| Eduardo II una
verdadera master class del
ejercicio dramatúrgico en el Juan Ruiz de Alarcón
Ciudad de México, 25 de agosto de 2008 (Texto ©
Agustin Villalpando / Enkidu Magazine): Este fin de semana la UNAM se
vistió de campo de rugby, de vestidores para caballeros, de castillo, de
puerto y de foresta en el estreno de una obra cuyo título original es “The troublesome reign and
lamentable death of Edward the Second, King of England: with the tragical
fall of proud Mortimer” (1592-3). En idioma inglés ésta obra,
escrita por Christopher Marlowe (1564-1593) ha tenido como intérpretes a
actores de la talla de Ian McKellen o Joseph Fiennes, al tiempo que la
versión de Brecht: Leben Eduard des
Zweiten von England (1924) se observa como una creación separada. En
cine, Derek Jarman (1991), utiliza ropa contemporánea en referencia al
movimiento de liberación gay, así como a la revuelta del bar Stonewall
Inn (Nueva York, 1969).
Todo inicia tras la muerte de Eduardo I (1239-1307),
Rey de Inglaterra, el hijo del monarca y de Leonor de Castilla (en lo que
ahora es España), asciende al trono bajo el nombre de Eduardo II
(1284-1327) (Gabino Rodríguez). El nuevo monarca puede darse el lujo de
regresar del exilio a su amante, Piers Gaveston (Roldán Ramírez), a
quien protegerá y consentirá con títulos y prebendas. El origen humilde
de Gaveston desquicia la balanza inglesa, pues los nobles no consentirán
por mucho tiempo que el rey se tome de las manos, otorgue riquezas, compañía
y los obligue a compartir espacios con alguien que no es, como ellos, de
cuna noble.
Esta oposición a Gaveston, además de contar con la
simpatía de la iglesia católica, es encabezada por Sir Roger Mortimer,
quien muestra en todo momento un carácter inquebrantable. Es duro en
palabras y en actos. Sabe lo que quiere desde el primer momento. Aunque el
respetable percibe esto en el decurso de la obra, se trata de un personaje
complejo al que Ari Brikman encarna de manera prístina, con fuerza, sin
exageraciones y con precisión en cuanto al texto y al uso de su lenguaje
corporal.

Gaveston será enviado pues, una vez más, al exilio;
ahora en Irlanda. Sin embargo, las súplicas de la reina Isabel (Nailea
Norvind), quien desea “re-conquistar” la atención de su esposo, harán
que el noble mismo que encabeza la oposición, Mortimer, desista ante la
posibilidad de acabar con el intruso cuando esté en sus manos, de regreso
en la corte.
Aquí nos damos cuenta de que entre Mortimer y la
reina puede haber algo: la atención que se prestan, el lenguaje del
cuerpo, sin llegar a ser abierto, muestra disposición al encuentro de
pasiones. Esta es una posibilidad que se va desarrollando, que nace a
partir de una necesidad “mutua”. Gaveston regresa, pero ya nada será
igual…

Eduardo II
sirva de ejemplo para mostrar cómo la lujuria por el poder, así como las
posibilidades para ser feliz, han cegado al ser humano desde el principio
de los tiempos. Estas mismas emociones son fuerza motriz para el
desarrollo de la humanidad y lo han sido para su perdición. Esta paradoja
es rescatada, actualizada, traída a la contemporaneidad en esta traducción
al castellano, realizada de forma magistral por el Dr. Alfredo Michel, con
quien conversamos en la primera función de La
comedia de los errores (por su traducción / adaptación de la obra de
Shakespeare y que El carro de
comedias, bajo la dirección de Alonso Ruizpalacios, que se presenta
estos fines de semana en la explanada del Centro Cultural Universitario).
Ahora, lleva al teatro Juan Ruiz de Alarcón, del
Centro Cultural Universitario, el Maestro Martín Acosta, quien dirige un
reparto excepcional formado por 20 actores, dos de ellas mujeres –una de
éstas resulta opacada por sus compañeros y por la presencia de la reina,
pues además de ser gris, carece de fuerza, de energía dramática, de
entrega al verla junto al equipo homogéneo que forman los demás actores,
extrayendo lo mejor de sí y utilizando en provecho de la obra toda su
atención, todos sus conocimientos.
