desde Montreal, su domicilio habitual. Todo se vale en
los territorios de las vampiras: soltar humillaciones e injurias, con tal
de que vengan en serie; sean ponzoñosas y punzantes. Todo vale, excepto
descalificar a la Baby Vamp, Kindra.
En esa noche especial, primero apareció
Galas, que fungiría por primera vez como animadora del concurso joteril.
Encorsetada en piel, fuete en mano y un par de plumas rojas, botas y
medias de malla visiblemente rotas, dirigiría una sesión particularmente
difícil del concurso dominical. El público sabe lo que quiere: perrear.
En esta ocasión no hubo ni el puño, ni la lengua viperina, ni el temple
suficiente para hacerlo a fondo, que duela, a conciencia, con verdadera
saña: ni la presentadora ni los jueces fueron ponzoñosos: lo intentó la
Miss Marko pero logró una rechifla generalizada, el menor error cuesta
caro y se paga con el despeñadero.
Rubiamente bien peinado, Luis Migueles
subió al estrado como juez, vestido con corbata negra y un suéter café
con las mangas en el antebrazo, lo cual permitía ver las pulseras de
tatuajes que tiene más allá de la muñeca. Uno supondría que no hay
mejor juez que quien ha compartido el escenario con Alaska. Y sin embargo
para Jotear se necesita mucho más que cumplir con las expectativas y la
lógica. Junto a él sólo podía estar la ceguera, una juez invidente, de
nombre Cristal, “¡velado!” gritó un atrevido. La Miss Marko-Cristal
subió guiada por un perro, también rubio, llamado el verga dura, Daniel
Sisniega, y que dócilmente se sentó a los pies de Cristal.
Así es que salieron todas las vampiro,
montoneras como es su costumbre, a humillar la trasmutación de la Ledezma
en Fangoria quien interpretó a una Alaska glamorosa, con un sombrero de
velos negros, una Alaska más expresionista que la alocada española a la
que estamos acostumbrados. Fue aplaudida la Ledezma… La humillación se
ejecutó sin miramientos. Primero salió Oswaldo, después Kindra, luego
Ego y finalmente Bielletto. Con la tercera aparición de “Alaska”, el
público captó la jugada de las Vampiro. Supongo que dejaron que saliera
primero la Ledesma, y luego una tras otra, empezaron a brotar Alaskas sin
fin…. Se interpretaron “El rey del Glam”, “A quien la importa”,
“Ni tú ni nadie”…
La mejor de todas fue Oswaldo, pero está
destinada a no ganar porque el público la prefiere de presentadora, desde
donde puede destilar las mayores dosis de ponzoña: Cada uno de sus largos
dedos ceñía exagerados anillos. Señalaba a diversos lugares en el
público y afirmaba: “Eres el rey del glam”. Iba ella como reina
indiscutible del glamour: Mallas negras, bajo un vestido de mil luces,
blanco tornasol cortado en diagonal de tal forma que en una parte era
microfalda y en la parte contraria llegaba a la midi. Un cinturón negro
tornasol de no menos de veinte centímetros cortaba el cuerpo alargada.
Las mangas abiertas desde el hombro hasta la muñeca y mitones rojos
partían desde sus muñecas. Era un vestido muy original de acabado
diseño y excelente factura que no le podía sentar mejor a la Superperra.
Sin duda fue el mejor diseñado. Oswaldo tuvo el mejor look: es una
lástima que no se conceda un premio por cada uno de los numerosos
detalles de que se compone una caracterización. Si uno se detiene a
pensarlo, es impresionante que en el curso de sólo una semana haya tanta
imaginación y tanto tiempo invertido en la confección de la figura que
se va a caracterizar. De la cabellera de Oswaldo, un tercio de mechas
rojas se distinguían. Oswaldo estaba radiante. Su rostro destellaba. Unos
aretes que caían como cascadas de diamantes. Labios color uva que
permitían apreciar una dentadura hecha para lucir. ¡Qué risa de la
Superperra, franca y abierta, segura y brillante!