Una producción única en varios sentidos: primero,
por la cantidad de talento reunido; segundo, por la magnitud, la innovación,
la “actualización” de una situación humana para que, con un texto
isabelino, podamos relacionarnos, el público del siglo XXI, con la
situación, al tiempo que logra que el respetable deguste algo de las
sensaciones que esta obra debió haber provocado en su tiempo: Un mundo
machista, estamentario, donde se pueden atropellar al Stablishment pero no
a las convenciones, en aparente contradicción con la realidad misma pues
nadie, por ejemplo, recrimina o intenta detener la voracidad de Mortimer
para, seduciendo a la reina, controlar el reino.
Sólo Edmundo, Duque de Kent (Rodolfo Blanco), pasa
por una gama de sensaciones que comparte con quienes observamos la
historia: al inicio apoya de manera incondicional a su hermano, Eduardo
II. Luego se le opone del modo más cruento para que, al final, cuando ve
lo que está ocurriendo entre la codicia insaciable de Mortimer y la reina,
intenta, pero muy tarde, salvar a Eduardo II. Esto provocará la ira del
noble entronado –pero jamás rey– Mortimer y por eso éste ordena,
haciendo caso omiso de las súplicas del hijo del rey, Eduardo (Adrián
Ladrón), para que su tío no sea asesinado.
El orden se recupera a partir de aquí, cuando Eduardo
III asume su dignidad y su cargo. Vemos en escena cómo el personaje de un
menor de edad, interesado en jugar y en andar con su madre, lograr
convertirse en mandatario, al enterarse del asesinato de su padre, quien
ya había abdicado en su favor. Este es el detonador de su cólera y, con
el respaldo de los nobles, castiga a quien provocó la muerte de su padre:
Mortimer, a quien le corta la cabeza, al tiempo que arresta a su madre en
la Torre de Londres, toda vez que ella lloró por la suerte del noble.
Una maravilla que, insisto, ha sido traída desde los
confines de la Inglaterra de Isabel I hasta el siglo XXI por medio de un
vestuario contemporáneo a cargo de Mario Marín del Río y apoyados en el
diseño sonoro de Joaquín López “Chas”.
La escenografía es impresionante, sobre todo durante
la primera parte, cuando Raúl Castillo muestra en ella los vericuetos del
poder, yendo de lo alto a lo bajo, del interior del castillo a los puertos,
del campo de batalla al bosque donde se tortura al monarca. Es en este
mismo sentido que la iluminación de Matías Gorlero nos hace noche, nos
trae al día, nos presenta la sensación de distintos ambientes de lo más
íntimo a lo más inocente a lo más cínico.
La iridiscencia del ser humano están al desnudo en
esta puesta, donde podrás escuchar, amig@ lector@ de Enkidu Magazine
nombres célebres de parejas que, sin ser reconocidas “legalmente”,
hubieron existido a lo largo de la antigüedad: Hilas y Hércules;
Alejandro Magno y Hefestión; Patroclo y Aquiles; Tulio y Octavio; Sócrates
y Alcibíades; quienes forman parte de los ejemplos de lo que ocurre como
parte central de la obra, que, subrayo, no es otra cosa que la muestra más
pulcra de la discriminación por estamento nobiliario, ya que la queja
general, de parte de los pares, no es contra las prácticas homosexuales
del monarca, sino por el origen plebeyo de su favorito. En todo caso, el
rey se había casado y tenía un hijo (en realidad tuvo más de uno).
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Mención aparte merecen Enrique Díaz y Erika
Carrizosa (entrenamiento de banda de guerra), quienes logran prácticamente
la perfección en sincronía de movimientos y de sonidos, que avasallan
los sentidos y el teatro entero se llena de la disciplina, el orden, la
pulcritud que debería caracterizar a las fuerzas armadas. Eduardo
II es una verdadera master
class del ejercicio dramatúrgico, amig@ lector@ de Enkidu Magazine
que no puedes dejar de ver.
Puedes leer el original en el Proyecto Gutemberg:
http://www.gutenberg.org/files/20288/20288-8.txt
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