¡Es igualita! ¡Bravo!, ¡Es igualita!, y
cuando se volteó la Superperra Alaska para mostrar el culo el público
respondió ¡Qué cuerpazo! Cuando finalizó su número ¡Diez, diez!
gritó reiteradamente el público.
Migueles comenzó el juicio: “La que es
perra es perra.” El público completó ¡Y de ocho chiches! Le concedió
9,99, después de señalar: “Cuerpo diez, la coreografía un diez, el
pelo divino, esta canción que has elegido…” Ignoramos la razón para
retirar esa décima. Pero el público respondió: ¡Bravo Alaska!
Cuando llegó el turno de Cristal, ella
puso en entredicho las afirmaciones de Migueles y señaló que “La
canción fue muy larga y le preguntó si se la compuso Sergio Andrade.
Confiando en su sexto sentido, externó que no tenía muy buen cuerpo, y
citó “Aquí está el público que dice que te pareces a Marilyn Manson.”
(Seguramente me distraje porque yo nunca escuché tal cosa). Cuando la
Cristal le puso un menos 9,99, el público estalló en cólera: “Brinca
tu madre pinche ciega!, ¡culera!, ¡culera!, ¡culera!, gritaban unos.
Otros le arrojaban un “¡Pinche ciega!; otros proponían “¡sáquenle
los ojos!, y coreaban ¡ciega!, ¡ciega!, ¡ciega! gritaba iracundo el
público. “Ahí viene Sergio Andrade por ti pinche ciega! otro corrigió,
“¡ahí viene la Trevi”, ¡Pinche negra racista!
Consultado por Galas, el público
porrumpió en un cien, como calificación.
Con una peluca intensamente roja, la Baby
Vamp señalo: “La gente me señala, me apunta con el dedo y a mí me
importa un bledo!” Sin embargo en medio de su número la peluca roja de
Kindra voló por el aire en más de una ocasión. Para rematar, al bajar
del escenario, se medio cayó- había interpretado “A quien le importa”,
su calificación fue de diez, y alguien entre el público añadió, “Sí,
para que te vayas…”
“Bailando, me paso el día bailando y las
bebidas mientras tanto…” entonó Ego apenas corrió la pista. “Bebiendo,
bebiendo me paso el día bebiendo” repitió sin mostrar temor a los
gerundios. Ego se despojó de sus pieles cuando pronunció “Tengo los
huesos desencajados”, mostrando un grácil cuerpo, y exultante acentuó
la discrepancia de sus palabras con su cuerpo: “Tengo el cuerpo muy mal;
pero una gran vida social”, dejando resplandecer los dorados de su
estampa: La cabellera recogida en una cola que se disparaba hacia la luna,
prendida por una mascada dorada. Bajo la chaqueta dorada, una falda
pantalón de gruesas franjas blancas y doradas y con los puños cubiertos
de joyas. Delgada canana de estoperoles, amplio cinturón completaban su
atuendo.
La crueldad se desató con ella: le decían
“Mónica”, “Mónica”, y luego “Lolita Cortés”. La carcajada
franca estalló cuando insidiosamente se deslizó “Es ¡Wanda Xeus!”:
entonces no hubo quién pudiera detener el humillante coro: “¡Wanda,
Wanda, Wanda!”
La discursividad de Migueles y su buena fe
no cabían en el espectáculo: “¡Fuera!, ¡farsante!, ¡farsante!, ¡farsante”
se martilleaba al unísono. Dos sociedades, la mexicana y la española,
dos formas diversas de administrar la violencia, diversas formas de
homofobia. No es que no haya en España, que la hay y mucha, con
frecuencia se oye de las esposas asesinadas por su cónyuge. En
heterolandia, la violencia pasa a los golpes, la violencia intrafamiliar
española o mexicana (muertas de Juárez) o las narcoejecuciones revelan
que se han franqueado límites. En México hay un equilibrio de violencia
verbal y diversión. Las injurias se sueltan con facilidad en los
escenarios de las Vampiro; no son raras las perreadas en el ambiente
mexicano. Afecto, diversión y violencia tienen un equilibrio sui generis
en nuestro entorno gay. Migueles no funcionó porque buscaba argumentos
positivos para otorgar una calificación razonada: a Ego le dijo “La
canción ha sido muy interesante.” Y matizó: “Te falló un poco la
letra”. Indignado por su cortesía el público gritó: “no sabe leer”
(Ego). Migueles se colocaba con toda la formalidad que implica un juicio:
se había puesto la toga y el birrete y quería asumir su responsabilidad
escrupulosamente. El público, en cambio, quería castigar gratuitamente:
que el juez condenara y junto con ello que doblegara, humillara,
despreciara: tal podría ser una lectura posible de la práctica de la
justicia en México y en España; o al menos del grado de introyección de
las normas de cortesía con el otro. El público mexicano goza de la
descalificación de la transformista amordazada. Goza abiertamente del
bashing: sería estúpido e impertinente pensar en la solidaridad con el
chivo expiatorio.

Migueles concluyó: “En este momento
vamos a dejar la amistad y te voy a dar… 9,98” Y entonces se dejó
oír el uno dos tres, que preludia el “A chingar a su madre”.
Cristal. Miss Marko afirmó que “Se
escuchó como un disco que no se vendió que era de Ego. Y cuando pidió
respeto para ella misma, que era una ciega, le dijeron que se fuera a
chingar a su madre.
Miss Maro pidió un aplauso por Ego porque
viene muy enferma. Había sido inyectada justo antes de subir al escenario
del Papi.
Galas, volvió sobre el asunto. Hace
treinta minutos había sido inyectada… y pidió un aplauso por el
profesionalismo de Ego.
Con peluca roja y mitones aún más rojos,
ascendió Bielette inmaculadamente vestida de blanco. De espaldas al
público, interrogó “¿Dónde está nuestro error, sin solución?”
sin ánimo de recibir una respuesta porque a leguas se ve que ella había
salido eufórica a danzar. Su braceo era fundamental porque con
movimientos señoritingamente delicados, acompasados por los ayes que
lanzaban los femeninos coros, hacía flotar el velo que pendía desde su
robusta cerviz (de puerca, gritó alguno) hasta cada uno de los puños. La
levedad y lo pesado se entrelazaban en su imagen de prodigiosa manera. Sin
embargo, la fiereza del gesto se acentuaba cuando afirmaba “Ni tú ni
nadie puede cambiarme”, pronunciado con tal coraje reivindicatorio de su
femenil ardor, donde sin duda reside el motivo de su éxito final. Fue
Bielette quien ganó el certamen transformista, lo cual es ya todo un
hábito en ella. Efectivamente, cuando terminó, el juicio del auditorio
retumbó en el minúsculo Papi: gritos, aplausos y berridos coronaron a
tan exuberante Alaska (me parece que la Bielette hizo trampa porque tenía
que haber repetido a la Amanda Miguel, como rezan las reglas del concurso
que una ganadora debe repetir el personaje que la coronó). Muy
probablemente se le pida que regrese la joteril presea por no haber
repetido al personaje con el que ganó.
Mientras se movían de un lado a otro los
hilos de cuentas de perlas descendían desde su robusto cuello, unos le
gritaban “¡Bravo Winnie!” otros le lanzaban “¡Carmelita Salinas!”
hubo un ¡Bravo Carmen! Otro ¡Bravo Ursula! Y la “alentaban gritándole
“¡Vamos Carmelita!” (Salinas), por vieja, gorda y populachera.
Al terminar Bieletto se dirigió a la
bocina en la que se recargó para escuchar la opinión del jurado. “No
te vayas a caer”, dijo a la Galas, después de que con tremendo caderazo
la sacó del minúsculo escenario. El público proponía un 200 de
calificación.
No pude dormir esa noche. Fue tal la
excitación ante el espectáculo. Me gustó tanto. Me pareció tan
divertido… ¡Bravo Vampiras!
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